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Biografía

Maximiliano Fuentes Codera: Sánchez Mazas

domingo 21 de septiembre de 2025, 22:36h
Maximiliano Fuentes Codera: Sánchez Mazas

Taurus. Barcelona, 2025. 483 páginas. 24,60 €

Por Carlos Abella

He leído Sánchez Mazas. El falangista que nació tres veces al mismo tiempo que la vida política española se ha visto alterada en su esencia por hechos y acontecimientos que ofrecen un sombrío escenario social y político. Y aunque parezca difícil, revivir el periodo vital del escritor Rafael Sánchez Mazas ofrece coincidencias y muy tristes.

Maximiliano Fuentes ha escrito un libro extenso y con buenas fuentes documentales y bibliográficas, lastrado por una muy sutil insistencia en mantener el perfil radical, intolerante y partidario de la violencia política de un personaje como Rafael Sánchez Mazas, que ofrece en sus distintas etapas políticas opciones a ser consideradas como mayor amplitud de miras pues esa insistencia choca en muchas ocasiones con la personalidad de Sánchez Mazas y con su evolución vital que le llevó a ser un hombre clave en la formación de un partido político como fue Falange Española, en su base ideológica inspirada en el fascismo italiano, y en sus símbolos y elementos propagandísticos a un destacado escritor y un referente de la vida cultural de la España de la posguerra.

Tras una inicial etapa de formación como escritor, Sánchez Mazas fue enviado como corresponsal de ABC en Roma, donde fue testigo en el contexto de la Europa de esos años del surgimiento del fascismo y de la figura de Benito Mussolini. A su regreso a España, Sánchez Mazas desarrolló una intensa actividad cultural, creando y participando en múltiples tertulias en la que intervenían intelectuales de variada adscripción ideológica, aunque sin duda compartiendo la inquietud por la deriva totalitaria de la República, que bajo su apariencia liberal ejercía el poder desde la intolerancia, la radicalidad y comprometiendo el concepto global de la nación con su debilidad ante los nacionalismos vasco y catalana -sobre todo éste- y la inspiración católica.

Una de las tertulias más celebre fue La Ballena Alegre que se reunía en el Café Lion de la Calle Alcalá, y en la que participaban intelectuales de la talla de Dionisio Ridruejo, Víctor de la Serna, Agustín de Foxá, Eugenio Montes, Jacinto Miquelarena, Alfredo Marquerie, José María Alfaro, Fernando de la Quadra-Salcedo, Pedro Mourlane y el propio José Antonio Primo de Rivera, que Fuentes recuerda que llegaba en poco más tarde. Alguna de estas personas de tanto valor, fueron asesinadas y fusiladas durante la Guerra Civil. En La Ballena Alegre se debatía sobre arte, historia, literatura y obviamente política y fueron ellos los que crearon Falange, cuyo acto fundacional tuvo lugar el 29 de octubre de 1933 en el teatro de la Comedia.

Fuentes recrea los preparativos y el desarrollo de este partido que siempre tuvo un fundamento minoritario pese a su fusión el 15 de febrero de 1934 con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS), creadas por Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma Ramos. Fuentes destaca la participación de Sanchez Mazas en la creación de la simbología falangista y en la composición de la letra del Cara al Sol, himno falangista cuya vigencia perduró años durante la dictadura.

También se le atribuye el lema “Arriba España” que es de difícil justificación que sea considerado como un lema agresivo y cuya identificación con un grupo fascista haya pervivido a lo largo de los ochenta años desde su creación, solo se explica por la voluntaria intención de ciertos actores de la política española presentes de mantener vivo el clima hostil y fratricida que llevó a los españoles a la guerra de unos contra otros, de forma que el apelativo “fascista” se utiliza hoy con tanta frecuencia como inconsistencia ideológica y que es ajena a que los así calificados utilicen otra expresión propia de aquel tiempo como sería “rojos”, lo que no es el caso. Tras su fundación, Sánchez Mazas ocupó cargos en la Junta Directiva de Falange y tenía el simbólico carné número 4, tras José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma y Julio Ruiz de Alda.

Si Sánchez Mazas hubiera sido fusilado por pertenecer a Falange, como así lo deseó la autoridad política que dio su conformidad, su nombre hubiera quedado enterrado junto a otros “apestados” de la historia como el propio José Antonio, Julio Ruiz de Alda, Ramiro de Maeztu, Ramiro Ledesma Ramios, Onésimo Redondo, Fernando Primo de Rivera, que cayeron asesinados en un patio o en un paredón de una cárcel.

Pero no fue así, y es aquí donde al describir la evolución de esos años, la narración desmerece la investigación y redacción del libro porque el lector después de haber leído durante más de cien páginas y con todo lujo detalles la gestación de Falange, y la influencia del “fascio italiano” en su propuesta política para España, puede leer lo que Fuentes cuenta en la Página 174 que “el 9 de febrero de 1934 asesinan a Matías Montero, cofundador del SEU y falangista”, pero no dice quienes fueron sus asesinos, limitándose a añadir el lugar del asesinato “en una calle de Madrid”, y ofreciendo a continuación detalles de relevancia del funeral celebrado en la Iglesia de Cristo Rey, al que asistió Rafael Sánchez Mazas junto a José Antonio Primo de Rivera, Antonio Goicoechea, Julio Ruiz de Alda, y otros cientos de militantes en los que menciona que entonaron cánticos como “Yo tenía un camarada”, ¡Presente!, y el epitafio ofrecido por el propio José Antonio Primo de Rivera, en el que entre otras cosas dijo: “Gracias por tu ejemplo. Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que hayamos sabido ganar para España la cosecha que siembra tu muerte”.

Cualquier lector interesado en este episodio, puede consultar que en todas las referencias bibliográficas se menciona que Matías Montero era un estudiante de Medicina de 20 años que fue asesinado, por el afiliado a las Juventudes Socialistas Francisco Tello Tortajada que le disparó dos tiros por la espalda en la calle Juan Álvarez Mendizábal y ya caído en el suelo tres en el vientre. Matías Montero vendía ejemplares de un diario de inspiración falangista. Y lógicamente es en este silencio respecto a la autoría del asesinato en la redacción de este libro donde se percibe la tendencia del autor a obviar a los autores de éste y otros asesinatos por parte de militantes socialistas camuflados con el socorrido “milicianos” y a obviar el contexto de confrontación ideológica existente en Europa y en España desde la proclamación de la República en 1931 y muy especialmente desde 1933 y posteriormente desde las elecciones de 1936.

Líneas más adelante, -página 175- Fuentes desliza un comentario que ofrece luz sobre el clima de violencia previo a la Guerra Civil, cuando afirma: “Tras la muerte de Matías Montero, a José Antonio le preocupaba que Falange fuera vista exclusivamente como un movimiento escuadrista, una especie de brazo armado de la contrarrevolución y por ello, José Antonio le pidió a Sánchez Mazas que redactara una oración por los muertos de Falange y así solo diez días después de la muerte de Matías Montero, Sánchez Mazas escribía unas líneas que en seguida fueron la pieza central de la retórica falangista”.

Al mismo tiempo, José Antonio -narra Fuentes- intentó frenar a los “sectores falangistas que exigían venganza”, lo que no ocurría en el bando gubernamental y socialista y es Fuentes quién en la página 176 revela el dato de que entre 1933 y 1934 fueron asesinados “quince falangistas”, mientras que la historiografía de izquierdas insiste en aludir al temor que la retórica falangista inspiraba, con frases como por ejemplo “la dialéctica de los puños y las pistolas”. Como hoy en día.

En este punto, el lector de esta biografía ya percibe que la ingente labor de investigación de la vida política y literaria de Sánchez Mazas está sutilmente condicionada por una visión parcial, que va a restar mérito a la entidad cultural y literaria de Sánchez Mazas, a su fecunda labor como divulgador de sus ideas y de las que triunfaron en esos años sobre la pretensión de socialistas, comunistas, y anarquistas, de haber procedido con el beneplácito de una débil República, a un enfrentamiento armado del que salieron perdedores y que hoy, años después, pretenden reescribir la historia, aliados con quienes en Cataluña y en el País Vasco perpetraron en los años treinta y durante la guerra y a partir de 1969 una cruel liquidación de fuerzas políticas, de servidores públicos uniformados.

Fuentes evoca que Sánchez Mazas fue quien articuló como “grito de guerra” el “¡Arriba España!” en los primeros años de Falange, usado después por la dictadura y matiza: “…seguramente incorporado de otros autores, pero él lo construye como consigna”. Fuentes le atribuye la responsabilidad -como si fuera un delito- de que el Sindicato Español Universitario (SEU) adoptara el cisne como símbolo, y la intervención también en la creación del Cara al sol, compuesto el 3 de diciembre de 1935 en un bar de Madrid, precisando que “se trató de una creación colectiva: allí estaban entre otros, Primo de Rivera o Dionisio Ridruejo mientras que Sánchez Mazas actuó como ‘corrector’ de estilo”. Tiempo después reconocería que había añadido el “alegre” al verso “al paso alegre de la paz”. Pese a ese sesgo, Fuentes no obvia episodios que acreditan la humana personalidad de Sánchez Mazas como fueron su activa participación en favor del relevante dirigente socialista y amigo, Julián Zugazagoitia, y del gran poeta Miguel Hernández.

La evocación del frustrado fusilamiento de Sánchez Mazas en 1939, después de haber estado escondido en Madrid en el consulado de Chile, y de su detención y encarcelamiento en Barcelona en el buque prisión Uruguay, se ajusta al relato de Javier Cercas en su novela, Soldados de Salamina y a lo descrito en la película del mismo título, dirigida por David Trueba y que es fundamental para construir un retrato completo –aunque insisto poco grato- de Sánchez Mazas, en el que se aprecia poca empatía, más sombras que luces para relatar su reencarnación posterior en un personaje alejado del poder del Consejo de Ministros -al que solo perteneció un año y del que fue cesado por su abulia e indiferencia hacia la gestión administrativa-, y más cercano al mundo intelectual, cultural y creativo en el que sin duda ha sido un personaje muy destacado, ya que fue presidente del Museo del Prado y que no fue académico porque nunca quiso tomar posesión. Pese a esta posición periférica, Sanchez Mazas mantuvo su prestigio como intelectual relevante del régimen en conferencias, actos públicos y en la prensa, para reivindicar su inspiración en el falangismo original del que había sido uno de los fundadores.

Fuentes Codera relata la faceta literaria de Sánchez Mazas, cuya obra más destacada fue la novela La vida nueva de Pedrito de Andia, gracias a que un escritor tan significativo como Andrés Trapiello en sus libros, ha devuelto su relevancia a escritores afines a determinadas posturas políticas y de “incómodo pasado”, condenados por la izquierda -política y cultural - acostumbrada a “primar” a sus afines, en ocasiones por encima de su valor literario o cultural.

Y no es ajeno a esta revisión de su figura el hecho de haber creado con Liliana Ferlosio una familia peculiar con un hijo tan destacado y de culto literario como Rafael Sánchez Ferlosio, ganador del premio Nadal en 1955 con una novela deslumbrante, como El Jarama y un bohemio y polifacético “Chicho” Sánchez Ferlosio, de acreditada personalidad.

Sánchez Mazas. El falangista que nació tres veces es un libro que aporta una visión de un tiempo a través de la biografía de un personaje controvertido que para algunos es solo una anécdota tanto política como literaria y para otros un hombre con mucho talento, con una azarosa vida que le hace de difícil encasillamiento, pese a que el autor no se ha desprendido del prejuicio militante de modo que Fuentes insiste en las cuatrocientas páginas en dar prevalencia y preeminencia al falangista sobre el escritor, acreditado ya hasta en el título: El falangista que nació tres veces.

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