En el Claustro del pozo del Instituto de San Isidro también se celebran desde hace tiempo los Veranos de la Villa: allí es antiguo y nuevo cada espectáculo, porque en este patio está al socaire lo mejor del teatro de Madrid. Por eso es tan grato acudir allí, porque se da uno un baño de cultura hispánica al fresco, en esta concatenación caliente y lenta que es el estío. Hemos ido a pasar allí muchas tardes, y el recuerdo de años anteriores nos ha dejado la huella de la excelencia, como El sueño de un rey, con Manuel Galiana, o Los bandos de Verona de Rojas Zorrilla, donde descubrimos a la impresionante Silvana Navas, una de las mejores actrices de nuestra escena actual. Ahora, la epifanía ha vuelto a ocurrir con la compañía dramática Teatro de Fondo y Pablo Huetos, que ha puesto en escena de manera deslumbrante Marta la piadosa, de fray Gabriel Téllez o Tirso de Molina, para el siglo.
Marta la piadosa, escrita probablemente alrededor de 1614-1615, comedia de enredo que pertenece al subgénero de la comedia urbana –ambientada en la vida cotidiana de la sociedad madrileña y cuya trama gira alrededor de temas como el amor, el honor y la hipocresía social–, tiene lugar en el Madrid del siglo XVII, en una ciudad que no da un punto de sosiego a sus habitantes y en la que las normas sociales, la religión y las apariencias dictan las relaciones humanas. Marta –Ángela Garman–, una joven ingeniosa, quiere evitar un matrimonio no deseado con el Capitán Urbina –Pedro Santos– y finge una devoción religiosa extrema, ardid le permite manipular a todo su entorno, incluidos su padre, don Gómez –Antonio Ponce–, mientras guarda fidelidad su verdadero amor, Felipe –Gustavo Galindo–, que anda rondando por la casa de los Gómez junto a su amigo Pastrana –Pablo Huetos– con el que traza un plan para recuperar a Marta. A esto se le añaden los amoríos de Lucía –Ainhoa García Forcada–, hermana de la protagonista también enamoriscada del donjuanesco Felipe, con un torpísimo militar –David Díaz– que la pretende.
Enredos amorosos, malentendidos y un ritmo vertiginoso propio del gran Tirso, convergen en el triunfo absoluto del ingenio femenino sobre las convenciones sociales y según los cánones de la comedia nueva establecidos por Lope de Vega: tres actos, una mezcla de elementos cómicos y serios, y un desenlace que devuelve el orden social, cuestionando sus fricciones y destacando la habilidad de la mujer para conseguir elegir libremente a su amado sin enojar demasiado a su progenitor. La “piedad” de Marta es una fachada, un mero recurso estratégico para eludir las presiones de su entorno con astucia, en una suerte de figura protofeminista, capaz de desmontar las estructuras patriarcales para lograr sus objetivos. Marta toma el control de su destino y su falsa devoción no solo es un mecanismo de defensa, sino también una sátira de la religiosidad superficial de la época. Algo que sorprende, porque Tirso, como fraile mercedario, se sirve de Marta para denunciar la gran mascarada de los fariseos de la Contrarreforma. Marta revela ante el público del Siglo de Oro y el del siglo XXI cómo la devoción puede ser instrumentalizada para fines personales. Tirso, desde su perspectiva de fraile, qué duda cabe, advierte contra la superficialidad en la práctica de la fe, un eje vertebrador que Teatro de Fondo hace resaltar en todo momento en esta brillantísima adaptación que el público ha seguido del primer al último minuto, soslayando las dificultades habituales del lenguaje del siglo XVII.
A ese atrio del instituto se va a parar como al rincón de la inteligencia, como si quisiéramos resarcirnos de la prosaica realidad del tiempo que nos ha tocado vivir. El vitamínico Pablo Huetos y su troupe de cómicos alegres, los espléndidos titiriteros, nos hace sentir mejor y nos dan sosiego para pensar un poco en la imponencia del Madrid que sobrevive a los siglos. Hay que saber los itinerarios de estos comediantes magníficos, un poco escondidos a veces, devorados por el empuje publicitario de las grandes compañías, para comprender y aprender la compleja estructura social y familiar de la que provenimos –sus embustes y trampantojos– a que la corte o la política nos empujan. El romance enlaberintado que unos soberbios Ángela Garman –toda delicadeza, belleza y rapidez verbal– y Gustavo Galindo –siempre el clown maestro salido del mejor burlesque– nos ofrecen en escena derivaciones y burladeros por los que poder fugarnos de la vida que nos arrincona. Ellos nos permiten soñar: esa es la necesidad del teatro.