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Elecciones y raza

viernes 05 de diciembre de 2008, 22:54h
Algunos corresponsales españoles, no sin simpatía, han destacado en las elecciones venezolanas un hecho que les asombra: que Enrique Capriles Radonsky y Carlos Ocariz “pese a ser blancos” ganaron en lugares “donde predomina el mestizaje, los mulatos y la población negra”. Este comentario pasa por alto el hecho de que ambos sustituyen a dos mandatarios igualmente “blancos”: el derrotado aspirante a “delfín” Diosdado Cabello, de cuyos “bonitos ojos azules” se burló el propio Chávez en una de sus larguísimas peroratas televisivas; y José Vicente Rangel Avalos, descendiente de una familia “blanca” enriquecida por el peculado durante la dictadura de Juan Vicente Gómez (de 1908 a 1935).

Pero eso no es lo más importante, sino que ese tipo de comentarios acepta la conseja chavista según la cual el de Venezuela es un gobierno de las mayorías “de color” enfrentado a la opositora “oligarquía blanca”.

Mentira llevada al extremo por unos cineastas irlandeses según los cuales Chávez sería “el primer presidente no-blanco en la historia de Venezuela”. Semejante afirmación no resiste la menor crítica. Hasta que Chávez comenzó a atizar la tea del racismo, Venezuela era uno de los pocos países del mundo donde no existían odios raciales ni religiosos, como lo ha reconocido durante mucho tiempo la UNESCO. No se está diciendo con esto que en Venezuela se desconozcan los prejuicios raciales: no existe un país en el universo mundo donde no los haya. Ni tampoco que los venezolanos sean mejores que los otros pueblos, sino que eso tiene una explicación histórica: en un siglo (1810—1903), la revolución de independencia y las interminables guerras civiles liquidaron físicamente a los blancos. Hoy por hoy Venezuela no es, como muchos europeos, un país pluri-cultural, sino un país mestizo (algunos van más lejos: un país “criollo”): no es un tópico decir que en Venezuela todo el mundo es “café con leche”. Y así lo han sido sus presidentes, casi sin excepción. Es falso entonces que el rechazo a Chávez provenga del hecho de que la oligarquía no soporte en Palacio a un humilde muchacho pobre, provinciano y mulato.

Desde 1830 hasta nuestros días, y con alguna breve excepción en 1859 y con Guzmán Blanco en 1870, todos los presidentes venezolanos han tenido ese origen. Del primer presidente de Venezuela, José Antonio Páez, se decía que “saltó de lavarle las patas al zambo Manuelote [capataz de la hacienda ganadera donde trabajaba como peón] a la Presidencia de la República”. Uno de los poquísimos presidentes que provenía de una familia acomodada (“blanca”), el liberal Antonio Guzmán Blanco, en 1870 amenazaba con extinguir a sus pares sociales de la oligarquía conservadora “hasta como núcleo social”.

Y hablando de “oligarquías”, en Venezuela ese fue, originalmente, mucho menos un término de taxonomía social que política. Lo acuñó el fundador del Partido Liberal en los años cuarenta del siglo XIX como un eufemismo para aludir al prolongado dominio del fundador de la república en 1830, el general José Antonio Páez, cuya autoridad nadie se atrevía a cuestionar. Hoy, su empleo por Chávez tiene el mismo sentid : “oligarca” es todo aquel que lo contradiga. De aceptarse eso, en Venezuela habría más de cuatro millones de “oligarcas”: la mitad del electorado.

En relación con el proceso electoral del 2008, la propaganda del gobierno se centra en dos afirmaciones asaz cuestionables, pero que a primera vista lucen veraces. La primera es que sigue conservando la mayoría, al ganar 17 de las 22 gobernaciones y superar en unos quinientos mil votos a la oposición; y en segundo lugar, que la realización de esas elecciones y el reconocimiento de algunos resultados adversos muestran el carácter democrático del gobierno de Chávez, no el de una “dictadura” como la oposición pretende.

Es cierto que el gobierno continúa controlando la mayoría de las gobernaciones de los Estados de la provincia venezolana. Pero eso no puede ocultar que ahora la oposición controla no sólo los estados más importantes poblacional, económica, social y culturalmente, sino también la ciudad más grande, la capital de la República : Caracas. La cual contiene, en Petare, el barrio popular [es la favela brasileña] más grande de Venezuela y tal vez de Iberoamérica, cuya población es igual a la suma de los habitantes de cinco de los Estados que controla el gobierno.

En cuanto a los números, es cierto que los oficialistas superan a los de la oposición. Pero es igualmente cierto que mientras la oposición consolida los suyos, en los del gobierno se mantiene la tendencia a la baja : de siete millones en la elección presidencia de 2006 a cinco millones en 2008. Pero sobre todo, que la victoria del NO en el plebiscito de 2007 y los actuales resultados, hacen caer el mito de la invencibilidad de Chávez en las urnas. Y no hay que olvidar que el carisma siempre está ligado a la victoria : acaso sea posible repetir a Churchill después de Stalingrado y El Alamein :”No es el fin. Ni siquiera es el comienzo del fin. Pero quizás sea el fin del comienzo”.

En cuanto a lo “democrático” del reconocimiento de la victoria opositora, el talante moderado no le ha durado ni 24 horas a Chávez, quien ya inició, con su nuevo aluvión de insultos y amenazas de estrangulamiento económico y presión militar contra los nuevos electos de la oposición, su campaña por imponer el año próximo la enmienda constitucional que le permita reelegirse indefinidamente.
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