No hace al caso recordar las múltiples propuestas de fundamentación de la Etica que conoce la historia. Más bien se trata de enfatizar que la formalización de la Lógica, no sólo ha resuelto para siempre el tema de la existencia de Dios, sino también la debatida cuestión que ahora nos ocupa. (Cfr, “Gödel y la existencia de Dios”, José María Méndez, El Imparcial 15/09/2025).
En efecto, junto al triángulo modal, mencionado en dicho artículo, hemos de colocar el triángulo deóntico, con los tres conceptos OBLIGATORIO-PERMITIDO- PROHIBIDO. Reaparecen las mismas y fundamentales seis igualdades, y con sorprendente paralelismo. La similitud entre ambos triángulos es completa. La única diferencia está en que detrás de los tres conceptos deónticos hay que suponer tácitamente la palabra hacerlo, mientras que detrás de los modi estaba implícito el término existir. Ahora estamos hablando de la conducta humana.
Dos igualdades entre prohibido y permitido con el negador delante 1a) no PERMITIDO = PROHIBIDO ; 2a) no PROHIBIDO = PERMITIDO.
Dos igualdades entre prohibido y obligatorio con el negador detrás 3o) PROHIBIDO no = OBLIGATORIO ; 4a) OBLIGATORIO no = PROHIBIDO.
Dos igualdades entre permitido y obligatorio con el negador delante y detrás 5a) no PERMITIDO no=OBLIGATORIO; 6a) no OBLIGATORIO no = PERMITIDO.
Observamos además que prohibido es un vocablo simple, y no surge el inconveniente gramatical que suponía la palabra compuesta imposible. Más bien se hace patente el rigor lógico que nos obligó a introducir el neologismo nullitas. Con nullitas, la simetría entre ambos triángulos se hace total y perfecta.
En posesión de estos dos triángulos, o más exactamente de las igualdades que entrañan, estamos en condiciones de fundamentar la ética de una vez para siempre. Estamos ante un segundo formidable y definitivo logro de la lógica moderna formalizada por Frege y Peano.
Los valores éticos son obligatorios, perentorios, compulsivos o inexcusables. Su mera omisión es ya violarlos. Se definen como lo que debe ser, sea o no sea. El concepto deóntico OBLIGATORIO coincide con el deber-ser propio de los valores éticos.
La tensión entre deber-ser y ser nace de la existencia del ser humano libre, o sea, capaz de cumplir o violar los valores éticos. Eso da sentido a la presencia del hombre en este mundo. Estamos aquí de paso y a prueba. Los valores éticos que deben ser acabaran siendo como deben ser. Seremos juzgados y daremos cuenta de nuestra vida. Somos libres en sentido positivo, responsables únicos y exclusivos de la bondad o malicia de nuestras acciones. Y además seremos medidos con la misma vara de medir que usemos con los demás. Está en nuestras manos decidir si será rígida o benévola.
Salta a la vista que OBLIGATORIO ocupa el mismo sitio en el triángulo deóntico que NECESARIO en el triángulo modal . Esta patente coincidencia es el fundamento último y definitivo de la ética.
En efecto, el concepto deóntico OBLIGATORIO equivale a deber hacerlo. Valor ético es lo mismo que deber hacerlo en la conducta humana. Y a su vez deber hacerlo es un caso o ejemplo del concepto más general deber-ser. De ahí la definición de valor ético, antes indicada.
Lo esencial ahora es comprobar que, si en el triángulo modal ponemos DEBER-SER en vez de NECESARIO, las seis igualdades siguen siendo verdaderas. El lector puede comprobarlo por sí mismo. Y en consecuencia también cabe poner deber-hacerlo en lugar de NECESARIO.
Saquemos la trascendental consecuencia. El deber-hacerlo de los valores éticos propiamente no existe. Se trata de mucho más que eso: necesariamente existe.
Así pues, el fundamento de la ética es el modus NECESARIO o Dios. Tenían toda la razón los antiguos filósofos griegos, como Sócrates, que veían la conciencia moral como la voz de Dios. Lo es en efecto. También Dostoiewsky dio en el clavo al expresar la misma idea de modo negativo. Si Dios no existe, todo está permitido.
En terminología axiológica actual diremos que en los valores éticos finitos, que intuimos ocasionalmente en la conducta humana, llega hasta nosotros el genuino brillo o fulgor de las mismas perfecciones de la Divinidad, a la que cabe atribuir la denominación de Valor Valorum.
Recordemos de paso el error de Okham. No es la voluntad arbitraria de Dios lo que determina lo que es bueno o malo en la conducta humana. El deber-ser de los valores éticos descansa en la esencia misma de Dios, como ya enseñó Santo Tomás de Aquino. O dicho con las inolvidables palabra de Unamuno: ser bueno es hacerse divino, porque sólo Dios es bueno (“Diario íntimo”, Alianza Ed. 1996, Pag. 93).
Fundamentar la ética en el modus NECESARIO implica a su vez la identidad entre PROHIBIDO y NULLITAS o nada absoluta. Esa fue la profunda intuición de San Agustín, tan difícil de comprender a primera vista, cuando vemos la horrible presencia del mal en nuestro mundo. Pero en último análisis, el mal y la nada han de coincidir.
El conflicto entre el bien y el mal, que distingue a este mundo, es por fuerza una situación provisional. Tiene que acabar, y el único final pensable es el triunfo definitivo y completo del bien sobre el mal. Lo que debe-ser llegará a ser en los bienaventurados del cielo, lo mismo que ahora es una realidad en la Naturaleza. Igualmente, lo que debe-no ser llegará a no ser en los condenados al infierno.
Lo anterior equivale al Juicio Final. En el Juicio de Dios se cumplirá la obvia implicación deber-ser → ser. Es lo que entendemos por cielo. Se hará cierto que ens et bonum convertuntur, como decían los medievales. Y por ende igualmente se cumplirá la implicación deber-no ser → no ser. También será cierto que ens et malum convertuntur. Es lo que entendemos por infierno.
Por supuesto, no entendemos cómo los pecados de los hombres que no han pedido perdón a Dios y no se han beneficiado de la Redención de Cristo en la Cruz serán engullidos en este abismo que hemos denominado nullitas o nada absoluta. Tampoco entendemos cómo el perdón de Dios a los arrepentidos borra de la historia su pasado pecaminoso, y les devuelve la inocencia, como si nunca hubieran hecho lo que hicieron.
En ambos casos no entendemos el cómo. Pero basta saber el qué. Si Dios fue capaz de crear el mundo ex nihilo, hemos de concederle la misma capacidad de reducir lo existente a la nada.
Estamos en este mundo a prueba, como ya se dijo. Dios nos creó libres y por tanto dueños exclusivos de nuestro destino eterno. Esa es la grandeza y la miseria de la libertad humana en sentido positivo.
Terminemos tratando de deslindar la frontera entre Etica y Religión, tal como queda la situación después de la formalización de la Lógica. Estamos ante la clásica distinción entre Razón y Fe. Ahora sabemos de entrada que Dios necesariamente existe. Antes nos esforzábamos trabajosamente por probar de que Dios existe.
El Juicio de Dios, o el triunfo final del bien sobre el mal, pertenece a la axiología. Quizá podría haber dudas antes de poseer el actual cálculo lógico. Pero esas dudas han sido disipadas para siempre. Lo que antes se despachaba como Religión natural ahora puede presentarse como el cuarto estrato de la escala axiológica, lo que en nuestra terminología llamamos valores religiosos.
Así pues, la Fe se limita ahora a admitir que Jesucristo es Dios encarnado en este mundo, y que al morir en la Cruz ofrece a los humanos la oportunidad de liberarse de sus pecados, si piden sinceramente perdón a Dios. No se puede demostrar con la Razón que Jesucristo es Dios. Hay que creerlo por Fe o mediante un acto libre de la voluntad, asistida posiblemente por nobles sentimientos.
En cambio, lo que sí nos dice la Razón es que, si suponemos que verdaderamente Jesucristo abrió la posibilidad de redimir sus pecados a todos y cada uno de los seres humanos que se arrepienten, hemos de admitir también que adquirió el derecho a juzgarlos.
Una última observación. La primera oportunidad que tenemos de ser buenos es usar adecuadamente de nuestra libertad positiva. Pero en la realidad de la condición humana, si no hubiésemos dispuesto de esa segunda oportunidad de ser buenos, que nos ofrece la muerte de Cristo en la Cruz, muy pocos superarían el examen en el Juicio Final. O quizá nadie. Por eso, hay que suponer que la creación del ser humano y la muerte de Cristo en la Cruz debieron ser parte de un mismo designio divino.