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TRIBUNA

La Calesera celebra cien años en San Lorenzo de El Escorial

David Felipe Arranz
lunes 18 de agosto de 2025, 20:03h

El sueño de una noche de verano a los pies del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, ¿hay mejores planes en agosto? Es posible, pero el encuentro con las artes de cada verano, organizado por Manuel Lagos, es una apuesta segura por la calidad, una cátedra musical en mitad de un bosque de coníferas y gentes elegantes, y asistimos a la llamada anual del resurgimiento de este ecosistema, que no es sino un estallido de talento e investigación, un glorioso erguimiento de partituras y voces hermosas. Y damos un paseo por las callejas de un Madrid decimonónico, bullicioso y chispero el sábado pasado como hace cien años, cuando la zarzuela La Calesera celebró con brío su siglo de vida. La música de Francisco Alonso, ese orfebre de melodías que embriagan, se alzó como un farol iluminando el Festival con las pasiones españolas que laten en clave de copla y seguidilla.

Corría 1925 cuando La Calesera irrumpió en el Teatro de la Zarzuela, y cuentan las crónicas –esas que se susurran entre bambalinas– que el “Pasacalle de los chisperos” desató tal fervor que el público, enardecido, lo exigió cinco veces, llevando luego a hombros al maestro Alonso hasta su morada. ¡Qué escena, digna de Galdós o de un lienzo de Sorolla! Aquella zarzuela, con libreto de Martínez Román y González del Castillo, no era solo una historia de amores imposibles entre una cómica, una aristócrata y un liberal; era el alma de un Madrid castizo, un grito de libertad envuelto en notas que cruzaron fronteras hasta París, Lisboa y las Américas. Cien años después, L’Operamore ha traído al Festival de San Lorenzo una versión en concierto que fue una resurrección. Bajo la batuta de Javier Corcuera y la dirección artística de Marco Moncloa, la obra relució como una alhaja pulida por el tiempo gracias a María Rodríguez, en la piel de Maravillas, que desplegó una voz de terciopelo y relámpago, mientras Marco Moncloa, como Rafael de Sanabria, y Raquel Albarrán, en el papel de Elena, tejieron un duelo de pasiones que alcanzó al patio de butacas. A su lado, Diana Rosa Cárdenas (Pirulí), Didier Otaola (Gangarilla), Karmelo Peña (Calatrava), Aníbal Tártalo (Perico El Ciego) y Octavio Vázquez (Pedro García) completaron un mosaico vocal que, acompañado por el coro y la orquesta de L’Operamore, hizo que el tiempo se detuviera.

El celebérrimo “Pasacalle de los chisperos” tenía la fuerza de un himno y la versión en concierto, lejos de ser un corsé, liberó la música de Alonso, dejando que sus melodías volaran libres para recordarnos por qué la zarzuela es más que un género: es un estado del alma española. En la Sala Sinfónica del Teatro Auditorio, la acústica se alió con la pasión de los intérpretes, y el resultado fue un diálogo entre pasado y presente que, con este estreno absoluto –uno de los cinco que engalanan el festival– ha demostrado que la zarzuela no es un eco del pasado, sino una pasión de los que amamos la música y el teatro, los chisperos y pasacalles.

Como broche de oro, al día siguiente el Teatro Auditorio se transformó en un sagrado relicario sonoro con el concierto “Dixerunt, Italia en la corte española”, que resucitó el legado de Francesco Corselli y sus contemporáneos italianos en la España del siglo XVIII. Bajo la batuta del maestro José Antonio Montaño y con la voz del contratenor Carlos Mena, La Madrileña nos invitó a un viaje místico, un diálogo entre lo divino y lo humano. En los archivos musicales de España, como en un cofre olvidado, yacen tesoros que esperan ser redescubiertos. Y este no fue solo un concierto, sino un acto de justicia histórica, un esfuerzo titánico por devolver a la luz la obra de Francesco Corselli, aquel maestro italiano que, desde su puesto en la Real Capilla entre 1738 y 1778, tejió un tapiz sonoro donde el estilo galante italiano se fundía con la honda tradición polifónica hispánica. Junto a él, nombres como Giovanni Battista Sammartini, Mauro D’Alay y Domenico Scarlatti completaron este programa, basado en el disco homónimo de La Madrileña, que recoge grabaciones pioneras de piezas jamás registradas hasta ahora. El programa, ejecutado con instrumentos de época, fue un canto a la autenticidad. Desde la Sinfonia in Sol Maggiore de Sammartini, con su vigoroso “Allegro ma non tanto” y su delicado “Minuetto”, hasta la “Lamentación segunda de Miércoles Santo” de Corselli, cada nota parecía susurrar secretos de una corte donde la música era una plegaria. La voz del contratenor Carlos Mena elevó las piezas vocales de Corselli –como el “Ave Regina” y el “Regina Caeli”– a una dimensión casi sobrenatural en la que destacaron los violines de Maxim Kosinov e Ignacio Ramal, solistas en el Concerto per 2 violini in Re minore de D’Alay, en un diálogo que evocaba los salones de la corte borbónica. El clavecín de Diego Fernández y el contrabajo de Alberto Jara apuntalaron un sonido robusto y etéreo, mientras el resto del ensemble –violines, violas, violonchelos– tejía una atmósfera de manto sagrado. El Salve Regina de Scarlatti, en su primera grabación mundial, fue un momento epifánico. La interpretación de Mena era un lamento que ascendía hasta los cielos del Escorial, ese lugar donde lo terrenal y lo divino se funden. Este segundo concierto del fin de semana fue un nuevo recordatorio de que el patrimonio musical español y europeo es un tesoro vivo, una herencia que nos define y nos eleva frente a la fast food music, que todo lo invade. Al terminar, las notas de Corselli, Sammartini, D’Alay y Scarlatti se negaban a desvanecerse en el aire fresco de la sierra, en un acto de amor por la música, la historia y la belleza, en otro puente tendido entre siglos, pues el Barroco no es un eco del pasado, sino una época que aún nos acompaña.

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