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ESCRITO AL RASO

Ecos de color e historia en Toledo: Museo Cromática

David Felipe Arranz
lunes 29 de septiembre de 2025, 19:57h
Actualizado el: 29/09/2025 20:48h

En las entrañas de Toledo, esa ciudad que El Greco pintó como un delirio, se erige un prodigio que desafía el tiempo y las etiquetas: el Museo Cromática. Ni depósito de reliquias de santo, ni templo solemne donde el arte se contempla en silencio reverencial, como en otros mausoleos para el espíritu. Cromática es laberinto vivo, sinuoso recorrido por los pasillos de un monasterio que ha visto pasar a reyes y santos, a moros y cristianos, y que ahora, en su vejez de mil doscientos años, decide revelarse contra el polvo de la historia como himno pintado en sinfonía bebible. En el convento franciscano, fundado sobre los escombros de los palacios árabes de Galiana –aquellos que Galafre erigió en el siglo IX para su hija, la princesa de ojos de almendra–, Santa Beatriz de Silva reposa en eterna quietud y, sin embargo, el aire se oxigena con notas de jazz y acordes flamencos, mientras el pincel de artistas foráneos acaricia las curvas de un violín o las cuerdas de una guitarra.

Entrar en Cromática, gracias a su director y creador Luis García Cid, es descubrir que el saber se sirve en copa. Porque este museo, que abrió sus puertas en 2020 como un guiño irreverente a la pospandemia, no se contenta con mostrar; invita a paladear los cócteles exquisitos de Santy Checa. Setenta y seis instrumentos musicales, rescatados de olvidos y sublimados por manos de pintores de media docena de nacionalidades, se convierten en lienzos andantes, en esculturas que susurran melodías. Un saxofón que evoca los atardeceres de Nueva Orleans, pero teñido con los ocres del Tajo; una marimba que resuena como un eco azteca, salpicada de los azules profundos que Velázquez robó al cielo castellano. Y todo ello, en un espacio que fusiona la escala cromática –esa graduación de colores que los pintores dominan como sacerdotes– con la escala musical, esa arquitectura de sonidos que Bach erigió como catedrales inaudibles. De ahí su nombre, Cromática: un doble sentido que honra tanto al espectro visible como al pentagrama invisible, y que, en su modestia, revela la ambición de unirlo todo en un solo pulso.

Tiene su lógica, porque el tiempo en Toledo no es lineal, sino un río que se bifurca entre el pasado y el vértigo del presente. Este rincón, enclavado en el Monasterio de la Inmaculada Concepción –el convento madre de las Concepcionistas Franciscanas, con sus trescientos conventos esparcidos por el orbe como semillas de un rosario global–, ha sido testigo de epopeyas míticas. Por sus muros desfilaron Abd al-Rahman III, el califa que soñó un paraíso terrenal; Alfonso VI, el que reconquistó con espada y astucia; el mismísimo Cid Campeador, cuya sombra aún galopa en las leyendas; Carlomagno, en sus correrías imaginarias; Fernando III el Santo, con su cruz al frente; Isabel la Católica, madre de imperios; y Alfonso X el Sabio, nacido en sus cercanías para legarnos las Cantigas que aún tañen en las noches de Santiago. San Juan de la Cruz se ocultó aquí de la Inquisición, y Beatriz de Silva, la fundadora de la orden, yace bajo sus losas, como un secreto bien guardado.

Ahora, ese mismo suelo sagrado acoge el rumor de un trombón que un artista polaco ha cubierto de remolinos rojos, o el lamento de un clarinete que un mexicano ha salpicado de verdes tropicales, ajenos al rigor del claustro. Lo que hace de Cromática uno de los museos mejores valorados del ranking mundial –el segundo más original del planeta– es su osadía. No basta con mirar: hay que oír, hay que beber. Todos los días, un músico toma uno de esos instrumentos transfigurados y lo hace cantar para un público que, cóctel en mano –preparado por Santy Checa, alquimista que ha cosechado premios nacionales–, deambula por salas tras degustar ginebras en pociones que evocan el humo de una hoguera mora o el frescor de un jardín renacentista. Y así, entre sorbo y acorde, el visitante no es turista, sino un redescubridor del arte que, en su esencia, es la sinestesia, un cruce de sentidos que los grandes poetas aplaudirían desde sus catafalcos, en estos tiempos de hipoxia cultural. Así, Cromática emerge como un contrapoder sutil, una rebeldía envuelta en terciopelo que seduce y educa invitando a una experiencia en Toledo, ciudad de las tres culturas donde el judío, el cristiano y el musulmán dialogaron antes de que el mundo supiera lo que es diálogo. Dónde sino aquí y de la mano de un romántico loco y soñador como Luis García Cid, capaz de endeudarse la vida por un delirio maravilloso, iba a nacer este puente tendido entre el incienso milenario y el ron añejo, donde el eco de lo eterno se escapa de un violín pintado de rojo pasión o cuyo estuche ha decorado el mismísimo Pablo Picasso. No pasen de largo por la calle del Carmen Bajo, porque Cromática espera con su invitación al “pecado venial” del deleite: entren, beban, escuchen... vivan, en definitiva, en un rincón donde el color se resuelve en nota musical, y esta en color, con el Tajo como testigo.

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