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ESCRITO AL RASO

La Traviata: el latido verdiano según Henrik Násáni

David Felipe Arranz
lunes 30 de junio de 2025, 20:06h

En el corazón de Madrid, donde la calle Felipe V se encuentra con el eco inmortal de Verdi, el Teatro Real ha cerrado su temporada con una La Traviata que, como un vino añejo, mezcla el bouquet de la tradición con el atrevimiento de una mirada moderna. Bajo la dirección del húngaro Henrik Nánási, y con la ya legendaria puesta en escena de Willy Decker, esta producción es un canto a la fragilidad humana, un poema al amor efímero y un aldabonazo contra las cadenas de una sociedad cada vez más hipócrita con el amor.

Willy Decker, alquimista del escenario, nos ha regalado una Traviata despojada de oropeles: su visión, lejos de los salones parisinos decimonónicos, es la de un espacio metafísico, casi beckettiano, donde el reloj gigantesco preside la tragedia del tiempo, ese tirano implacable, que devora la vida de Violetta Valéry. Los diseños de Wolfgang Gussmann y la iluminación de Hans Toelstede dibujan un claroscuro que abraza la música de Verdi, y consiguen que cada nota resuene como un lamento o un arrebato de pasión, como si el propio Verdi asintiera desde las sombras desde algún palco VIP.

Henrik Nánási, con su batuta de gesto preciso, se enfrenta al desafío de dar vida a una partitura que es, a un tiempo, un delicado bordado y una tempestad emocional, navegando entre la grandiosidad y la intimidad con un equilibrio que nos mantiene en vilo y a algunos nos ha hecho derramar alguna lágrima salada. Danzando al borde del abismo, Nánási asumió riesgos, y eso, en el arte, siempre merece un brindis. Pero si hay una protagonista absoluta en esta Traviata es Nadine Sierra, que compone una Violetta que trasciende el escenario y se convierte en un símbolo de la fragilidad y la fuerza del espíritu humano. Su voz, torrente de terciopelo, nos lleva desde la frivolidad del “Libiamo ne’ lieti calici” hasta el desgarrador “Addio del passato”, un viaje al alma de una mujer que ama, sufre y perece bajo el peso de su destino y de una sociedad aburguesada que no consiente la felicidad dedos jóvenes enamorados,cuyo enlace podría ensombrecer el buen nombre de una familia. Cada gesto, cada inflexión, es un poema cantado, un recordatorio de por qué La Traviata sigue siendo el espejo donde se miran los desamores del mundo, que son los del público, claro está.

La química que se produce entre Xabier Anduaga y Sierra es un destello de verdad escénica. El elenco, que incluye al barítono Luca Salsi y a la soprano Adela Zaharia, sella la apuesta del Teatro Real por un mosaico vocal que enriquece cada representación. Esta Traviata no es solo una ópera; es un ritual, un espejo donde Madrid –y el mundo entero– se refleja y se reconoce. El Teatro Real, con esta combinación de la tradición de Verdi con la audacia de Decker, cierra su temporada con un canto a la vida, que es donde reside la humanidad de La Traviata. En la voz rota de Violetta, en el amor imposible de Alfredo o en el reloj que no se detiene arde la huella eterna de una ópera que nos interpela a todos… y lo seguirá haciendo.

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