El dislate definitivo de la persona es capturar la muerte de la misma como un todo salvo si el deceso se produjo por causas naturales. Por eso nos obligamos a recordar si tal se quitó la vida con 27 años o si en ese accidente de tráfico aquel cantante dejó de existir. En el fondo, cuando el humano afronta la muerte es cuando la ve reflejada en el de enfrente, sin entender que es la vida en toda su dimensión lo que debería ser nuestro único ADN, y la muerte, sólo anécdota.
En la partida de Mati Muñoz, que llevo un mes siguiendo con precisión de cirujano, me ha llamado la atención cómo entre la inmensa mayoría –tanto cercanos como curiosos– han tomado su asesinato como su totalidad. Un asesinato, por cierto, perverso, por la cantidad de violencia ejercida contra ella, una señora de 72 años que dormía en medio de su última madrugada en lo que consideraba su hogar.
Pero quiero incidir en algo: la muerte es el instante dentro de, generalmente, muchísimos años de situaciones que deberían ser el resumen real de una vida. Mati era viajera, fue azafata, y poseía unas características (carácter, ilusión, divulgación) que siempre deberían quedar por encima de lo que dos mequetrefes e iletrados decidieron en una noche llena de cervezas acuosas y cigarrillos baratos.
Por eso quiero aclarar que, independientemente de cómo sea y cuándo llegue mi muerte, quiero se me recuerde, aunque sea tras las primeras semanas de mi deceso, como alguien que decidió, contra las normas no establecidas de la sociedad actual, dejar su profesión donde le iba entre bien y muy bien, para comenzar de cero una carrera tan ilusionante (la de escritor) como deficitaria (ni soy Cervantes ni la gente lee ya tanto).
Entiendo que fenecer por la picadura de un escorpión –hace dos años casi me ocurre– llame la atención de la mayoría, pero no se queden en la anécdota sino en lo mollar: ni siendo asesinado por Felipe VI el resumen de mi vida no sería otro que la inmensa decisión que tomé decidiendo ser escritor. Porque la vida se escribe viviéndola y no muriéndose.
Una vez me preguntaron que cómo me gustaría morirme, y dije que cagando. Es de un placer absoluto cuando el defecar es notable, por lo que solté aquello que muchos creyeron provocación, basándome en aquella secuencia de Pulp Fiction en donde John Travolta, mientras estaba haciendo aguas mayores a la vez que leyendo una novela, es acribillado a tiros tras tirar de la cisterna.
Y sé que es mejor fenecer durmiendo; que no te enteres de nada. Pero como sé que me vais a recordar por mi último instante prefiero que este sea cagando.