Cuando hablamos del concepto de «nación» sucede lo mismo que ocurre con la diferencia entre «moral» y «ética»: multitud de profesionales y mujeres y hombres doctos confunden su concepto con el de «país». Mientras que el segundo hace referencia a una sociedad estructurada bajo un determinado régimen social y con una cohesión cultural (con cultural incluyo también la religiosa) determinada, la «nación» se define, al menos bajo mi pensamiento filosófico, como aquellas variantes de la visión del mundo que compartimos los seres humanos en torno a una identidad colectiva.
Una «nación» no es la sociedad ni la cultura y religión de un grupo humano. Es la construcción de una identidad de simple identificación colectiva, que emana del instinto tribal que nos alimenta desde el inicio de la existencia de nuestra especie. Es por esa razón que un país y una sociedad pueden ser plurinacionales, pero una sociedad muy férrea a su idea de nación no admite otras miradas colectivas en su enfoque: el totalitarismo, la xenofobia y el radicalismo políticos son una consecuencia habitualmente endémica de las sociedades muy nacionalizadas.
Pero ¿cómo surgió el nacionalismo como movimiento político y social? Para intentar responder a esta pregunta, el reconocido historiador Eric Storm acaba de publicar en castellano el libro Nacionalismo, que tiene como acertado subtítulo Una historia mundial. Este ensayo, editado de la mano de Crítica, reúne en unas setecientas páginas un recorrido profuso, sintético, maravillosamente bien escrito y trazado con genialidad cronológica la serie de acontecimientos históricos que han ido derivando en el estado-nación que define el mundo de nuestros días.
El camino no fue sencillo. Desde los incipientes movimientos en la Edad Media hasta la actual crisis del neoliberalismo, el nacionalismo se ha ido perfilando como quizá la única bandera que es capaz de enarbolar el ser humano en conjunto. Las ideas colaborativas suelen invocar, en la mente de la mayoría, alguna satisfacción egoísta. León Tolstói advirtió, para mi juicio, equivocadamente bajo una perspectiva objetiva, pero acertada para los próximos siglos respecto de cuando pronunció la frase en El reino de Dios está en vosotros, que «la idea de humanidad es demasiado elevada para ser concebida por el ser humano».
Puede que sea por esa convergencia que Nacionalismos es un ensayo que analiza con brillantez cómo las posibilidades de un mundo unido u organizado de manera diferente a como lo está en nuestros días se han ido diluyendo una vez tras otras por el sumidero de las oportunidades perdidas. Por ejemplo, con la caída del imperio español, que tenía un afán globalizante y universalista que no existió en los posteriores imperios coloniales extranjeros; en el desmantelamiento de los imperios otomano y austrohúngaro, que quebraron el sueño de unidad supranacional en una sola nación. Hablaría del imperio chino, pero China, a su manera, sigue manteniendo su tradición y su cohesión bajo una apariencia diferente.
No siempre el nacionalismo ha sido razón de disgustos. Por ejemplo, fue un elemento clave en la descolonización de África y Asia, así como en la reconstitución de India y de la Europa de después de la Segunda Guerra Mundial.
El ensayo de Storm es sagaz también en otro aspecto: analiza, pero no sobrecarga de datos al lector; es agudo en la intuición del historiador y posee una frescura expositiva que permite que este libro se mantenga en un sólido equilibrio entre el ensayo académico y el narrativo sin perder un ápice de rigor. En cada capítulo puede percibirse el inmenso trabajo de documentación y reflexión que el autor ha invertido en la confección de esta obra.
O más bien sucede al revés: la obra es el fruto del deseo de investigación, en este caso, del nacionalismo y su historia. Por este motivo, la editorial Crítica ha vuelto a acertar al publicar un ensayo verdaderamente bueno, genuinamente necesario en su lectura. Amantes del género: este libro es una joya. Deben leerlo.