Es extraño cómo se afirman los trozos de genialidad arrancados a la efimeridad de la representación única, una tragedia, esta sí, de dimensiones incalculables. Tumbalobos Teatro ha triunfado en el Festival de Almagro más allá de los postureos institucionales, las cabriolas políticas y el seguidismo de las modas disruptivas, que siempre reciben todo el apoyo de turno. Pues bien, de forma discreta y contundente, la representación de La gran comedia de la Segunda Celestina ha quedado imborrable porque vimos pasar como una bandada de ángeles a esta compañía transportando el espíritu de sor Juana Inés de la Cruz sobre las cabezas del público, en voluptuosa danza de las palabras y en una formidable adaptación de David Fernández “Fabu”, que va camino de convertirse en personaje del Siglo de Oro, dirigida por la elegantísima Ana Vélez.
Así se nos grabó en la mente su versión de La gran comedia de la Segunda Celestina, escrita por sor Juana Inés de la Cruz en colaboración con Agustín de Salazar y Torres, probablemente en la década de 1680, en la Nueva España, basada en la novela La Segunda Celestina (1626) de Feliciana Enríquez de Guzmán, que a su vez retoma el arquetipo de la alcahueta creado por Fernando de Rojas en La Celestina (1499). Comedia de enredo con desenlace feliz y diseñada para entretener al público cortesano y popular, fue escrita en su mayoría, para muchos estudiosos, por la monja genial, si bien Salazar y Torres pudo contribuir con la estructura teatral o detalles técnicos para adecuarla al escenario. Y la mano de la mujer realizó lo que no pudo realizar la mano del hombre, abriendo los corpiños, tumbando autoridades masculinas, tirando de la levita a galanes solemnes y criados insolentes.
El amor y deseo constituyen el motor de la trama y los personajes buscan satisfacer sus ardores, sorteando las normas de honor, clase y género. Ahí hace su aparición la figura de Celestina, la tercerona y mediadora que manipula estas dinámicas y representa elpoder de la astucia frente a las barreras sociales. Y aunque la comedia no es abiertamente feminista como otras obras de sor Juana, como Los empeños de una casa, la figura de Celestina y las mujeres de la obra muestran una notable capacidad para controlar las situaciones a través del ingenio. Celestina, en particular, desafía las normas ejerciendo su influencia a través de un rol de alcahueta que dinamita la hipocresía social, la obsesión por el honor y las desigualdades de clase, de nuevo dianas en las que la escritora clava sus dardos críticos, siempre a través del humor y los enredos. ¿Qué pensaría el público que la vio representar en las Américas?
La Celestina de sor Juana es menos trágica que la de Rojas, y los jóvenes galanes, atrapados en sus pasiones amorosas, permiten a la autora explorar a sus anchas las relaciones de poder entre géneros y clases. Por supuesto, los criados y personajes secundarios aportan una comicidad extraordinaria, y sus intervenciones suelen desatar los malentendidos, reflejo del virtuosismo lingüístico de sor Juana, que utiliza una variedad de formas poéticas (redondillas, quintillas, sonetos). Los diálogos, atravesados de juegos de palabras, metáforas y alusiones mitológicas, evolucionan siempre hacia un tono cómico sostenido en los equívocos y las situaciones absurdas, pero también en la crítica a las convenciones sociales, como el matrimonio por conveniencia o la obsesión por el linaje. La relectura de la figura de Celestina desde una perspectiva novohispana aporta una obra única nuestro repertorio.
Ana Vélez ha realizado un trabajo extraordinario con la arqueología filológica de “Fabu”, un humanista del siglo XXI, como si se entreabriesen los libros y los legajos y quedasen definitivamente entrañados por las manos de estos dos sabios que han sido capaces de realizar el sueño mágico de remozar el texto y darle nueva vida. El reparto se esfuerza de una manera notable: el siempre impresionante José Carlos Fernández en uno de sus impagables roles de padre de cabeza de familia atildado y con exceso de verbosidad; Alicia Rodríguez como la empoderada autora que se desdobla en trotaconventos y religiosa; Rubén Riera, David Bueno y María Crespo como los sorprendidos galanes y la gentil y seductora doncella; Alejandra López con su serenidad atravesada de belleza sureña y su verbo florido, y, cómo no, el corazón bullente de “Fabu”, que lleva a un niño dentro imparable y siempre nos conmueve y nos redime del duro hormaje de la vida con sus mil cabriolas y quiebros, como los grandes mimos que en el mundo han sido.
Octavio Paz y Guillermo Schmidhuber la defienden como una obra concluida por sor Juana Inés de la Cruz y la producción de Tumbalobos ha aprovechado esta controversia para hacer una obra prodigiosamente metateatral sin que se note, presentando a la propia sor Juana inmersa en el proceso creativo, capa sobre capa; y así la queremos recordar, entre dudas y cogitaciones, recordando a sus personajes, sin saber qué hacer con ellos, ataviada con su toca y con el crucifijo de madera sobre el pecho, un poco cansada de la condescendencia del mundo, hundiéndose en la ficción hasta el cuello y trazando el primer mapa de la América teatral, con promesa de jugosidad, arrancándole al talento sus virutas de genialidad para regalárnosla por los siglos de los siglos gracias a compañías maravillosas como esta, el nuevo Siglo de Oro. Gracias os sean dadas.