“La novela que vuestros hijos adolescentes, zombies de la dopamina, adictos a Speed —hablo por supuesto del streamer estadounidense, no sean malpensados—, a TikTok y a los reels, detestarán”. Con esta advertencia, podría haber subtitulado esta reseña. Lo sé, queda demasiado largo y la aclaración en medio del subtítulo entorpece un poco, pero bien podría ser un potente alegato de denuncia social en favor de la lectura lenta, sosegada, no convencional y una crítica a esta sociedad hiperestimulada y la cultura de la inmediatez. Sin duda, qué bonita quedaría esta encadenación de palabras sentenciosas en el texto, qué bien quedaría yo entre los profesionales del gremio; sin embargo, un humilde servidor tiene mal gusto y tendrá pesadillas con un escritor portugués el resto de su vida.
Debemos recapitular hasta la pasada semana, momento en el que llegó un paquete a mi domicilio, cortesía del coordinador de este suplemento. En dicho paquete, no se encontraba, por ejemplo, la última novela de Millás, no señor; tampoco se encontraba lo último que ha publicado la editorial Contraseña de Thomas Bernhard, cuya obra me suscita un interés máximo en estos momentos. Por supuesto que no, era un escritor luso, bueno, una parte suya comprimida a escala de 13.9 x 3 x 22.9 cm y encuadernada, la que se alojaba en el interior dispuesta a arruinarme la semana.
Entramos en materia tras dos párrafos y algún lector se habrá puesto ya nervioso al ver que todavía no se ha hecho alusión al contenido del libro, y, bueno, este es el motivo de estar hoy aquí todos reunidos. El escritor portugués António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) ha publicado recientemente: La última puerta antes de la noche (Random House, 2025). Una historia basada en un suceso real que tuvo lugar en Braga, ciudad portuguesa donde vivía la víctima antes de ser asesinada por cinco hombres, dos de ellos abogados, que actuaron con el objetivo de ocultar un fraude que afectaba a los progenitores del hombre asesinado.
Lobo Antunes se adentra en el territorio del true crime con un caso, que conmocionó a la sociedad portuguesa del momento, en el que un empresario es asesinado en presencia de su hija, y su cadáver es disuelto en ácido sulfúrico. Bajo la consigna: «Sin cuerpo, no hay crimen», que veremos repetir como objeto de una obsesión enfermiza a lo largo del relato, cinco individuos, que mencionábamos anteriormente, toman parte en este crimen. El autor no busca destilar un relato morboso y sensacionalista, no se posiciona ni juzga a los personajes ni los hechos, sino que apoyándose en una prosa lírica, poética, que rehúye lo truculento, rasga el velo interior del subconsciente para desentrañar aquello que esconde la mente de un asesino. Los personajes no son héroes ni villanos, son gente corriente que capta ese concepto moral del asesino acuñado por Patricia Highsmith. A través de diferentes capas, vemos diseccionar este crimen desde los motivos que les impulsaron a cometer tal acto, pasando por los traumas que esgrimen la memoria y el dolor del individuo, y sus secretos más profundos.
El novelista portugués es un experto retratista de la psique humana, caracterizado siempre por hacer gala de una prosa densa, pesada —esto lo suscribe el crítico—, introspectiva y fragmentada, que permite inducir al lector a los lugares más recónditos de la mente. En la novela podemos ver un estilo ciertamente poco accesible, con una narrativa no lineal, con saltos temporales y monólogos interiores, además de juegos con la multiplicidad de voces que se llegan a entrelazar, así como los recuerdos y las diferentes perspectivas de los personajes. El autor pule el estilo que lo ha catapultado como una figura clave de la literatura en portugués, exhibiendo una forma de narrar que apunta hacia un análisis exhaustivo y profundo de los conflictos internos, la memoria y los traumas.
El estilo narrativo viene influenciado por la técnica modernista del flujo de conciencia, que tiene entre sus exponentes a Joyce, Faulkner, Woolf o Proust, entre otros. Esta se focaliza en la psicología de sus personajes hasta el punto de abandonar el lápiz por el bisturí. Una técnica narrativa literaria en la que los pensamientos y emociones del narrador o los personajes se trasladan al papel de tal manera que el lector pueda seguir el recorrido del estado mental. Articulado como un monólogo desordenado, en apariencia ilógico, caótico, repetitivo y con frases, carentes de puntuación, que se alargan hasta la extenuación.
Por ende, el lector que busque una historia de intriga y suspense convencional, el típico relato truculento y visceral sobre un asesinato con un inicio, un nudo y un desenlace, desfallecerá en el intento. La trama se ve supeditada a la exploración de lo íntimo, los conflictos morales, el mal, a temas como la culpa, el perdón... Un libro que está lejos de ser calificado como dinámico o entretenido y que no se molesta en facilitar su lectura.
Fíjese usted que, de tanto entrelazar recuerdos y voces, también se han acabado por entrelazar las lecturas en mi cabeza y empecé a distorsionar la realidad. De repente, pensaba que Lobo Antunes era un escritor valenciano que venía a hablarnos de padres ficticios, cabezas fantasmales alojadas detrás de nuestra propia mollera o de un imbécil y su próxima novela. ¿Qué he hecho con mi tiempo mientras soportaba la ardua tarea de intentar leer esta novela? Por favor, ya van demasiadas pistas.