Es uno de mis monumentos favoritos y una parada habitual en mis paseos por Cracovia. Pueden verlo en la plaza Jan Matejko: admiren al rey Vladislao II Jagiello (1362-1464) a caballo, al gran duque Vitautas de Lituania (1401-1430), a su lado, y a los otros héroes de Grunwald con el gran maestre de la orden, derrotado a sus pies. El monumento conmemora una batalla cuyo 615º aniversario se cumplirá el próximo 15 de julio. Se inauguró, precisamente,el 15 de julio de 1910, en el 500º aniversario de la batalla gracias a la generosa ayuda del insigne pianista y político polaco Ignacy Jan Paderewski (1860-1941). Lo diseñó el escultor Antoni Wiwulski (1877-1919). Fundido en Francia y trasladado a Cracovia por tren, a la ceremonia inaugural del monumento acudieron más de 150 000 personas. Fue un momento de enorme fervor patriótico.
No era para menos. El monumento conmemoraba la gran victoria de los ejércitos polaco y lituano sobre las tropas de la Orden Teutónica, dirigidas por su gran maestre (1360-1410). Los monjes guerreros habían erigido un poderoso Estado en el norte de Europa. Las cruzadas bálticas, entre los siglos XII y XIII, habían servido para que la orden se enseñorease de los territorios costeros desde Prusia hasta Estonia pasando por Pomerania Oriental, Curlandia y Samogitia, territorios que había ido arrebatando a Polonia y a Lituania en sucesivas guerras. Fue precisamente la disputa por Samogitia lo que detonó el conflicto que llevaría a la batalla que cumple ahora 615 años.
Los polacos la conocen como batalla de Grunwald. Su nombre alemán es Tannenberg,«la colina del abeto», y los lituanos la llaman batalla de Zalgiris. El camino a este día decisivo comenzó cuando, en 1385, el gran duque Jogalia de Lituania se casó con Eduviges de Polonia y se convirtió al cristianismo con el nombre de Vladislao. Lituania ganaba así un poderoso aliado ante las ofensivas de la orden teutónica. En el trasfondo, estaba el choque entre germanos, eslavos y bálticos. La unión de estos últimos les brindó la victoria aquel 15 de julio de 1410. Del combate, en realidad, sabemos sobre todo lo que cuentan las crónicas polacas. Debió de ser una pelea tremenda: unos 27 000 hombres del ejército teutónico -los caballeros y sus aliados cruzados llegados de distintos territorios germánicos- contra casi 40 000 polacos, lituanos y mercenarios bohemios y moravos. En la película polaca «Los caballeros teutónicos» (1960), puede verse el momento épico en que los dos ejércitos cantan antes de entrar en batalla: los caballeros entonan «Christ ist erstanden» y los polacos el himno «Bogurodzica».
Venció el ejército polaco-lituano. Los lituanos atacaron primero, se retiraron de forma táctica mientras los polacos se enzarzaban con el enemigo y luego regresaron tomando a los teutónicos por la retaguardia. El propio Von Jugingen murió en el campo de batalla. Los teutónicos, por cierto, atribuyeron la derrota a la traición de Nikolaus von Renys (1360-1411), al que acusaron de simpatizar con Polonia y haber fingido una rendición de modo que el ejército teutónico huyese en desbandada. Le cortaron la cabeza por traidor. Aquí hay un precedente, por cierto, de la teoría de la «puñalada por la espalda» que se popularizaría después de la Gran Guerra en Alemania: de nuevo los alemanes habrían sufrido una derrota a manos de traidores. Desde luego, la batalla marcó el inicio del declive de la orden, que nunca recuperó su pujanza.
Para los polacos y los lituanos, en cambio, fue el nacimiento de una unión personal que daría el Estado más poderoso del norte de Europa en los siglos XVI y XVII: la Mancomunidad Polaco-lituana (1569-1795). Para los patriotas polacos, representaban el triunfo de Polonia frente a sus enemigos germánicos. No sorprende, pues, que se quisiera erigir un monumento en la ciudad que fue capital del reino entre 1320 y 1596 y el lugar de coronación de sus reyes -ahí está la deslumbrante catedral de Wawel para recordarlo- así como el de su último descanso en espera de la resurrección de los muertos cuando vuelva el Señor en su gloria.
La ocupación alemana de Polonia (1939-1945) brindó a los nazis la oportunidad de ajustar cuentas con la memoria y el monumento: le volaron el zócalo en 1939, lo despedazaron y se llevaron las estatuas a Alemania. Después de la guerra, hubo que esperar hasta la década de 1970 para verlo reconstruido. En 1972 empezaron los trabajos bajo la dirección del escultor Marian Konieczny (1930-1917) a partir de fotografías originales y de los pocos restos que los nazis no habían fundido o robado. El partido comunista polaco aprovechó la oportunidad de recordar la resistencia polaca y de envolverse en el patriotismo que la victoria sobre los teutónicos representaba. En 1976, se inauguró en el mismo emplazamiento que el monumento destruido por los invasores.
Ahí sigue como testimonio de la resistencia, la grandeza y la memoria de los polacos.