Quizás el lector recuerde la alocución que Pete Hegseth, actual secretario del Departamento de Guerra (ex Departamento de Defensa) de EE. UU., dirigió hace algunas semanas a una inusualmente selecta cumbre de altos mandos militares estadounidenses. En ella, el señor Hegseth defendió la reintroducción de un estándar masculino en la selección de las tropas, contra lo que venía a ser (cómo no) una plaga woke, ¡ay!, también entre sus filas. Uno de sus blancos fueron los militares obesos: “Es completamente inaceptable”, decía, “ver generales y almirantes gordos en los pasillos del Pentágono”.
En un mundo donde las guerras difícilmente se dirimen en combates cuerpo a cuerpo, cuesta ver la relevancia de ceñirse a un ideal físico concreto. Si no se termina de entender, el señor Hegseth nos echa una mano: “Es una mala imagen. Es malo. Y no es lo que somos”. ¿Para qué argumentar más? Es malo, no es lo que somos. ¿Somos quiénes? ¿Los militares? ¿Los norteamericanos? ¿Los hombres blancos de mediana edad? Sea cual sea la extensión de la categoría en cuestión, excluye a los gordos, que eso quede claro.
Esta historia no es, en verdad, nada excepcional, pero saca a la superficie un mensaje de odio que las personas gordas (ya ni digamos las mujeres gordas) deben soportar prácticamente a diario. Es solo una pincelada de lo que hace de Manual para romper un cuerpo, de Lara Gil, una obra absolutamente necesaria en el contexto social actual.
Lara Gil es antropóloga (por la Universidad Autónoma de Madrid) y ha volcado sus esfuerzos, desde hace ya unos cuantos años, en el activismo contra la gordofobia. Este libro constituye una contundente y remecedora puerta de entrada hacia las batallas de un colectivo que, bajo el amparo de la institucionalidad médica y científica, solemos concebir, en el mejor de los casos, como el desgraciado sujeto de una epidemia de salud pública.
Manual para romper un cuerpo se basa en el testimonio personal de la autora, quien, a los diecinueve años, y tras sufrir todo el arsenal de acoso que la sociedad puede desplegar hacia la autoestima de una adolescente con sobrepeso, se sometió “voluntariamente” a una cirugía bariátrica. Si el lector no está familiarizado con el término bariátrico, descuide. El diccionario académico podrá informarle de que se relaciona con la bariatría, que a su vez es la rama de la medicina dedicada a la obesidad.
De modo que una cirugía bariátrica es ‒una vez despejada la bruma técnica del palabro‒ una operación para personas obesas. Personas que necesitan, claro, la intervención correctora de la medicina. La tesis central de este libro es, sin embargo, que “(…) si el mundo no está preparado para que vivan en él las personas gordas, tenemos que cambiar el mundo, no a las personas. Tenemos que acabar con la gordofobia, no con las personas gordas”.
Como se nos relata con todo detalle en el libro, una cirugía bariátrica (o bypass gástrico) consiste en el cercenamiento de una parte del estómago, de modo que este alcance el tamaño de una nuez y pueda procesar menos comida. Con ello, procesará también menos nutrientes, lo que acarrea una vida entera de complicaciones médicas, que van desde la caída del cabello hasta el debilitamiento de los dientes y los huesos. Pero ¿qué es una vida de pésima salud en comparación con el enorme beneficio de ser “uno de los nuestros”, la gente de verdad, la gente sana, la gente delgada?
Para Lara Gil, no se trata ni de una operación ni de una cirugía, sino de una “mutilación” (a la que se someten en España, según nos cuenta, más de 5.000 personas año a año). Una forma de violencia consentida que toleramos porque corrige los cuerpos no normativos en la dirección que estimamos correcta (en contraste, por ejemplo, con el rechazo que despierta quien modifica su cuerpo para cambiar de sexo).
Al margen de los problemas efectivamente achacables al sobrepeso (que la autora no desmiente, pero consigue matizar bastante), la principal fuente de desdicha de una persona gorda es, con diferencia, el desprecio acusatorio de una sociedad que, con la excusa condescendiente de la “preocupación”, no deja de recordarle que algo ha hecho terriblemente mal, algo que la acerca al descontrol animal (la cerda, la vaca, la ballena) y la aleja de la cultura: “Las personas que triunfan, las que lo hacen bien, las que tienen derechos son la cultura, y las gordas, las negras, las locas, las bolleras, las trans, las discas somos naturaleza”.
Como se desprende de la cita anterior, creo que las reflexiones de Lara Gil pueden encontrar ecos más allá del problema específico de la gordofobia. Esta no deja de ser la expresión de un esquema opresivo más amplio, en el que quienes ostentan una posición de privilegio (delgados, ricos, blancos) consiguen persuadir al que está en desventaja de que es el primer responsable de sus circunstancias y de que merece, en suma, su pobreza, su exclusión, su fracaso.
Justamente por ello, según la autora, deberíamos sospechar de la obsesión contemporánea por el “autocuidado” (el celo excesivo en lo que comemos, las horas que dedicamos al ejercicio, la higiene del sueño y el descanso): “Las revoluciones con las que soñábamos”, dice, “eran colectivas y pretendían cambiar las estructuras sociales de la desigualdad. Las revoluciones actuales son individuales y tienen que ver con el cambio de modo de vida y la toma de decisiones”.
A mi juicio, Manual para romper un cuerpo consigue dar un primer paso en la restitución de esos vínculos colectivos, rompiendo el espejismo del esfuerzo personal como único sostén de una eventual emancipación. Para eso, lo primero es romper el silencio. Muchos de quienes libran sus batallas personales en el prudente ámbito de la intimidad podrán sentirse identificados con lo siguiente: “Durante mucho tiempo creí que el silencio me protegía, cuando en realidad me estaba atrapando”.