Astillas es un libro que se inscribe completamente en la actual corriente de la autoficción. Su autora nos situará de forma muy clara: «En plena vorágine de los primeros meses de vida de mi hija, estaba a punto de publicar un nuevo libro. Terminó saliendo cuando la niña tenía tres meses. Yo solía describirlo como un libro sobre el alcoholismo, aunque a decir verdad era sobre el único tema del que siempre he escrito: el gran vacío interior del ser humano, ese espacio que había intentado llenar con alcohol, sexo, amor, rehabilitación y ahora, quizá, con la maternidad».
Antes de este Astillas: Una historia de amor diferente le conozco cuatro obras: una muy lejana primera novela: El armario de la ginebra (2010) que yo he podido leer como El clóset de la ginebra (usos del castellano de América) y tres libros de no ficción, presentados como ensayos… que efectivamente tratan todos de la adicción de una u otra manera. Primero es El anzuelo del diablo: Sobre la empatía y el dolor de los otros (Anagrama, 2015), claramente ensayos con un aliciente literario y mucha bibliografia.
Tras ese, La huella de los días: la adicción y sus repercusiones (Anagrama, 2020) es resultado de su tesis doctoral en Literatura Comparada, y desde luego es muestra, como Gritar, arder, sofocar las llamas: ensayos sobre la verdad y el dolor (Anagrama, 2024) del género narrativo en que Leslie Jamison es experta. Es profesora de No Ficción en la Universidad de Columbia y esa escritura es la que viene desarrollando. Esta es su cuarta publicación en Anagrama, aunque sea la primera de las suyas que se ubica en la colección Panorama de narrativas.
Su obra oscila en el encaje sutil entre géneros con ese mucho de confesión en que todavía se distingue a la legua el desbordamiento de realismo personal en que la literatura norteamericana se ha desplegado hace mucho. Tardó en saltar a este lado del Atlántico, pero, por suerte, es una tendencia que ya estamos leyendo en escritores más cercanos, porque ese regurgitar literario viene ofreciendo maravillas, aunque reconozco que en la vertiente americana ese discurso descarnado me supera un poco.
El «gran vacío interior del ser humano», como tema, en este caso a partir de la maternidad, y el divorcio, y las relaciones todas, y la experiencia previa (ya sea anorexia como alcoholismo) se retratan desde luego en esta obra con mucha carnalidad.
Es interesante, desde luego, y fluye con mucha verbosidad, pero no esperemos sorpresas. Si comienza con «mi hija y yo llegamos al piso realquilado…», en esa parte inicial titulada “Leche”, tras pasar por dos divertidos –es un decir, por lo cruentos– apartados titulados “Humo” y “Fiebre”, concluirá en esa disección del avanzar por la vida con hija, con una mención al roce de la cicatriz de su cesárea: «Ese umbral entre el mundo que existía antes que ella y el mundo que ella había creado». Para concluir, ya de verdad: «Mi hija no volvería a estar dentro de mí. La cicatriz no se iría a ninguna parte. La luz del sol tampoco se iría a ninguna parte, hasta que lo hiciera. Y entonces tendríamos la noche».
Vaya, un pedazo de vida, el de la autora y su hija. Dar la vida a un ser, y con ello reconocer la recibida de su madre, y todo un tránsito hacia la muerte. En lo que es una crónica de la época y sus relaciones entre humanos, verdaderamente antropológica, eso que se cuenta poco y que para hacer historia cuesta tanto encontrar, que no solo muestra cómo ser madre; también cómo serlo divorciada y en tiempos del covid.