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En Azpeitia pintan bastos

jueves 04 de diciembre de 2008, 22:40h
Azpeitia es la tierra de San Ignacio de Loyola, de vascos buenos y de no pocos asesinos cobardes malnacidos. Una tierra verde regada con la roja sangre de los que quieren que ese País Vasco de la ikurriña tricolor avance en derechos y libertades. Pero el blanco de esa bandera, el blanco de la paz brilla por su ausencia.

El propio ex presidente del PNV, Xabier Arzalluz, cree que alguien de Azpeitia o del entorno cercano fue quien "señaló" a Ignacio Uría como objetivo de ETA, que lo vio fácil y asesinó porque no llevaba escolta y que con casi 72 años todos los días hacía el mismo trayecto. ¡Qué fácil es matar así!

Qué fácil si eres un pobre desgraciado, ignorante sin personalidad al que han lavado el cerebro y que, sin iniciativa, recibe órdenes de otro miserable, menos inculto porque sabe vivir del chantaje y la extorsión. Al final es eso, una cuestión de dinero, porque de ideales políticos nada. ¡Menuda panda de mafiosos!

Y digo yo: ¿por cuánto tiempo va a seguir Zapatero mirando a otro lado? ¿Cuándo va a hacer algo el presidente del Gobierno de España para que los municipios que siguen gobernados por ANV –partido político que el Tribunal Supremo ha vinculado directamente con ETA– sean dirigidos por verdaderas formaciones demócratas? E Ibarretxe, ¿a qué espera para hacer algo? ¿Piensa seguir con el mismo discurso de siempre sin hacer nada?

¿Y qué se puede hacer? Nada, estas cosas pasan –pensarán algunos–, con eso hay que vivir y por eso no van a cambiar mi forma de vida. Que pegan dos tiros a mi compañero de tute, pues me busco a otro y canto las 40, que pintan bastos. Que ETA decide, gobierna, organiza y mata en mi pueblo, pues me aguanto pero que sepas que te canto las 10 de últimas… o las 10 de monte, ese mismo al que decía el otro que se iba a echar…

Ya lo hemos visto, la vida continúa. Aquí no cambia nada aunque asesinen a mi amigo. No me lo podía creer, he visto la foto de la partida de cartas en un diario pero pensé que era una foto de archivo, de cuando Ignacio –como el santo– jugaba con sus colegas de naipes.

Y vuelvo a decir yo: ¿Esto qué quiere decir, que la valentía de vascos que luchan por su libertad les lleva a no modificar un ápice sus costumbres porque han decidido que ETA no va cambiar sus vidas? ¿Es esa su forma de luchar contra la banda mafioso-terrorista? ¿Es así como plantan cara a la coerción? Por el contrario, ¿puede ser que ya estén acostumbrados, que no les sorprenda y por tanto, desde el desánimo, no piensen hacer nada, tan sólo esperar que no les toque a ellos mientras miran de reojo a su vecino?

No sé qué pasará por la cabeza de los que viven bajo el yugo de la amenaza constante y el miedo, pero me resulta increíble tanta indiferencia. Como si no hubiera pasado nada. ¿Será que no queda más que la resignación?

Mi madre me preguntaba indignada: ¿pero por qué matan a un vasco que les está construyendo el AVE, es que no quieren progresar? Pues se ve que no –le dije–, hay gente que prefiere vivir en la Edad Media. Pues peor para ellos, me dijo. Peor para todos, concluí.
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