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TRIBUNA

Chok Chai

martes 01 de julio de 2025, 18:50h

Dos días en Sukhumvit son como tres cuartos de hora agarrado a la tuneladora del Metro de Madrid: taladras sin cesar sin saber que estás cavando tu propia tumba. Porque desde que aterricé en Bangkok las cenas, los vinos, las cervezas, las lluvias torrenciales, el tráfico más despiadado, el descontrol hotelero por mi parte, la profunda contaminación sonora y lumínica, además de la más absoluta falta de dignidad horaria me hicieron, tras despertarme la segunda noche en un hotel completamente desconocido –gracias, Alberto–, tomar una decisión tan ventajosa como drástica: buscar hospedaje en el barrio más desconocido de mi historia tailandesa, allí donde no existe más extranjero que yo mismo y donde los precios son más baratos que en el 80% del resto del país. Y eso hice, a través de una extrañísima lucidez altanera, cuando aún no sabía, en realidad, no sólo ni dónde estaba sino hasta quién era.

La única premisa para mi concreta decisión tenía que ver con que la recién inaugurada estación de trenes de Aphiwat no quedara muy lejos. Y tras olisquear con una resaca de importancia en internet, llegué a la conclusión de que el hotel President tenía que ser el elegido: 19 dólares la noche, agua caliente, aire acondicionado, piscina, internet. Pero si elegir a ciegas un barrio es harto arriesgado, además, hay que sumarle lo del hotel, por lo que la ecuación me ofrecía un margen de error fabuloso. Por lo que hoy, en mi segundo día que ya comienza, golpeo el teclado de mi portátil desde otro hotel –aún más barato; sin piscina, pero real–, donde me he venido tras no haber cuajado en el President, un alevoso edificio más impersonal que una cárcel, donde los pasillos temblaban y las habitaciones eran, por decirlo de un modo adaptado a los nuevos tiempos, muy mejorables, asumiendo bien entrada la madrugada que el mosquito que arrasó con buena parte de mi gemelo y pie izquierdos había terminado por hacerme tomar la decisión de marcharme.

Hacer la maleta cada día –en realidad así no la deshago nunca– me hace un aire de prófugo que ni Artur Segarra antes de ser detenido. Pero como las relaciones, y anteriormente los trabajos así como las amistades, uno no ha venido a este mundo a quedarse no ya con la manzana podrida, sino con la que no sea la mejor pieza de fruta del cesto, asumiendo que mi nuevo hotel de 14 dólares –¡ahorré cinco con el President!– posee la enorme potencia de erigirse sobre una sospechosa casa de masajes donde, y aquí viene lo mejor, en la recepción, y tras yo ofrecerle a la empleada mi pasaporte al registrarme, evitan contactar con la policía a diario –como es lo habitual en un 99’9% de las ocasiones– ya que mi documentación la señora, en pijama clásico con motivos de Walt Disney, la desechó.

Ayer le decía a alguien de vital importancia en mi vida que a Chok Chai no viene extranjero alguno salvo que su novia sea de aquí. Y que tras numerosos paseos –porque yo aunque esté cansado y fuera llueva a mansalva no he venido a encerrarme en el hotel– he descubierto cenas a euro y medio, masajes sin la oferta del final feliz y lugareños que sin decirlo, se sorprenden de que un extranjero resida entre ellos, tantas veces caminando destartalado com una maleta de arriba abajo de su Soi 4. Bien es verdad que si mañana ocurriera alguna desgracia, y ya no digamos un robo con violencia o violación múltiple, la leyenda podría asegurar hasta años después que un tipo con barbas desaliñadas, calva prominente y andares muy descuidados, en realidad, no era más que el Monstruo de Chok Chai. Y sólo por eso mañana tomaré un tren hacia el norte de Tailandia. Por si las moscas.

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