Queridos amigos y amigas de El Imparcial:
Hoy, un día cualquiera, he visitado con el párroco del lugar, el padre Jorge, un pueblecito indígena maya al que además la Unesco ha catalogado desde hace algunos años como pueblo mágico. Su nombre es Maní, que no alude a los cacahuetes ni a la bamba, sino que debe su nombre a la lengua maya. Por no faltarle, no le falta a este pueblito ni siquiera un precioso cenote al que he descendido bien agarradito por un acólito.
El párroco Jorge, sobrepasados los sesenta años, traductor oficial de algunos códices mayas, vive él mismo en un convento franciscano del siglo XVI, cuyas magnitudes resultan abrumadoras leídas desde la talla humana, una joya varada en el tiempo con una sobriedad que empequeñece y sobrecoge, en un pueblecito que no creo tenga más de cuatro mil pobladores. Lejos de toda mundanidad, el convento es todo él una desmesura, pero en ruinas. Se está cayendo a pedazos como todo en este paraíso perdido de indígenas olvidados por todos los gobiernos populistas de México (¿alguno de ellos no lo ha sido?), donde a estas alturas de la historia los pueblos autóctonos más parecen parias de la tierra que ciudadanos de una república democrática libre.
Por otra parte, botanista destacado como lo es también el padre Jorge, y de manera eminente, ha ido creando con el tiempo un botánico completísimo dentro del convento con plantas endémicas de la zona, cómo será la cosa que los reyes de España Felipe y Sofía después de una cumbre internacional quisieron venir a visitarlo el año pasado, y así lo hicieron durante más de dos horas. Sólo pidieron que la foto no la hicieran pública, como así se ha cumplido. A mí mismo Jorge me ha tratado a cuerpo de rey, como a todo el mundo. Y me ha sacado tantas fotos, que yo no desgraciadamente no sabría reenviar a nadie, dada mi impericia absoluta al respecto. Con lo cual no estoy reivindicando, obviamente, ningún parentesco con la monarquía…
Pero lo que más me ha gustado si cabe es el primor con que el párroco citado me ha explicado la vivienda maya, que él mismo ha reconstruido técnicamente conforme a la ciencia astronómica propio de los mayas -es un eminente arqueólogo por otra parte- considerando su calendario, las estaciones, los solsticios, los ciclos solares, y todo eso. Acogidos a la fresca sombra de dicha casa se sentía una gran paz y una brisa a modo de microclima paradisiaco contrastaba con la fiereza del astro sol asociado a la humedad de la lluvia. Y todo esto en uno de los lugares del planeta Tierra, si no en el que más, con más abundancia de agua en sus capas freáticas. La naturaleza es muy sabia, la prueba es que ya se ha ido de las ciudades.
Y, si se me permite la autocorrección, lo que me ha gustado por sobre todo es la explicación rigurosa que de la escatología maya me ha proporcionado el citado párroco amigo, llenando algunas de mis oceánicas lagunas de historia de las religiones, cuyas asimetrías son bastante simétricas en general más allá de las apariencias.
Finalmente me ha invitado a degustar -con dos monjitas hermanas de congregación y de sangre, dedicadas a enseñar de forma itinerante la Biblia, - una comida tan bien sazonada como es propio en estas tierras. Los pueblecitos de la zona en torno a Ticul, donde llevo unos días albergado en una casona cural destartalada a la que me ha invitado mi amigo el padre Federico, otra joya muy bien pulida, en la cual zona están enclavadas estas lujuriantes naturalezas-vergel no son para ser descritas por un redactor paisajísticamente tan pobre como yo; además, todos estos espacio/tiempos son una especie de dúplica del jardín del Edén, por utilizar una metáfora arriesgada, para cuya descripción me falta capacidad narrativa, pero confío en que a buen entendedor pocas palabras bastan.
Y ahora mismo, ya estoy haciéndolo, salgo para encontrarme con unas personitas no poco necesitadas en todos los terrenos que habitan estos lugares, a veces como almas en pena en medio de una multitud de perros en celo, como por algún motivo que se me oculta suele ocurrir en zonas depauperadas, devastadas,
Pero todas estas maravillas de la naturaleza, del arte, y hasta de la excesiva paciencia, están habitadas por personas depauperadas, atrasadas, abandonadas por la historia criminal de lo que hemos dado en llamar “la humanidad”. En mi avellanado caletre no cabe la bucólica ante semejante teodramática. Cuando me pregunto por la capacidad de la inteligencia artificial para neutralizar tanta realidad antinatural, me invade la perplejidad. Sabemos por una dolorosa experiencia que la libertad nunca la concede voluntariamente el opresor. Tiene que ser exigida por el oprimido. A decir verdad, todavía estoy por empezar una campaña de acción directa que sea ‘oportuna’ ante los ojos de los que no han padecido considerablemente la enfermedad de la segregación. Hace años que estoy oyendo esa palabra: ‘¡espera!’. Suena en el oído de cada yucateco con penetrante familiaridad.
Pese a todo, mi pobre respuesta en forma de nueva pregunta es: pese a todo, ¿cómo podría yo responder a tanto don? Aquella araña un buen día se despertó con un humor de perros: ni trazas de la más mínima mosca. tiró de cada uno de los hilos de su tela para comprobar si estaban bien sujetos; al final lo hizo con un hilo que le parecía totalmente desconocido y que no iba a ningún sitio. Eso significaba que iba directamente al aire. ‘¡Abajo ese hilo!’, y de un mordisco certero lo cortó. En ese mismo instante cedió la tela; toda esa red artísticamente construida se desmoronó y, cuando la araña recobró el sentido, yacía sobre la hojarasca del espinoso seto con la cabeza cubierta por su tela que no era más que estropajo mojado. Un solo instante había bastado, simplemente porque no había comprendido la utilidad del hilo de arriba. Yo no quiero cortarlo.
Cada vez que tengo la fortuna de pisar estos lares, y ya no son pocas, los yucatecos se me apresentan bajo el formato eidético de Armando Manzanero: son bajitos y sumamente acogedores. Yo creo que la persona humilde tiene que ser bajita, cabezona, y yucateca. La antítesis de don Quijote.
Y todo esto en un sólo día que aún no ha concluido. Mañana será probablemente otro día, pero os ricos y poderosos quieren vivir para siempre, mientras los pobres quieren llegar a vivir algún día. André Bretón definiera a México como país surrealista, aunque sin necesidad de demasiadas reflexiones bien pronto se cae en la cuenta de que el surrealismo es la filosofía política de la mayoría de los países. Cierto mexicano fue enviado por el PRI, su partido en el poder, a presentarse como candidato a diputado a su Estado natal. Joven e inexperto, se lanzó a hacer su campaña con todo entusiasmo. La noche de las elecciones esperaba en su hotel los resultados, cuando se presentó un funcionario electoral a preguntarle: “licenciado, ¿con qué porcentaje de votos quiere ganar?”. Otra vez, cuando un político terminó su gestión, se encontró con un viejo amigo que le preguntó: “¿fuiste honesto en el ejercicio del poder?” “Bueno... honesto no, pero honesto sí”. En cierto mitin electoral era tal el número de acarreados llevados en autobús para hacer masa, que los funcionarios del partido, temiendo que se pudieran volver a sus casas, les regalaban un par de zapatos a cada campesino que llegaba al recinto; lo asombroso fue que un zapato se lo daban al inicio del mitin, y el otro al final. Soy testigo. Y regresé descalzo.