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TRIBUNA

¿Qué es la vida?

martes 26 de agosto de 2025, 19:15h

El 1 de septiembre –o sea, dentro de nada– se cumplirán tres meses desde que comencé la travesía de mi vida, si es que no decido aumentar la sobredosis de empatía hacia mí mismo, en un onanismo constante que comenzará a reducirse el día, supongo, que me parta la cadera o, simplemente, mi cabeza deje de enviar las órdenes suficientes a mis órganos vitales para que no termine defecándome encima.

Porque sin querer enumerar países, en un asunto demasiado populista que arrastra a la plebe a viajar sólo para batir sus propios récords, llevo recorridos los kilómetros suficientes además de las fronteras atravesadas –tantas veces a pie– como para que en los vespertinos programas veraniegos, tan televisivos como vacíos, poder expresarme sobre el capturado titular del verano embutido en un bikini ambiguo, sexualmente hablando: “Alguien casi sin ingresos torea a la vida; hoy desde Timor Leste”.

Sé que la hostia va a ser descomunal. Pero no podía permitirme el lujo de haber pasado desapercibido para mí mismo en estos ya 51 años de vida camino de otro año productivo en lo físico y psíquico, a sabiendas de que pronto todo cederá.

Tres meses –por no decir casi cien días– viajando, viviendo, camino de un tercio del año 2025, sin seguro de viaje, ni mucho menos médico, y con mi tarjeta de débito a la que ya sólo la dejan sacar dinero, y muy pocas veces, pagar recibos. Que vivir a ciegas –la aplicación bancaria ha dicho basta debido a, supongo, la cantidad de países donde aboné asuntos varios; porque uno es sospechoso hasta cuando gasta– es otro asunto extraño, rezando para que nunca se detenga la opción de salir con vida de, no sé, una pensión con gotelé o un restaurante que sirve Bun Cha.

Lo increíble es que aún, en la profunda degradación de Occidente, epicentro en Europa y sobre todo en España, mi pasaporte siga funcionando cuando deberían ser los chinos, y qué digo, hasta los tailandeses y vietnamitas, los que tendrían que pedirnos a nosotros papeles, periciales psíquicas y otros actos de fe, para dejarnos entrar en sus países a arrasar, tantas veces mal vestidos como gritados, además de obsoletos en el arma clave: el saber estar, el pasar desapercibido, el no comentarlo todo como si en realidad toda la vida fuera una eterna partida de Trivial Pursuit contra uno mismo.

Y les voy a confesar una cosa: si yo no viajara bajo el paraguas del mejor asesoramiento de la historia de todas las agencias de viajes, incluidas las que llevaron a la Luna para hacerse la foto a Armstrong y Aldrin, hoy mi vida sería sencillamente menor. Mucho menor.

Y les quiero cerrar el pensamiento con un deseo: ojalá, al menos, cien días más, bajo el mismo paraguas, sin importar las cordilleras, los pronósticos del tiempo, si existen o no albuferas, y por qué no decirlo, si el restaurante de debajo del hotel dictaminó en su creación una extracción de cocina muy mal calculada que atora los oídos de los comensales. Porque en general, el humano no calcula bien.

Lo dije en un poema y lo repito ahora mismo: “No quiero llegar a mi entierro apestando a fracaso”. Y en esas estoy. Créanme. Rozando el cielo camino de la estratosfera.

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