Frank Meier, El barman del Ritz, pasó décadas tras la barra del Petit bar de ese hotel de lujo en París. Ofició tras la barra sirviendo sus míticos cócteles durante los años gloriosos de los 20 y los 30, cuando el Ritz era el epicentro de la vida cultural y artística parisina y él se veía obligado a practicar la “hospitalidad selectiva” entre la flor y nata internacional, cuando personalidades como el duque de Windsor, Joséphine Baker, Gabrielle Chanel, el dramaturgo Guitry, Jean Cocteau, Hemingway, Scott Fitzgerald, la bellísima Blanche Auzello o Barbara Hutton, entre otros, eran clientes asiduos. En quince años, Meier se había convertido en un personaje imprescindible en la élite de lujo y en “el hombre más temido por la alta sociedad parisina”, ya que podía presumir de que “ningún otro bar del mundo tenía una clientela tan distinguida”.
Aquellos fueron los años felices, pero a Meier también le tocó vivir años terroríficos tras la barra del mítico bar. Estaba en su puesto cuando, el 14 de junio de 1940, las tropas alemanas tomaron París y el hotel fue requisado para alojar a un centenar de oficiales nazis de alta graduación. Frank Meier tuvo que pasar de servirle su copa de champán Pol Roger a Winston Churchill a ponerle sus Pink Lady a Goering. La ocupación del hotel por las tropas alemanas duró hasta el 25 de agosto del 44, “1.533 noches durante las cuales el hotel Ritz se convirtió en un mundo extraño, único y complejo, en medio de una Europa desgarrada por la guerra”.
De origen austriaco y ascendencia judía, Frank Meier se había embarcado rumbo a América en 1898 y aprendió el oficio en Manhattan, en el hotel Hoffman de Nueva York, un establecimiento que “por aquel entonces era uno de los lugares más reputados de la ciudad, llevado por un maître de sala y de coctelería: Charlie S Mahoney”. Él sería la persona que cambiaría el curso de su destino al enseñarle el arte de la coctelería y los atributos imprescindibles del barman perfecto.
Discreción. Ver, oír y callar. Mantener siempre las distancias. Mostrarse imperturbable, aunque la presión alrededor sea inmensa. No confiar en nadie. No cometer errores en un entorno donde cada gesto y cada palabra podían delatarle y significar una sentencia a muerte.
Esas fueron las armas con las que lograría salvar su vida y las de algunas otras personas de su círculo más cercano. Desde su posición privilegiada tras la barra, Meier se convirtió en testigo mudo de algunos momentos históricos y llegó a conocer en la corta distancia a personas muy influyentes. Mientras las calles de París sufrían redadas, hambre y miedo, dentro del Ritz se celebraban banquetes, se servían cócteles y se mantenían los ritmos de la elegancia y la apariencia de la distinción. La historia de Frank Meier es la de un hombre que, obligado a ocultar su identidad para sobrevivir, se mueve entre la diplomacia, la discreción y la resistencia pasiva y consigue tejer una red de resistencia bajo las narices del enemigo.
El ensayista y guionista francés Philippe Collin (1975) ha escrito su primera novela combinando con maestría la ficción histórica con la profunda exploración psicológica de sus protagonistas. El hotel permaneció abierto durante toda la guerra, gracias a la supuesta neutralidad suiza de sus propietarios. El contraste era brutal: fuera, la ciudad resistía; dentro, se brindaba con champán. El bar se convirtió en un pequeño escenario donde se cruzaban conspiraciones, confidencias y silencios cargados de tensión y donde podían encontrarse representantes de todos los actores del drama bélico: colaboracionistas, integrantes de la Resistencia, víctimas acorraladas, delatores y oportunistas.
El Ritz, con sus cortinas de terciopelo y sus cócteles elegantemente servidos, era una burbuja de aparente normalidad, una olla a presión que aguantaba una tensión insoportable. Allí, entre brindis y confidencias, se fraguan traiciones, se intercambian secretos y se decide el destino de muchos.