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TRIBUNA

Informe Tauromaquia 2025 I (la historia de la censura)

viernes 18 de julio de 2025, 19:55h

La tauromaquia o el arte de lidiar los toros constituye una de las expresiones culturales más antiguas, complejas y, además, polémicas. Desde hace miles de años los toros han formado parte del imaginario colectivo de distintas civilizaciones y, finalmente, se desarrolló algo que hoy se conoce como las corridas de toros. Es un ritual lleno de estética, simbolismo y emoción. Es un patrimonio cultural internacional y aúna todas las manifestaciones culturales posibles: poesía, literatura, música, cine, arte de la sastrería… Ha inspirado a artistas, escritores e intelectuales de todas las latitudes y épocas. Sin embargo la tauromaquia siempre ha estado cuestionada. Sus críticos jamás han tenido en cuenta todo su legado.

No hay nada nuevo en el debate que hoy vivimos sobre la prohibición o la legitimidad de las corridas de toros. Porque siempre las corridas de toros fueron objeto de intensas disputas intelectuales, es imprescindible hablar y estudiar la tauromaquia y su gran papel en la historia de España y, por supuesto, en la de Hispanoamérica y Francia. Al hilo de esas discusiones, me parece necesario ofrecer algunas pautas sobre dónde se encamina la tauromaquia actual, naturalmente, como una excelsa forma de arte. En efecto, desde el punto de vista histórico, artístico y social, la tauromaquia es comparable con el teatro o con cualquier otra actividad cultural sujeta a los gustos del público y de los artistas que la ejecutan. Este ensayo se propone, pues, mostrar, por un lado, la cuestión de la censura en la tauromaquia, y, por otro, dar algunas pautas sobre su proyección en la actualidad como una actividad artística

La censura

A diferencia de cualquier otra actividad cultural o deportiva, las corridas de toros, durante toda su historia, exceptuando quizás los tiempos prehistóricos, han estado bajo la amenaza de la prohibición. No nos vamos a perder entre la milenaria historia de los toros y sus prohibiciones, sino que vamos a trazar un breve recorrido por las vicisitudes de la Edad Moderna. La Iglesia durante siglos fue uno de los mayores censores de esta actividad, donde el hombre se juega la vida. Sin embargo, pocos se acuerdan de los festejos celebrados en el mismo Vaticano. Sí, hubo corridas de toros en la plaza de San Pedro patrocinados principalmente por la familia de Borja o Borgia, quienes tenían a un toro en su escudo familiar como un símbolo de tenacidad y fuerza. Entre los festejos podríamos citar el organizado por el Papa Calixto III (Alfonso de Borja), en 1455, para celebrar la canonización de San Vicente Ferrer. Inocencio VIII celebró otro festejo con motivo de la conquista de Granada por los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492 y Alejandro VI (Rodrigo de Borgia) continuó con los festejos durante su papado.

Sin embargo, la época de las prohibiciones llegó con el Papa San Pío V, quien el día 1 de noviembre de 1567 publicó la bula De Salutis Gregis Dominici. Este documento prohibía las corridas de toros o cualquier otro espectáculo con una fiera, insistiendo en la prohibición de la participación de los clérigos en tales festejos y la prohibición expresa de no dar la cristiana sepultura a quienes mueran en ellas. La respuesta de Felipe II es muy conocida: primero, la bula no se publicó en el imperio Español, segundo, apeló a la antigüedad e importancia de esta tradición.

El rey don Sebastián de Portugal también fue un taurófilo. La prohibición papal antes citada coincidió con su reinado. Sin embargo, las ciudades portuguesas seguían celebrando los festejos, porque la publicación de la bula tardó seis años, hasta 1573, en hacerse efectiva. Cuando don Sebastián comenzó su fatídico viaje, hizo una estancia de seis días en Cádiz para organizar y asistir a los festejos taurinos.

Repasar las razones que se dan a favor o en contra de los toros, sirve para darse cuenta de que todo ese largo debate se resume en un par de argumentos. Sí, durante siglos, los contrarios a la fiesta combatían los festejos taurinos desde diversos ámbitos, sin embargo, sus argumentos se reducían a lo mismo: la apelación a la moral, al aspecto económico y, finalmente, a la sensibilidad de una determinada época, resultaron los más persistentes. Cada época, comenzando por la de Cicerón y Séneca, ha criticado las fiestas taurinas insistiendo en uno de estos temas.

Si los antiguos condenaban las fiestas gentiles del circo que implicaban la lucha con las “fieras”, pasados siglos los Padres de la Iglesia redoblaron sus críticas apelando a la insensatez de estas luchas “en público con las fieras”. El insigne teólogo Juan de Torquemada en su Summa Ecclesia señala que “lo mismo es tomarse con un toro que con otra fiera; y peligro es el propio de exponerse a sus astas que a las uñas y dientes de un león”. Esta apelación moral será la base para las reiteradas prohibiciones papales y nutrirá la censura antitaurina durante siglos. El fraile Luis de Escobar en su obra Las cuatrocientas respuestas a otras tantas preguntas… le dedica la Pregunta CLCCVIII a “si se corren los toros con buena consciencia no espera hombre al toro”, donde señala:

Ya os dije que en la verdad

es muy torpe crueldad,

Un animal inocente,

Matalle tan cruelmente

Por tan pura vanidad.


Y así podríamos seguir nombrando un sinnúmero de ilustres autores religiosos y seglares que, frente a cientos de miles de aficionados, no han dejado nunca de clamar contra los festejos. Aparte de esta censura basada en la sensibilidad y la moral, paulatinamente se fue desarrollando otra vertiente antitaurina de carácter utilitario, que apelaba a la inutilidad económica del toro de lidia ya que no servía para ningún trabajo útil.

Llegado el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, destaca la figura de Gaspar Melchor de Jovellanos, un intelectual de gran prestigio y autoridad. Se convirtió en todo un símbolo de la prohibición de los toros a pesar de no dedicar una obra extensa al estudio de la tauromaquia. La cuestión taurina aparece en su informe sobre Juegos, espectáculos y diversiones públicas usadas en lo antiguo en las respectivas provincias de España, además, lo trata en su Informe de la Ley Agraria. Jovellanos repite algunas razones esgrimidas por otros ilustrados, entre los que destaca el político Conde de Aranda, y, además, cae en una gran contradicción: argumenta que la fiesta no puede considerarse verdaderamente nacional, ya que solo una pequeña parte de la población española la disfruta, como Cádiz y Madrid, pero en seguida afirma que el mayor riesgo que conlleva la fiesta proviene de su generalización por toda España.

José Velázquez y Sánchez en sus Anales del toreo (1873) encontró otras contradicciones y tergiversaciones de Jovellanos. Una de ellas es su interpretación libre de las Partidas: el autor de los Anales del toreo señala que el ilustre asturiano interpretó interesadamente el texto de las leyes del rey Alfonso X el Sabio para hacer ver que las fiestas de toros fueron censuradas. Jovellanos, al no citar el texto completo, queda con la prohibición a los prelados asistir a las fiestas de toros sin señalar que la prohibición se extendía a todas las celebraciones profanas. Además, Jovellanos no señala la distinción que aparece en las Partidas entre las maneras de lidiar: “Pues los cuerpos aventuran por dineros en esta manera, bien se entiende que farían ligeramente otra maldad por ellos”, pero sigue: “él quien lidia a la bestia para probar fuerza “non sería enfamado por ende, antes ganaría prez de hombre valiente e esforzado”.

El mencionado Conde de Aranda estuvo detrás del proyecto de suspensión de las corridas de toros en 1768. Al Conde, igual que a la mayoría de afrancesados y europeizantes, las corridas le daban pavor, así en 1770 se pronuncia ante el Consejo de Castilla, esgrimiendo las siguientes razones: “Que el toro no puede ser aplicable al servicio alguno, por su indomable bravura, con que sólo servirá para las diversiones que convendría mucho abolir, ya porque su espectáculo es bárbaro, ya porque su ejercicio cría una infinidad de gentes sanguinarias y las más dispuestas para toda maldad, como los toreros, ya porque, aunque sea una profesión, se arriesgan muchas vidas de ellos escandalosamente a la vista de un concurso nacional y compasivo, y ya porque éste en tales días y vísperas, se distrae de todo trabajo y aplicación, que le daría sustento a su familia, llegando al desorden en la plebe a malvender las prendas más necesarias en sus casas para divertirse aquellos días; los cuales, como son siempre de los no festivos, trascienden en el total del reino a formar juntos un tiempo malogrado muy considerable y una dispersión de dinero innumerable”. Uno de los consejeros de Castilla, siguió la estela marcada por el Conde y se manifiesta en contra del argumento de la antigüedad y la tradición: “Dice la política que será muy sensible a la nación verse despojada de un recreo a que le llama la inclinación, y que de tiempo inmemorial usaron, y usan, sus naturales; mas la moral dice que en esta materia no legitima el tiempo, sí que hace más y más grave el peso de la culpa…”


Durante el siglo XIX, el debate se amplió con más razones en contra de la fiesta brava, basadas en la nueva sensibilidad. El escrito anónimo, a veces atribuido a Nicolás Fernández de Moratín, La Tertulia o El pro y el contra de las fiestas de toros influyó en esta época hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando aparecen razones que hasta hoy día o siguen vigentes: la pura y exacerbada sensibilidad, teñida de cierto puritanismo y blandura del ánimo vigentes hasta hoy entre los antitaurinos actuales. En los países hispanos fue una oportunidad de deshacerse de una costumbre española y visto como una oportunidad de afirmar la “nueva” identidad de las repúblicas independientes. En México, año 1833, tuvo lugar una discusión del decreto que prohibía las corridas. José María de Heredia señaló la fiesta como “perjudicial, sanguinaria y atroz” y “la mayor parte de los que se dedicaban a toreros acababan en asesinos y hombres de ninguna moralidad”. Cossio transcribe una ingeniosa repuesta del diputado Arizcorreta: “Durante la anterior administración mejicana la nación había visto entre sus coroneles, senadores y ministros, asesinos más crueles y más indisculpables, sin que por ello debieran abolirse esta clase de empleos.” La actual censura e intentos recrudecidos por prohibir las ferias más grandes de América se nutren de la misma visión política anti-hispana, que niega el pasado de sus propios países.

Curioso que los organismos agrónomos también tomaran parte activa en la censura de los toros. Por ejemplo, en 1849, el Congreso de agricultura aprobó solicitar al Gobierno la supresión gradual de las corridas hasta lograr su completa extirpación. Una salvación llegó con la obra de Miguel López Martínez con su informe Observaciones sobre las corridas de toros y contra la supresión oficial de las mismas. A partir de 1865, la ola de lo “humanitario” acompaña los movimientos de carácter revolucionario y la lucha contra los toros se convierte en el tema recurrente en más de una docena de periódicos. Mariano José de Larra comienza con su irónico argumento “animalitario” que proliferó entre las sociedades protectoras de los animales: oponerse a las corridas de toros por cuantos medios les fuera posible. Luego aparecen autores como Navarro Murillo quien censura la fiesta “en nombre de Progreso”.

Actualmente hay varias plazas de toros abandonadas, cuyo lamentable estado sirve de pretexto para no celebrar corridas de toros. El coso de Oviedo, catalogado como un Bien de Interés Cultural, es uno de esos ejemplos de abandono. Una vieja estrategia que ya fue probada en 1877 con la proposición de ley para prohibir la construcción y el mantenimiento de las plazas con la consecuente prohibición de los toros. La preocupación por lo que llaman la cultura de la fiesta y su posible influencia sobre la sensibilidad española, posición que vemos invocada desde el siglo XVIII y que, especialmente por el proselitismo sensiblero de las sociedades protectoras de animales, toma en esta época un desmesurado vuelo en relación con la fiesta taurina.

Los azares de la lidia tuvieron también repercusión en las campañas antitaurinas. La cornada y la muerte de Frascuelo, en 1876 y, sobre todo, la muerte de Espartero en 1894 llevó al Congreso a hacer una propuesta para la supresión de las corridas, firmada tanto por los diputados republicanos como por los carlistas. Sin embargo, a pesar de la unanimidad entre los partidos la propuesta fracasó.

La presencia de las críticas provenientes de otros países también surgió en el siglo XIX y se convirtió en constante y persistente hasta nuestros días, como verán mas tarde a través de varias organizaciones internacionales. En 1879, la Sociedad de Inglaterra dirigió un comunicado a la de Praga en la que rogaba a la archiduquesa doña Mª Cristina, que se casaba con el rey Alfonso XII, para que ella al llegar al trono de España llevara a cabo la abolición de las corridas. La Sociedad de Praga rechazo la propuesta como imposible.

El poeta José Velarde esgrimió, en su Toros y Chimborazos, las razones para la censura y prohibición de las corridas basándose en la sensibilidad y con miras pedagógicas: apelaba a los niños y la tremenda impresión que les producía el espectáculo taurino. Remataba que, en general, el público de los toros estaba predispuesto a la ineducación y violencia. La generación del 98 retomaba los anteriores argumentos y los hacía suyos para orquestar una ofensiva coordinada y sin piedad al espectáculo y a sus adeptos. Los krausistas y, sobre todo, la Institución Libre de Enseñanza, inculcaba a sus alumnos una abierta animadversión a la fiesta, esgrimiendo dos argumentos que se convirtieron en la base del animalismo actual: el respeto a todo ser vivo y la obligación de ahorrar el dolor a todo ser sensible. Así, la fiesta se ve por los intelectuales más destacados como un atavismo de bárbaras costumbres. Además, surge y se afianza la actitud de superioridad moral de los censores sobre quien disentía de este grupo de escritores e intelectuales, que pretendieron convertir sus gustos, preferencias y prejuicios en dogmas. Uno de los reflejos de esa intolerante actitud fue la de Don Santiago Ramón y Cajal autor de una fábula en su Charlas de Café que aquí reproducimos. Salvando las distancias, hay que reconocer su afín posición a los actuales “haters” de las redes sociales que desean la muerte de cualquiera que este en el mundo de toro:

—Dime, decía un toro encerrado en el toril a cierto manso amigo, —: ¿por qué me desinfectan los cuernos y no desinfectan las espadas? Esto implica la irritante falta de equidad.

— ¡Bah! —contestó el manso—, no te apures. En cuanto despanzurrares un penco desharás la desigualdad antiséptica y podrás propinar al torero una cornada mortal. El ganadero, los médicos, los aficionados, los periodistas y hasta tus hermanos de dehesa te lo agradecerán. Y tu busto disecado se ostentará glorioso en la casa de algún ministro o de algún magnate taurófilo.”

El principio del siglo XX la oposición a los toros salió a la calle para tratar de impedir la celebración de los festejos y perjudicar a la fiesta. En 1901 tuvo lugar un acto antitaurino en el Teatro Principal de Barcelona para clamar por una ley que prohibiese las corridas y aumentar drásticamente los impuestos mientras durara la tramitación de la prohibición para hacer inviable la celebración de los festejos. En 1903 llegó La ley de Descanso dominical que afectó las corridas de los domingos y esto provocó una movilización de todo el sector taurino junto con los aficionados y la prensa.

Merece mención una pintoresca campaña emprendida por el periodista Eugenio Noel en 1911: recorrió España para realizar una campaña antitaurina, pero esto no le impidió recoger con un regocijo de un niño la oreja brindada por Rafael el Gallo. La campaña no logró crear un movimiento antitaurino nacional. Su obra El flamenquismo y las corridas de toros, basada en esta experiencia es la quintaesencia del pesimismo del 98, llevado a sus últimas consecuencias trazando un espantoso retrato de España: “De las plazas de toros salen estos rasgos de la estirpe: la mayor parte de los crímenes de la navaja; el chulo; el hombre que pone la prestancia personal sobre toda otra moral; la grosería; la ineducación nacional; el pasodoble y sus derivados; el cante hondo y las canalladas del baile flamenco, que tiene por cómplice la guitarra; el odio a la ley; el bandolerismo;…”

Sin embargo, el renacer de los toros gracias a Joselito y Belmonte zanjan el debate y restituyen la fiesta y llevan su popularidad a los nuevos públicos, entre cuales se cuentan las nuevas generaciones de intelectuales. Empieza la época de completa integración de los toros en la vida cultural e intelectual. Los viejos argumentos de orden moral o utilitario desaparecen ante un espectáculo tan cargado de simbolismo, tan singular y milenario. Aparecen autores como Fernando Villalón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, por citar unos pocos, que trataban la tauromaquia como una tradición vigente y actual.

El tiempo y la experiencia ha demostrado la ineficacia de las medidas gubernamentales contra los toros. La censura quedó estancada, en el mejor de los casos, en los argumentos del siglo XVIII, pero a veces no aportaron nada nuevo a la censura promovida por la Iglesia desde el siglo XV y sobre todo del XVI.

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