Nuestros días serán infinitos se trata de la primera novela que publicó la escritora inglesa Claire Fuller (Oxfordshire, 1967). Su publicación original se remonta al año 2015, cuando recibió el prestigioso premio Desmond Elliot Prize al mejor debut literario. Este título ahora se recupera con la traducción al español a cargo de Eva Cosculluela, de la mano del sello editorial Impedimenta, que ya cuenta en su catálogo con otros dos títulos de la autora, Tierra inestable (2023) y La memoria de los animales (2024).
La historia nos traslada al verano de 1976. La madre de Peggy Hillcoat es una compositora de renombre que ha marchado de gira al extranjero por un tiempo, así la niña de ocho años vive sus días al lado de su padre, James. Él es un hombre con una obsesión enfermiza por la supervivencia, puesto que cree que el mundo, tal y como lo conocemos, va a cambiar para siempre, y ha llegado al extremo de convertir el sótano de su casa en un refugio nuclear. Una noche como otra cualquiera, James decide secuestrar a su hija y se la lleva a una cabaña, levantada en medio de un vasto bosque.
Aislados del exterior, James convence a su hija de que el mundo entero ha sido destruido. Juntos emprenden una nueva vida al margen de la civilización, mientras aprenden a sobrevivir. Y así se van sucediendo en el calendario largos inviernos y calurosos veranos. Durante años, Peggy continúa viviendo en la cabaña con su padre, sin discutir su realidad. Hasta que, un día, encuentra unas botas. Dicho hallazgo la empujará a una búsqueda que revelará los secretos que se esconden detrás de su encierro y las respuestas tras las acciones de su padre en aquella noche.
En su ópera prima, Fuller estudia y disecciona los mecanismos que tejen la relación entre un padre y su hija. Para ello, se apoya en la primera persona desde el punto de vista de la niña, otorgando una mirada particular sobre los hechos plasmados en la trama y permitiendo al lector ser testigo de la transformación y distorsión de la realidad, que sufre la protagonista desde la más tierna infancia, a partir de las fobias y filias de su progenitor.
El interesante relato de la autora británica es un thriller psicológico que tiñe de suspense una historia dramática de lazos familiares, por lo tanto haciendo el envoltorio todavía más siniestro y complejo, sobre el poder destructivo de la mentira en una estructura familiar y, por extensión, en los cimientos de la vida de un infante. Una fábula perturbadora sobre el amor y sus límites, la fragilidad de la infancia, la obsesión y la opresión que pueden ejercer las personas sobre otras de manera autoritaria, más si cabe todavía en una figura parental, y las cicatrices y los traumas que siguen a una vida marcada por el engaño y la obsesión.
La escritura desde la perspectiva de la primera persona encarnada en la figura de una niña permite establecer un juego narrativo en el que nos debatimos como lectores entre la realidad y la ficción ante los hechos que van sucediendo, pero inclusive aporta convicción y empatía, pues la mirada infantil se asocia con la ingenuidad, la inocencia, la fragilidad de un cuerpo y una mirada, y la bondad.
A través del subtexto, la obra pone de manifiesto un dilema: ¿realmente somos dueños de nuestra propia vida? Todas las decisiones que tomamos, todas las acciones que llevamos a cabo podrían estar condicionadas por fuerzas externas, el entorno que nos rodea, como la misma sociedad en la que vivimos, la cultura que en esta impera que mueve nuestras tradiciones y costumbres... Agentes que pueden incluso llegar a moldear nuestra personalidad sin nosotros saberlo, limitando nuestra supuesta libertad, que, en realidad, puede ser, finalmente, una mera ilusión.