Respirar, habitar, ser. El misterio de la condición humana no se reduce a su presencia biológica, al hecho de cómo hemos llegado a ser seres humanos, y no cualquier otro ser vivo –o, directamente, no-ser, inexistencia–, sino a cómo nos modelamos a nosotros mismos. Modelarse es una manera de expresar una de las célebres conclusiones del científico español Ramón y Cajal (1852-1934): «Todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro, si nos lo proponemos». Podemos dar forma a nuestros pensamientos, crear costumbres, «re-habitarnos». Una realidad que conocemos muy bien quienes me atrevo a catalogar como los «filósofos del silencio», entre los que me incluyo: la plenitud del ser depende de la interiorización reflexiva, de una búsqueda de la esencia perenne que palpita en el interior de las cosas, de una huida del discurso.
Desde un punto de vista de la plasticidad neuronal, el proceso de «mirar más allá» de lo aparente a través de la reflexión que, en su fenomenología, no deja de ser una forma particular de meditación, reconfigura la manera en que procesa nuestro complejo sistema nervioso. Los vicios, los malos hábitos, los traumas y cualquier otra manera de «estar en el mundo» da forma a cómo se configura nuestro cerebro y al predominio de unas áreas y conexiones sobre otras.
A partir de la observación de Ramón y Cajal, la reconocida física teórica y doctora en Neurociencia, Nazareth Castellanos, ha publicado el ensayo El puente donde habitan las mariposas, editado por Siruela en la colección El Ojo del Tiempo. Quizás el subtítulo que acompaña a este trabajo, Biosofía de la respiración, adelante al lector una síntesis apresurada del enfoque y del contenido con el que Castellanos ha dotado a su nueva propuesta. Con una notable elegancia y maestría estilística, la autora conjuga el pensamiento de filósofos como Martin Heidegger, y muy en concreto de su principal concepto, el dasein o «ser-ahí, existencia», con el resultado de escogidos estudios científicos e investigaciones sobre la compleja construcción, desarrollo y continua evolución de nuestra arquitectura neuronal.
Castellanos parte del pensamiento heideggeriano para reflexionar sobre tres etapas que, concluye, resultan esenciales en el tejido del tapiz neuronal: construir, habitar y pensar. Cada una de las fases, desde su singularidad, alberga dos dimensiones, la ambiental, es decir, el contexto circunstancial en estímulos e impresiones que nos afectan, y la conductual. Evidentemente, ambas se pueden regular, pero sobre el cariz que más tenemos posibilidad de dominio es en nuestra conducta.
Este análisis no es novedoso. Las principales corrientes filosóficas orientales (muy en especial el yoguismo, el budismo y el taoísmo) y algunas tradiciones de occidente, como el hesicasmo cristiano o el misticismo sufí, incluyendo corrientes filosóficas como el estoicismo, ya exploraron el valor del autodominio como conexión con la plenitud interior, unas veces asumiendo la felicidad como meta, en otras posturas entendiéndola como una renuncia conveniente, o no posicionándose ni en su búsqueda ni en su rechazo.
Castellanos, en cambio, desarrolla un planteamiento sumamente gratificante y audaz: rehúye todo idealismo, esquiva cualquier parecido con pautar el modo de vida ajena a base de consejos sabihondos, para hilar un ensayo absolutamente exquisito, escrito en un tono ágil y donde presenta datos históricos y científicos con suma gracilidad narrativa.
La lectura de El puente donde habitan las mariposas me ha cautivado con múltiple insistencia. Desde una perspectiva literaria, este ensayo es muy superior en estilo, en estructura y en maestría a otros superventas que, de momento, no señalaré: en poco más de doscientas páginas y sin irse por las ramas ni abusar de las referencias cruzadas, la autora consigue un texto fluido, sincero y sereno, donde ciencia y biografía, anécdota y vivencia personal o dato y puesta en práctica conviven con una mesura estudiada, trabajada, artesana. Pero hay otros detalles que me han fascinado de este libro. Por ejemplo, que Castellanos abarque aspectos tan numerosos de su investigación de una manera tan sintética.
En las páginas de este ensayo cuenta, por ejemplo, nuestra relación con nuestro planeta y los procesos cosmológicos –siempre desde una estricta perspectiva científica, hasta donde estamos logrando averiguar los seres humanos–, como sucede con la relación entre los ciclos lunares y el sueño; la complejidad de nuestro sistema nervioso, que no es solo cerebro, médula espinal y nervios periféricos, sino también corazón –algo intuían o conocían los antiguos egipcios–, estómago e intestino, donde la microbiota, en el equilibrio natural y singular de cada uno de nosotros, juega un papel esencial, o un acercamiento breve, pero riguroso, a algunas de las afecciones más comunes del sistema nervioso y que se están convirtiendo en la sibilina verdadera pandemia de nuestro siglo, como es el caso de la ansiedad.
También me ha encantado, ya desde el inicio, que Castellanos dote de un nuevo significado al concepto original de Spinoza de biosofía: para la científica, un biósofo es aquella persona que busca esculpir su cerebro desde una mirada humilde y apoyándose en el estudio de la biología. Hay muchos más detalles maravillosos que me niego a arrebatar al lector de descubrirlos a través de su curiosidad.
Pero Castellanos sí invita al lector a una forma de estar y de ser muy particular, que es a través de la respiración. En el pensamiento indio se conoce muy bien la importancia de respirar «correctamente», esto es, de alimentarnos adecuadamente del aire. La autora lleva más de una década de su vida dedicada al estudio de la estrecha relación entre respiración y dinámica neuronal. Como descubrirá el lector o lectora que escoja adentrarse en este magnífico ensayo, aprender a respirar es clave para una experiencia humana más cómoda y, posiblemente, también más saludable, que es «construir», «habitar» y «pensar».
Volver la vista hacia nosotros mismos requiere aislamiento y quietud, y una de las primeras consecuencias, de las más físicas y empíricas (porque cualquier persona puede comprobarlo por sí misma) es observar cómo cambian nuestras dinámicas cerebrales. Al respirar profundamente, con calma, activamos el nervio vago, fortalecemos la actividad de áreas claves del cerebro, también del pensamiento abstracto. Respirar bien converge con el equilibrio que necesitamos en nuestro día a día.
No deseo descubrir más las cartas de este libro. El puente donde habitan las mariposas es un trabajo sumamente cautivador, que roza la perfección literaria y estilística en su forma, y dotada de un contenido singular, original y sumamente enriquecedor. Como último desafío, Castellanos intenta desplegar otro de los grandes puentes en disputa: la conciliación entre «ciencias» y «humanidades». A través de su acertada mirada holística y de su investigación, además de en este libro, lo consigue con creces. Les invito a adentrarse en uno de los mejores ensayos que podrán leer, probablemente, no solo este año, sino también en los próximos. No se lo pierdan.