En los dragones de Komodo existe un todo que me afecta para bien: cada especie masculina dispone de dos penes cuando sus actos sexuales duran hasta cinco horas. Supremo. Que antes del acto los machos tengan que batirse en duelo con otros varones con la única meta de cubrir a la hembra es lo que menos me interesa, ya que yo las fuerzas sólo las gastaría con ella. Pero bueno, dos penes: fabulosa bondad de la naturaleza por si a alguno de ellos le llegara la disfunción eréctil.
Dicho esto, en vez de tanto tratamiento que se anuncia por todos lados, a base de extraños ungüentos y pastillas de colores que te atraviesan el corazón durante días, a lo mejor la solución para los hombres que no terminan de ganar, púbicamente, la lucha contra la ley de la gravedad según avanza la edad, sería implantarles otro genital, algo así como hacen las mujeres que se sienten hombres con todas las consecuencias.
Si disponemos de dos riñones y un par de pulmones, ¿por qué no poseer dos falos? Donde te cae una venérea el otro anda a la altura de la circunstancias. Y la pareja podría elegir, si los dos estuvieran con la ITV pasada, con cuál se queda para una noche de ensueño. Y ponerles nombres y hacerles regalos.
Quién me iba a decir a mí que en los dragones de Komodo, feos por naturaleza y peligrosos si te dieran un simple mordisco dadas las suculentas infecciones que gastan en sus encías, iba a estar el quid de la cuestión: doble verga y actos sexuales que superan, y con creces, las finales de Roland Garros a cinco sets y similares tie breaks.
Y ellos allí, mis queridos lagartos gigantes, escondidos entre el sudeste asiático y la placa oceánica, ya en el hemisferio sur, convirtiendo el sexo en libro Guinness de los Récords mientras en Occidente nos aliviamos con películas de negros bien dotados, en nuestra eterna decadencia.