A Woody Allen (Nueva York, 1935) quizá se podría aplicar la sentencia “nadie es profeta en su tierra”. Aunque en su larga trayectoria cinematográfica no dejó de ser reconocido en su país, también fue visto con ciertos recelos. Así, se le ha reverenciado como un genio, pero no en Estados Unidos sino en Europa. Su cine, tildado a veces de “intelectual”, si bien conlleva una mirada irónica y paródica de la figura de los “intelectuales”, empezando, claro, por él mismo, no acababa de encajar en el mecanismo de los grandes estudios de Hollywood.
Y, rizando el rizo, la cancelación, esa espada de Damocles que se emplea a su gusto por lo políticamente correcto y lo woke, cayó sobre el cineasta neoyorquino. En bandeja se sirvieron las acusaciones de abusos sexuales a una menor, lanzadas en los años noventa del pasado siglo por Mia Farrow, su pareja en ese momento. Farrow le culpó de haber abusado de su hija adoptiva de siete años, Dylan. El encarnizado ataque de Mia Farrow se produjo poco después de que se enterase de que Allen, en la cincuentena, mantenía una relación sentimental con otra de sus hijas adoptadas, Soon-Yi Previn, entonces de 21.
Como era imprescindible se abrieron investigaciones, pero llegaron a la conclusión de que no había pruebas suficientes e inequívocas para presentar cargos, por lo que Allen no fue imputado ni condenado. Esto no hizo que Mia Farrow siguiera en su empeño. A este asunto, dedica un gran espacio Allen en su autobiografía, A propósito de nada, se defiende con ahínco de las acusaciones de quien fuera su pareja y actriz fetiche -junto a Diane Keaton, que acaba de fallecer-, y arremete contra ella fieramente, si bien sin cuestionar su calidad como actriz.
Woody Allen y Soon-Yi Previn se casaron en 1997, adoptaron dos hijas y su unión, sin que le haya afectado la gran diferencia de edad, se mantiene hasta hoy viento en popa. Precisamente a su mujer, “a mi maravillosa esposa”, le dedica ¿Qué pasa con Baum?, obra con la que debuta en la novela. A punto de cumplir noventa años, y con más de cincuenta películas en su haber, posee un mundo propio, una cosmovisión muy personal, que ha volcado en todo su esplendor en su novela. En la portada, un dibujo que reproduce el célebre cuadro El grito, de Edvard Munch y en el trasfondo Nueva York, su amada ciudad que ha convertido en icónica, y en donde se entremezclan, en continua ebullición, aspectos opuestos.
Su protagonista, Asher Baum, confiesa que cuando se mira al espejo ve el cuadro del pintor noruego, símbolo de la ansiedad y la angustia existencial. La padece Baum, cuyas cuitas y aventuras nos va contando en una charla consigo mismo, en la que se alterna la primera persona con la tercera persona: “Ya no estaba seguro de nada, salvo de que únicamente podía hablar consigo mismo y a veces ni él se entendía”. Baum es un escritor judío cincuentón, hipocondriaco y neurótico, que piensa, y sufre, que sus novelas no se valoran como merecen. Lo contrario de lo que sucede con la primera novela de su hijastro, Thane, un bestseller, que no solo ha atraído a un sinfín de lectores, sino que también ha logrado el beneplácito de los críticos, de quienes no tiene buena opinión: “Sabes perfectamente que la mayor parte de los críticos son escritores frustrados. Tienen celos o quieren destacar. Es la única disciplina artística en la que los críticos emplean el mismo medio para criticar que para crear. Piénsalo”.
Baum sospecha que su actual mujer, Connie -tuvo otras dos más-, le engaña, incluso cree que se ha acostado con su hermano, al que le hace una propuesta entre lo delirante y el humor negro: desenterrar a su padre porque no se cumplió su voluntad de ser inhumado con un mandil masónico. Y sobre él pesa una acusación de acoso por parte de una periodista japonesa. Connie la arrastra a vivir en el campo, cuando él es un irredento urbanita, que añora los cines, las librerías… Aspira a ser Kafka y Dostoyevski, y afirma: “Tengo muy mala opinión del ser humano, y mi prueba son los seis millones de muertos”.
En ¿Qué pasa con Baum?, de prosa eficaz, disfrutamos de una suerte de compendio del universo Allen. Es como uno de sus filmes donde el vacío, la ansiedad, la angustia se visten de ironía y humor.