Entre las piezas que presentan al poeta granadino como personaje, esta que ahora nos llega, firmada, dirigida e interpretada por Jesús Torres, ocupará un lugar señero. Explora con acierto su vivencia y transformación interior en su decisivo viaje a la Gran Manzana.
Director de escena: Jesús Torres
Intérpretes: Jesús Torres
Lugar de representación: Teatro Fernán Gómez (Madrid). Gira por España
Llega a nuestros escenarios una de las piezas dramáticas que de forma más decidida se ha propuesto explorar la vivencia interior de Federico García Lorca y su trayectoria íntima por descubrirse y construirse a sí mismo. La figura de García Lorca se está configurando como una gran fuente de inspiración, cada día más amplia y profunda para abundantísimas representaciones escénicas. En parte, estas se han sustentado en personajes de sus tragedias, como fue Pepe el Romano, de Ernesto Caballero, sacando a la luz el oculto personaje de La casa de Bernarda Alba, o bien Poncia, de Luis Luque, sobre la célebre criada de esta misma obra. Definitivamente, Bernarda Alba ha prohijado el mayor número de títulos, por lo general centrados de manera un tanto obsesiva en la hija menor de Bernarda, Adela, como entre otras: Adela, de Rosel Murillo, Adela, niña mía, de Pedro Entrena o el monólogo Adela, el inevitable final de la hija de Bernarda Alba, de Fulgencio M. Lax.
A veces no son los personajes lorquianos, sino algunas de sus amistades inseparables quienes ostentan el protagonismo teatral, como sucede con el compañero íntimo y albacea del genial poeta granadino, Rafael Rodríguez Rapún, en la vibrante e inolvidable La piedra oscura, de Alberto Conejero, o algún muy cercano familiar, como su madre, en Lorca, Vicenta, de Itziar Pascual, Yolanda Pallín y Jesús Laiz.
En cualquier caso, el infame y abyecto homicidio del creador de Bodas de sangre, ha hecho que él mismo sea también el personaje central de apasionados dramas. En ciertas ocasiones, instrumentalizando su efigie a favor de posiciones sectarias y partidistas, donde la grosera apropiación de su existencia, tan inmensa y universal, se lleva a cabo con la mezquina intención de hacer política sectaria y jugar con su cadáver y arrojarlo -en macabro malabarismo- contra los que no comulgan con sus fanatismos. Pero también, por fortuna, el personaje teatral de Lorca, sin eludir su desenlace trágico, se le ofrece al público como un motivo de disfrute, de conocimiento, de emoción y reflexión, tal como sucede en Sueño Lorca, el sueño de las manzanas, de María Caudevilla, en Había mil Federicos, de Miguel Poveda, o bien, en Lorca, el teatro bajo la arena, de Laura Paredes. Entre todas ellas, ocupará sin duda un lugar señero la recién estrenada Poeta (perdido) en Nueva York, escrita, dirigida e interpretada por un excelso Jesús Torres.
Aquí no estamos ante ninguna usurpación fanática, sino todo lo contrario, en una inmersión en el universo de carne y hueso del colosal poeta y fabuloso dramaturgo andaluz, a sabiendas de que más allá del nombre célebre había un ser humano laberíntico, que se desconocía a sí mismo y cuya fama no le servía para amortiguar su miedo, su sufrimiento interior, su desconcierto ni la angustia que procuraba disimular tras su palpitante vida social. Jesús Torres se aplica, así, a desentrañar el lacerado y enigmático corazón lorquiano, tan celosamente encubierto para los demás. Para sumergirse en esa gran incógnita, Torres ha elegido el periodo más difícil -y más fecundo- en la biografía del autor de Romancero gitano: su viaje a Estados Unidos en 1929.
La elección no puede ser más oportuna, pues en ese año, en tierras norteamericanas, García Lorca experimenta toda una odisea tanto creativa como biográfica. El salto a la poesía experimental y el primer brote de sus “comedias imposibles”, procede de esa vivencia. Pero también en ese lapso de tiempo, Federico vive sus horas más bajas y convulsas, la búsqueda más desesperada de sí mismo, su mayor abatimiento pese a su creciente celebridad, sus mayores discordancias y debates secretos, así como sus máximos autodescubrimientos, reconciliaciones consigo mismo, y, por tanto, su más rápida transformación vital. Cuestiones clave que se propone desentrañar Poeta (perdido) en Nueva York.
Para llevarlo a cabo, Jesús Torres ha dividido la acción en tres secciones. La primera se centra en la decisión lorquiana de viajar a la Gran Manzana. Con acertado criterio dramático, el autor ha sintetizado este episodio preliminar, reduciéndolo a un rápido y conciso intercambio epistolar de Lorca con sus padres, autoafirmándose en su carácter, frente a las reticencias y presiones familiares.
La economía de la acción escénica recomienda este ejercicio de síntesis, pero la memoria de los espectadores amantes de García Lorca recordará que la determinación de realizar ese viaje trascendental posee un trasfondo mucho más complejo. Pocos años antes Federico García Lorca se había enamorado con locura del agraciado escultor Emilio Aladrén, formando con él una apasionada pareja. Pero el bello artista -bisexual- le fue abiertamente infiel. Justo en 1929, Aladrén se casó con Eleanor Doven, causando un profundo despecho y postración en Federico, cuyo desaliento fue de inmediato percibido por todo su entorno, incluyendo a su círculo familiar. Es su propio padre quien detecta la peligrosa melancolía y hondo abatimiento de su hijo, y aun desconociendo sus verdaderos motivos, será él quien mueva los hilos para apartarlo de Madrid, en España, de sus oscuros males en una larga travesía que lo aleje y salve de su postración sentimental. El periplo fue por ello mucho más dilatado y ameno que el visto en esta pieza teatral. Incluyó un primer tramo con meta en el cosmopolita París, un segundo trayecto para disfrutar de Londres y dirigirse después a Southampton y embarcarse junto al político socialista Fernando de los Ríos hacia la gran metrópoli norteamericana.
Todo este peregrinaje de huida, olvido y rehabilitación queda fuera de escena porque Jesús Torres antepone, con destreza teatral, la formidable colisión de Lorca con Nueva York. El epistolario del poeta con sus familiares y amigos continuó de forma copiosa y fluida, pero aquí el dramaturgo ha querido imprimir un giro a su obra y ha preferido construir la acción escénica a partir de los propios geniales poemas compuestos por Lorca durante su estancia estadounidense, con el ambicioso propósito de no relatar tanto su estancia física como más bien mostrar la sacudida interior, el seísmo emocional e ideológico que agita para siempre la vida de García Lorca.
Decisión muy arriesgada, por diversos motivos. La lírica surrealista lorquiana estaba muy lejos del lenguaje conciso del drama. Por otro lado, el vocabulario vanguardista -tan deslumbrante- creado por Federico en sus poemas podría resultar críptico, casi arcano, para el espectador que no lo haya estudiado. Y es justo aquí, en el punto más peligroso para la intelección de la pieza, donde su autor, Jesús Torres, alcanza su máxima pericia y sagacidad creativa. Este es su mayor e indiscutible logro. Sin distorsionar ninguno de los versos lorquianos, consigue que la acción y el conflicto vivido sobre las tablas, los haga comprensibles y traslúcidos para hacer patente y poner en claro la transfiguración vivida por el Federico histórico. Desde el enigma que es para sí mismo su propia homosexualidad, incriminada por una moral colectiva vana, presuntuosa, intolerante y carcomida, hasta el miedo de conocerse y aceptarse, la tentación de capitular y autodestruirse, desembocando en la victoria de reconocerse, triunfar sobre sí mismo con un definitivo sí a la auténtica vida. 
Esta soberbia operación de entretejer cada poema con la biografía emocional lorquiana merecería un estudio pormenorizado. Aquí nos resulta imposible hacerlo, pero basten algunos pequeños ejemplos para percibir el gran acierto creativo llevado a cabo por Jesús Torres. La sucesión de peripecias ilustra y aclara el sentido del texto poético, que no es recitado, sino vivido por el protagonista. Federico se suma así a una gran fiesta neoyorquina, con música y bailes ultramodernos, cuya fantástica diversión se interrumpe cuando una bella muchacha le besa, invitándole así a proseguir con una mayor intimidad sexual. Pero este suceso con la atractiva rubia norteamericana no solo genera en él rechazo, sino también una profunda descarga de ansiedad, desconcierto y pánico. Todo ello se desencadena a partir de ese enorme conflicto entre lo que todos presuponen que va a ocurrir y su íntima repulsa a lo que se espera de él.
Todos -y quizás él mismo- dan por hecho que la joven rubia está predispuesta a una aventura sexual. Y es el propio Federico el que se asombra y se sobrecoge al sentir repugnancia ante esa posibilidad. El episodio que pone fin a la diversión constata cómo en su fuero interno se rebela a ser un galán y repudia el deseo femenino. Porque Federico no quiere ser el cortejador de señoritas ni tener con ellas ningún contacto erótico. Todos ven en él al seductor femenino, pero él desea otra cosa. Poco después, lo expresa en un poema de Poeta en Nueva York titulado “Muerte”, y escuchamos de su boca el texto: ¡Qué esfuerzo! /¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro! /¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina! /¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja! /
¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo! […].
Es decir, qué sacrificio mortal por liberarse de la identidad asignada para transformarse en otra cosa íntimamente anhelada. ¿En qué quiere transfigurarse Federico? Lo expone al final de este poema: “Y yo, por los aleros, / ¡qué serafín de llamas busco y soy!”. Él no busca doncellas, por atractivas que sean. Él persigue otra cosa: “un serafín en llamas”. Es más: él también se propone ser otra cosa de lo que ven en él los otros, también ser “un serafín en llamas”. Esta exploración la hace por los “aleros”, es decir, por un lugar peligroso y oscuro expuesto a un accidente mortal. El visceral rechazo a lo heterosexual y la arriesgada metamorfosis hacia una identidad homosexual, están claramente reflejados en el episodio con la atractiva muchacha y el texto de “Muerte”. La muerte mencionada esconde muchos significados. Uno de ellos, el de la muerte en vida de quien no logra -o no se atreve- a ser quien es, y prosigue en una existencia difunta representando ser quien no es.
El tránsito para liberarse de una falsa personalidad y alcanzar la verdadera está amenazado por continuas desgracias. Oímos los versos del poema “1910” -año en el que García Lorca llegó a la adolescencia- con esta terrible sentencia: “No preguntadme nada. He visto que las cosas / cuando buscan su curso encuentran su vacío”. 
El protagonista de Poeta (perdido) en Nueva York no hace este desconcertante descubrimiento solo en sí mismo. En la observación de la vida colectiva, detecta una furiosa alegría que, en principio, le fascina, pero que muy pronto le horrorizará. En la pieza teatral de Jesús Torres, el lado festivo que caracteriza a Federico hace que este se divierta en las salas de fiestas, los clubes nocturnos, y, sobre todo, en el inmenso parque de atracciones para las multitudes neoyorquinas situado en Coney Island, en el extremo sur del distrito de Brooklyn. Pero pronto dentro de ese inmenso festejo, el protagonista del drama descubre que se trata de una diversión más bien mecánica y una alegría química. Las personas, convertidas en turba manipulable, dejan de ser ellas mismas: intoxicadas por productos que le son ajenos, se ven despersonalizadas en la aglomeración, deshumanizadas y despojadas de su identidad por sustancias tan artificiales como ponzoñosas.
Al individuo mudado en masa solo le queda vomitar la ingesta dañina, tal como lo expresa a través de poderosas imágenes del poema “Paisaje de la multitud que vomita (Anochecer de Coney Island)”: donde sobresale el símbolo de las arcadas de esa “mujer gorda” (hinchada de detritus), que le persigue como en una pesadilla: “La mujer gorda dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma / y levantaba las furias de los banquetes de los últimos siglos”. Es el veneno de lo falso que produce el gran vómito colectivo. El esparcimiento tóxico origina esterilidad: “Llegaban los rumores de la selva del vómito / con las mujeres vacías, con niños de cera caliente”. Hembras estériles (vacías) -prefiguración, quizá de su futura Yerma-, con niños quiméricos que no son de carne viva, sino de materia inerte y moldeable como la “cera”.
La ansiedad de Federico comprende que el despojo de su identidad no es un caso individual o aislado, sino un inmenso mal que gangrena a la población. La metrópoli mecanizada sufre igual que él la imposición de una existencia falsa, que convierte su comportamiento -el suyo y el global- en existencias baldías abocadas a una esterilidad que le asquea y le horroriza.
Para transmitir este drama tan íntimo como colectivo, Jesús Torres, que lleva a cabo el difícil malabarismo de hacer de director de escena de sí mismo, concentra su actuación en una pequeña plataforma giratoria sobre la que ha situado un arco metálico relleno de bandas de tela blanca refulgente. El giro del arco ayuda a marcar las transiciones de los distintos episodios que jalonan la aventura neoyorquina de García Lorca, que experimentará, al fin, una transfiguración sorprendente.
Pero el mismo arco metálico con telas luminosas no deja de evocar significativos símbolos. En parte, el semicírculo metálico nos sugiere el arco circense por donde se hace saltar a las fieras salvajes. No está fuera de lugar. No es raro encontrar en las imágenes de su lírica o de sus dibujos extrañas bestias que le asaltan cruelmente. Con frecuencia, la crítica ha identificado estas poderosas alimañas con apetitos sentimentales y sexuales percibidos como brutales. Ian Gibson lo resume así: “¿No podría ser que las bestias tuviesen que ver con el pecado, y más concretamente, con obsesivos deseos homosexuales sentidos como vergonzosas, culpables, punibles, deseos inconfesables contra los cuales el poeta lucha en vano?”.
La acción de la obra, en este breve pero sustancial espacio escénico, opera como un titánico esfuerzo por domeñar a leones y tigres. Es decir, apropiarse de esos peligrosos frenesís, o al menos superar el sentimiento de culpa que le hacen avergonzarse de sí mismo y le llevan a experimentar cierta ansia perversa de autocastigo. Que el arco evoque, asimismo, la Luna, no deja de ser coherente, ya que el astro nocturno simboliza siempre en Lorca la penitencia sobrenatural y también la muerte. El actor que encarna al poeta atraviesa una y otra vez ese arco circense lunar, donde se materializa la mortificación inexorable del poeta y su riesgo de morir por vivir una existencia tan inauténtica como estéril, o por auto sacrificarse, o por ser hostigado hasta la muerte por la mano de otros.
La única vía para escapar a esta inmolación no es otra que cambiar, transformarse, vivir una mutación que le permita aceptarse creativamente a sí mismo. No escasean experiencias, ya investigadas por los biógrafos de Lorca, en esta dirección. El actor, dramaturgo y director de escena Jesús Torres, impulsor de El Aedo Teatro, hace un esfuerzo de concisión sintetizándolas en sola una. Aprovecha la relación histórica de Federico García con la novelista afrodescendiente Nella Larsen, quien le enseña Harlem, las reuniones con bailes africanos en su propia casa o las visitas a cabarés negros. La obra concentra aquí el encuentro con una homosexualidad libre y sin complejos de culpa. También emplea el poema “Fábula y rueda de los tres amigos”, para idear una compleja relación homoerótica con Lorenzo que no dejará de sorprender por sus vicisitudes al público.
En buena medida, la transformación de Federico ha sido muy graduada por Jesús Torres. En una interpretación torrencial, llena de giros y pasiones, ofrece una memorable síntesis plástica de la metamorfosis vivida por García Lorca en Nueva York. Desde su habla andaluza inicial a sus asombros, sus terrores, su sentido del humor y sus desafíos que culminan cuando, atravesando por enésima vez el arco lunar, pasa de ser un joven universitario a convertirse en una chica con un largo vestido de fiesta cantando una anglosajona canción de amor. Momento de enorme brillantez. Pero el autor quiere condensar aún más este tránsito gradual. Y lo hace trocando el arco de la obra en un simbólico puente hacia Harlem, que encarna lo sometido, lo natural, la herencia selvática y el amor homosexual realmente sentido. El creador de “Oda a Walt Whitman” o “El rey de Harlem” debe atesorar el valor para atravesar ese puente. Y debe hacerlo con el peligro de un ejercicio gimnástico circense. Sin redes. El miedo y el riesgo se adueñan de la escena. La transformación íntima está en juego.
A través de estos sucesos, a mitad de camino entre el testimonio biográfico y el simbolismo, los poemas de Poeta en Nueva York adquieren otra dimensión, ya muy lejos de la simple lectura y aún más de la declamación. Jesús Torres jamás los recita. Muy al contrario, los pone al servicio de exteriorizar la vivencia emocional del personaje que explora y su aventura interna. Una gran ocasión para revivir y comprender con enorme plasticidad la deslumbrante vivencia de Federico García Lorca en Nueva York. El Lorca que vuelve, en efecto, es otro muy distinto, artística y humanamente, al Lorca que se fue.