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Novela

Gueorgui Gospodínov: El jardinero y la muerte

lunes 14 de julio de 2025, 01:25h
Gueorgui Gospodínov: El jardinero y la muerte

Traducción de María Vítova. Impedimenta. Madrid, 2025. 224 páginas. 22,95 €.

Por Adrián Sanmartín

Gueorgui Gospodínov (Yámbol, Bulgaria,1968) es una de las voces más reconocidas y premiadas de la literatura búlgara actual, y por ende de las letras europeas. Poeta, narrador, ensayista y dramaturgo, ha obtenido numerosos galardones. Fue finalista del premio Von Rezzori y del Brücke Berlin y ganador del premio Booker Internacional y del Strega Internacional por su novela Las Tempestálidas, un sueño distópico de múltiples sugerencias. De Gueorgui Gospodínov, que ya suena para el Nobel, la precisamente Nobel Olga Tokarezuk, ha señalado: “La de Gospodínov es la literatura más exquisita sobre nuestra percepción del paso del tiempo, escrita con un estilo magistral y totalmente imprevisible”.

El paso del tiempo está muy presente en su magnífica obra El jardinero y la muerte: “¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? De la vida, por supuesto, en toda su fascinante fugacidad”. Nos llega en excelente traducción de María Vítova, de la mano de Impedimenta, en cuyo catálogo encontramos también de Gospodínov, la colección de relatos Acerca del robo de historias.

“Este libro no tiene un género obvio, debe construirlo por sí mismo. Igual que la muerte no tiene género. Tampoco la vida. ¿Y el jardín? Quizá sea un género en sí o quizá reúna en su interior a todos los demás. Esta podría ser una novela elegiaca, una novela-memoria o una novela-jardín. Poco le importa a la botánica de la tristeza”, apunta Gospodínov.

En efecto, lo decisivo es esa “botánica de la tristeza” que el autor búlgaro explora a través de la figura de su padre, que “era jardinero. Ahora es jardín”, como reza la primera, concisa, sugerente frase de la novela. En breves capítulos, se entrelazan recuerdos infantiles con su progenitor y los últimos y desoladores meses de su vida, cuando su enfermedad es irreversible. Quien fue un hombre robusto y enérgico, ahora es un anciano que necesita continuos cuidades. Pero incluso en su lecho de muerte, para su hijo seguía siendo el más alto, el más guapo, el más amable. Era su padre, ni más ni menos. Su héroe.

No le abandona ni un instante y le atiende con mimo. A la vez, confiesa: “Por primera vez desde hace años escribo a mano. He descubierto que solo así puedo escribir sobre mi padre. Empecé mientras estaba junto a su cama, mientras le daba las pastillas, le cambiaba los parches con el analgésico que debía penetrar a través de la piel y la preguntaba por su infancia”.

Hay dolor en esta despedida de un hijo de su padre. Pero esto no impide para que recuerde anécdotas, historias… divertidas, algunas surrealistas, sorprendentes que le contaba su padre, que fabulaba como nadie.

El jardín cobra el sentido de una gran y original metáfora: “En una cultura en la que no está aceptado el uso de expresiones afectuosas como te quiero, te echo de menos, etc., uno se busca otras formas de expresar su amor […] Mi padre cultivaba un jardín. ¡Y que jardín! Sospecho que estas eran sus declaraciones de amor hacia nosotros”. El narrador y su hermano le ven tan agotado cultivando el jardín que le aconsejan que lo deje, que todo lo podían comprar en las tiendas. Sin embargo, nos dirá, “ahora sé que él cultivaba otra cosa. Algo que no se vende en las tiendas”.

Excelente muestra de la literatura del duelo, dura pero también resplandeciente. Apunta Gospodínov: “Me gustaría que hubiera luz en estas páginas”. Sin duda la hay.

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