Con el paquete de esponjas en seco que me compré pensando que en el Transiberiano no podría ducharme me está ocurriendo como con los que llevan treinta años en sus trabajos y aún les restan siete para tratar de fundirse la jubilación. Porque es intolerable adquirir un producto, saber que no lo vas a utilizar en tu vida, y seguir viajando por el mundo con él en la maleta, como si la superstición, tras medio siglo a la deriva, hubiera penetrado en mi seno con la fuerza de un hijo recién nacido. O como me cuentan mis amigos: cuento los días, qué digo, los años, –incluso para algunos lustros–, para cobrar esa jubilación por no hacer nada cuando tampoco sé, a ciencia cierta, si llegaré con vida, o hasta si seguirá habiendo pensiones.
En mi nomadismo ciertamente perpetuo el abrir y cerrar la maleta constantemente es parte de mi existencia, como el cepillarme los dientes o el defecar. Por eso, y más que a la mujer de mi vida, observo a diario ese paquete de esponjas que, en realidad, se confeccionaron con la idea de mejorar la vida saludable de las personas, generalmente ancianas, que imposibilitadas para poder moverse son lavadas de esa manera por sus asistentes sociales, tantas veces sus mismos familiares.
Por lo que queda claro que el aviso a navegantes es constante. Y el disponer de esas esponjas me recuerda de dónde venimos y, sobre todo, cómo vamos a acabar todos: meándonos encima, si no cagandonos, embutidos en pañales, oliendo a Nenuco, mirando al limbo mientras la señora de las noticias trata de convencernos del cambio climático, desmejorada tras los litros de botox y los maquillajes extremos.
A veces barrunto qué pensaría una mujer que se acostara conmigo y al observar mi maleta abierta se diera de bruces con las esponjas jabonosas desechables, por no decir qué pasará cuando en un cambio de países, y al cruzar la frontera, las autoridades, por poner un ejemplo, camboyanas, me abran la maleta y atiendan a un rastro poco fiable del hombre: su limpieza no tiene que ver con las duchas.
Los que sobrepasamos el medio siglo de mi vida vivimos enganchados a la única verdad de la misma, la cual es la muerte. Por eso, y sólo por eso, mantendré mis esponjas jabonosas conmigo aunque no las necesite. Aún.