Las vacaciones en el mar de la Flotilla antisemita, que no humanitaria, han concluido. Las embarcaciones han sido interceptadas por la Armada de Israel después de entrar en aguas de exclusión. El Ejército hebreo ha rodeado a los barcos, ha detenido a los activistas y les ha llevado a puerto a la espera de que sean deportados a sus países. Y así ha terminado el espectáculo propagandístico de medio centenar de activistas, como Ada Colau, que se embarcaron hace un mes en Barcelona y que han viajado bajo el sol mediterráneo hasta las costas israelíes con la falsa excusa de ayudar a las víctimas de la guerra de Gaza. Pero se han limitado a agitar banderas palestinas. Ahora se encuentran en puerto a la espera de volver a casa. Se ha confirmado que, además aparecen bien bronceados, descansados y satisfechos de haber salido en la tele. Ada Colau narró el suceso en directo como si se tratara de una valiente reportera. Y así cumplió con su único objetivo: azuzar la propaganda antisemita. Pues las víctimas de la guerra ni se han enterado de su “show”.
Ahora, en cuanto lleguen a España, los viajeros del crucero se desgañitarán contra Israel y su “asesino” Ejército, que, por cierto, no les ha tocado un pelo. Las manifestaciones antisemitas, no obstante, ya se organizan en las grandes ciudades españolas por “la inadmisible actitud” de la Armada hebrea que ha impedido que la Flotilla llegara a puerto. De momento, Yolanda Díaz e Ione Bellarra ya han exigido (es un decir) que los activistas sean liberados, a pesar de que Israel ya ha anunciado su deportación inmediata. Pero la extrema izquierda ha aprovechado el final del crucero de los activistas para volver a agitar la calles con la convocatoria de nuevas protestas propalestinas.
El buque militar español “El Furor”, que zarpó por orden del Gobierno para escoltar a los activistas, se quedó al borde de la zona de exclusión. Y es que su misión era también meramente propagandística. Tanto como las declaraciones de Pedro Sánchez que anunció que “la Flotilla no era una amenaza para Israel”. Y, en efecto, no lo era. Sólo era una patochada más de unos activistas en paro y de un Gobierno a la deriva.