Ser fiel, como ser vacunado y comer mediterráneo, se ha convertido en una manera de ser. Da igual si en realidad tienes trece amantes, vas de putas y pagas por masturbarte en línea. La cuestión, como comer sano o dejarse inyectar supuestos beneficios para tu salud, es pasar por el aro de lo general, siendo todos juntos, unidos, el todos a una de Fuenteovejuna. Y al que se salga del tiesto, reprobación. Aunque en realidad Tinder mantenga en su seno a un 89% de casados, algunos desde la semana pasada.
En mi caso, un hombre soltero y casi sin más compromiso que con el psiquiatra al que nunca pido cita, la fidelidad me viene de lejos; de esa que no sale en los diccionarios enciclopédicos y de la que ni siquiera se informa en los descansillos de la escaleras. Tampoco, a decir verdad, es incentivada en los colegios.
Porque mi fidelidad tiene que ver, ineludiblemente, con desayunar el mismo pollo de Hainan en el mismo restaurante del barrio chino de Kuala Lumpur cada mañana, cuando el almuerzo y la cena, algunas en plenas madrugadas, me los meto entre pecho y espalda en un restaurante cantonés que, para más inri, expende cerveza nipona, en concreto la Sapporo. Y sus empleados absortos: es él; el mismo. El que repite y repite.
Jamás he sido más feliz que repitiendo todo aquello que me sacia. Cuando escucho una canción que me llena es muy posible que la misma sea mi himno diario treinta veces, y al menos media docena de las mismas de forma seguida. Quiero volverlo a recalcar: lo que me gusta lo busco, y lo que busco es porque lo necesito.
Mientras mis camareros del restaurante de las mejores verduras chinas y la cerveza nipona me miraban agradecidos, asumí que la felicidad también tiene que ver con la mayor de las dificultades: poseer un pubis poco correoso, e incluso muy flácido, además de un cerebro muy apto que te permita seleccionar, como el que decide si saltar o no por un precipicio, si aquella opción sexual o no, cuando la que tienes en casa sería, en realidad, cavar tu propia tumba por puro aburrimiento.
Porque para ser fiel existe un arco evidente: la edad, los años juntos, y la capacidad que atesores para controlar tus instintos más básicos.
Una vez un amigo me comentó que había dejado de esnifar. Yo le contesté que esas cosas no se dicen salvo que te ofrezcan una raya a las cuatro de la mañana y la rechaces. Pues lo mismo con el sexo ajeno: no valen palabras a las once de la mañana sino opciones catorce horas más tarde en la discoteca que ustedes elijan tras una noche impecable de descorches y miraditas.