Hay muchas maneras de ver la vida de cerca cuando no es la tuya la que transcurre. Y eso me ocurrió durante el checking del vuelo que debía llevarme de Málaga a Moscú a través de Estambul. Porque yo hacía mi clásica cola, sin prestar la atención lo más mínimo al resto del aeropuerto, incluidos sus pasajeros, cuando la pareja que iba delante de mí comenzó a emitir señales a todos los niveles, momento en el que mi interés comenzó a formar parte de sus acciones.
Uno, salvo en las películas, nunca había visto situaciones como las que les voy a explicar. Porque mientras él se iba colocando asuntos que ella le iba dando en sus antebrazos, maletas y hombros, se supone que para equiparar pesos antes de facturar, ella iba comentándole cosas con un gesto extraño. Como de dolor. Al ser extranjeros no supe, a ciencia cierta, a qué se referían, aunque el lenguaje visual pareciera la lengua vernácula de cualquiera de todos nosotros. Claridad meridiana. Porque allí se emitía más sufrimiento que en mil series consecutivas de flexiones.
De pronto, y tras lo que asumí como lágrimas en ella, y cuando ya eran los siguientes para recoger sus tarjetas de embarque y entregar sus equipajes, ambos se fundieron en un profuso abrazo para que ella saliera con sus maletas en sentido contrario al de él, que sin mirar atrás, fue a registrarse. Cuando finalizó el proceso, desapareció entre la marabunta que se dirigía al control de seguridad. Ella ya hacía tiempo que debía haber subido a un taxi, o quién sabe, a su propio vehículo.
Lo que había ocurrido no me quedó del nada claro, salvo que dos personas que viajaban juntas se transformaron en una sola que sí lo hizo y en otra que no. Pensé en separaciones, divorcios… aunque a su vez, en problemas insondables. Sea como fuere, aquello no era, ni de lejos, la clásica situación donde alguien viaja y la otra persona le acompaña para desearle suerte. Y de nuevo vinieron a mí esas películas muy mejorables, aunque tremendamente taquilleras, donde justo antes de la ceremonia de boda, o incluso cinco segundos antes de darse el sí quiero, uno de los dos no aparece o directamente sale corriendo ante el estupor de los invitados.
La vida es una turbina de situaciones. Y uno tiene ya bastante con las suyas como para penetrar en las del resto. Pero en aquella pareja –¿y quién me asegura que lo fueran?– el mundo se detuvo un poco cuando ella tomó el camino contrario al registro y él continuó con el plan inicial.
El amor, seguramente, sea un ente paralelo, al menos algunas veces, a la propia vida. Y mejor no saber nada más de aquello porque uno ya tiene bastante con el dolor propio.