Se asume que la soledad, como el fumar en público, es un defecto, cuando en realidad es la esencia del hombre –entiéndase, y de la mujer–. La soledad como brebaje ante las enormes pérdidas de tiempo que generan los amigos que en realidad no lo son tanto, las reuniones donde se simplifican hasta los vocabularios, o incluso –o sobre todo– las parejas que venimos arrastrando por no estar solos: el pan nuestro de cada día.
Uno no sabe si alcanzará los setenta años, edades con momentos complejos en lo físico y lo psíquico, porque es cuando todo se deteriora, las caderas se parten, las erecciones sólo se recuerdan y los alimentos se consumen con tanto cuidado que un flan en fecha engullido a la hora incorrecta podría hacerte pasar un par de días en el hospital comarcal.
Todos sabemos, aunque no queramos reconocerlo, que la inmensa mayoría de las familias generadas a lo largo y ancho de nuestra civilización se gestaron en la falta de experiencia y el miedo a no amar ni ser amado. Hijos traídos al mundo de esa manera como otros para socavar el riesgo de divorcio. Por eso, y sólo por eso, muchos estamos por aquí como la lotería toca al que menos se lo espera.
En el Reino Unido se aseguró, de manera casi científica a través de la Universidad John Moores, que uno de cada veinticinco hijos que crían los padres en aquella isla que se cree galaxia, en realidad, fueron eyaculados por personas ajenas a esa unidad familiar. Ese fenómeno, conocido como falsa paternidad, tendría que ver con entre el 1% y el 2% de todos los padres que, orgullosos de sus equipos de fútbol a los que siguen cada domingo, creen que aquello que crece y lleva su apellido es suyo cuando no lo es. Y si esto acontece en Inglaterra, nación anclada, afortunadamente, en las buenas maneras, qué no ocurrirá en otros países donde, a la muy mínima, nos echamos al monte con el calzón quitado y la aguja a punto de enhebrarse. Porque, y no nos engañemos, las mayores atracciones fuera de la pareja de toda nuestra historia tuvieron que ver con sus familiares y/o amigos o amigas.
El desgraciado de Pol Pot muy posiblemente fue el primero que tuvo que darse cuenta de ello, ya que el guerrillero asesino maoísta, que derrumbó con mano de hierro a la antigua Kampuchea hasta casi exterminarla, decidió en sus maneras de gobernar, asociar en parejas a personas que se acaban de conocer para que, allí y frente a todos, practicaran el coito en busca de un heredero. Hoy, algunas de esas parejas, sometidas a un profundo síndrome de Estocolmo, se quieren por los restos, pero la realidad es que la vida presume de lo que nosotros tratamos de ocultar.
Y todo esto viene a cuento de la soledad, la cual te permite hacer y deshacer a tu antojo, abarcando la totalidad de tu tiempo para ti solo. Eso sí: la cabeza la debes tener bien puesta para en aquellos momentos tontos no caer en las zarpas del primer calificativo amoroso. Porque un piropo bien echado ha plastificado millones de libros de familia.