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Análisis

Un año de Cristina Fernández: entre luces y sombras

jueves 11 de diciembre de 2008, 00:35h
El mandato de Cristina Fernández generaba grandes expectativas: la actual presidenta llegaba a la Casa Rosada con un gran respaldo popular (más del 45% de votos) y con más del doble del apoyo que su predecesor, su marido Néstor Kirchner. Sin embargo, su trayectoria política fue diametralmente opuesta a la de su esposo: mientras Kirchner, a lo largo de su mandato, consiguió acumular poder y reforzar su liderazgo, la imagen de Cristina ha ido empeorando y las derrotas políticas han perjudicado su posición y su capacidad de gobernar.

Sus primeros pasos han sido inciertos y la decisiones políticas que marcaron este primer año de gestión han sido controvertidas, generando polémicas y malestar generalizado. La decisión de subir las retenciones a las exportaciones agrícolas degeneró en una pugna con las organizaciones patronales que duró casi tres meses. Consecuencia de eso, fue el desplomarse del índice de popularidad de la presidenta que pasó del 60% inicial a poco más del 20%. Sin embargo, no fueron las únicas consecuencias negativas para su gobierno: la pelea con las organizaciones agrarias han abierto una fractura dentro del kirchnerismo, evidenciando diferencias y un latente malestar. Además de la opinión pública, los agricultores pudieron contar con el apoyo de parte del ejecutivo, mientras diputados, senadores y gobernadores peronistas mostraron públicamente su apoyo a los campesinos. El proyecto gubernamental de subir las retenciones fracasó, provocando la primera derrota del kirchnerismo en cuatro años. La capitulación fue provocada por el decisivo voto en contra del vicepresidente Julio César Cobos, que se perfila en un posible líder de la oposición. La presidenta consideró su voto en contra del pasado 17 de julio como una traición y no desmintió que consideraba a Julio Cesar Cobos como un Bruto en el sentido histórico-romano del término.



La situación se ha complicado con el llegar de la crisis económica a Buenos Aires: mientras Kirchner dejó el país con un crecimiento alrededor del 8%, su esposa está asistiendo a una ralentización del crecimiento a niveles del 1,5% para 2009. El pago de la deuda al Club de París y el inicio de un plan para reabrir el canje de deuda con acreedores privados (pendientes desde 2005) representa un intento para recuperar la iniciativa política perdida. Pero los planes gubernamentales para impulsar la reactivación económica nacional tardan a manifestar sus resultados.

Paralelamente, Cristina Fernández se ha embarcado en una política de nacionalización y expropiación de dudosa utilidad: la decisión de expropiar Aerolíneas Argentinas al grupo español Marsans disminuirá probablemente la confianza de los inversores extranjeros en el mercado argentino. Sin la seguridad jurídica es difícil que las empresas extranjeras decidan invertir en el país. Por otra parte, la última medida de nacionalizar los fondos privados de pensión ha abierto una nueva fractura dentro de la sociedad civil argentina.

En tema de política exterior, de momento, Cristina no ha logrado reactivar la política exterior de su país. Al contrario su decisiones políticas han alimentado viejas fricciones o creadas nuevas: las nacionalizaciones han enfriado las relaciones con países como la España de Zapatero, el escando de los maletines sobre el financiamiento de su campaña con dineros dudoso agrió las relaciones con los Estados Unidos, mientras las diferencias con Brasil parecen haber provocado nuevas tensiones.

Luces y sombras
Resulta difícil realizar un balance de estos primeros doce meses de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner: su mandato ha generado más expectación que resultados. La legitimidad de su gobierno no está en juego, ni su estabilidad: sin embargo, la sociedad civil argentina y los analistas políticos locales se muestran insatisfechos con su gobierno, percepción que va aumentando proporcionalmente con el declive económico.

Cristina asumió la presidencia en un clima de expectativas muy favorables, con una alta tasa de aprobación y muchas esperanzas de cambio: al cumplir un año, las decisiones de su gobierno han generado incertidumbre y perplejidad, y su estrategia de modificar incesantemente las reglas del juego le está perjudicando más que beneficiando. Tras un pasado caracterizado por graves errores económicos y fracasos políticos, el mandato de su predecesor representaba una oportunidad de cambio para el país. Se le interpretaba como el inicio de una nueva etapa para Argentina. La gente voto masivamente a Cristina ya que esperaba representase una “versión mejorada” del proyecto, una variante menos conflictiva y más propensa al dialogo. Argentina vivió su elección con la expectativa que la nueva mandataria revitalizaría el proyecto de su esposo, favoreciendo el cambio anhelado por la entera sociedad civil. De momento no ha sido así, su gobierno “luce sin futuro” y el electorado se muestra desencantado con su gestión política; al igual de lo que está pasando a su esposo dentro de su partido, su fuerza política resulta debilitada y su promesas han perdido parte de su credibilidad. La ilusión sobre un futuro próspero por Argentina se está acabando y el optimismo está dejando paso al realismo: bajos salarios, pérdidas de empleo, nivel de delincuencia en crecimiento, inflación en continuo aumento.

Su posesión se ha visto afectada por un manejo político discutible, un estilo de gobierno semi-dictatorial en algunas medidas adoptadas, los enfrentamientos dentro de la sociedad argentina y algunos escándalos de corrupción que minan la credibilidad del actual gobierno. La capacidad de gestión de la presidenta está bajo lupa: Cristina ha sido incapaz de cumplir sus promesas electorales y, según varios analistas locales, tampoco ha actuado el cambio de estilo que la sociedad se esperaba, abandonando el estilo autoritario y soberbio que caracterizó la gestión de Néstor Kirchner.

Propio el papel desarrollado por su esposo genera muchas perplejidades: Kirchner prometió pasar a un segundo plano, pero en estos 365 días de gestión de su esposa, esta condición aún no se ha concretado. Además de representar el principal sostén de su mujer, el ex presidente representa la “eminencia gris” del actual gabinete, influenciando las decisiones presidenciales y alimentando una pesante duda: ¿quién manda realmente en Argentina? No cabe duda que su presencia socave la legitimidad y el prestigio del actual presidente y le quita credibilidad.

Futuro
Para su segundo año de gobierno, son muchos los retos que esperan a Cristina Fernández: desde el punto de vista económico, la presidenta deberá impulsar la economía nacional y, sobre todo, el sector industrial, generar nuevos empleos, recuperar la solvencia y la confianza de los créditos internacionales. En campo político, deberá mostrar un actitud más propensa al dialogo y a discutir con la oposición y los varios agentes sociales las medidas que el país necesita. Finalmente en política exterior, Argentina deberá apostar por una mayor integración de América Latina e intentar mejorar sus relaciones con el Brasil de Lula.

Argentina debe recuperar el papel protagonista que le corresponde y enfrentarse de forma coherente y decidida a los desafíos que le esperan, abandonando el círculo vicioso de los últimos años de una economía basada en el clientelismo y en medidas estatales de dudosa utilidad. La idea malsana de expropiar o nacionalizar deben dejar el paso a una política económica efectiva, fortaleciendo las instituciones que certifiquen la seguridad jurídica y que garanticen el funcionamiento del mercado: en caso contrario, las inversiones extranjeras en lugar de sentirse atraídas se verán expulsadas y Argentina malgastará su oportunidad.

Finalmente, el gobierno debe adoptar medidas que se ocupen de solucionar problemas como la desigualdad, la pobreza, el déficit público y la inflación. En su segundo año, Cristina deberá buscar la manera de “reconstruir” el Estado argentino: un proyecto de Estado que, como tal, debe pactarse con las oposiciones y los agentes sociales. La presidenta no puede cometer el error de pasar por alto las enseñazas de las crisis vividas en este primer año. Por eso, Cristina Fernández debe replantear políticamente su gestión y garantizar mayor gobernabilidad en el país, antes de que sea demasiado tarde. Para ella y para la Argentina.