En estos días se cumplen 69 años de la Revolución Húngara. En aquellos días de octubre de 1956 los húngaros se echaron a la calle para acabar con el dominio soviético que el Partido de los Trabajadores Húngaros (llamado MDP por las siglas de Magyar Dolgozók Pártja) imponía sobre el pueblo. Desde 1945, la Unión Soviética venía sometiendo a Hungría a un régimen que, bajo la apariencia de«liberación», era en realidad una verdadera ocupación encubierta. Algunas de las políticas económicas dictadas desde Moscú eran casi coloniales. Por ejemplo, se aplicó una economía planificada al estilo soviético: nacionalización de industrias, colectivización forzosa del campo, supresión de la propiedad privada y control total del comercio exterior. Los comunistas trataron de convertir un país eminentemente agrícola en un territorio de industrias pesadas necesarias para el bloque comunista. Desde la fundación de la República Popular de Hungría (1949) se obligó a Hungría a integrarse en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON), dirigido por la URSS. La economía húngara se subordinó a los intereses del bloque soviético. Toda decisión relevante en política exterior, política interior o economía -por poner tres ejemplos- debía ser aprobada por Moscú. Se empleó el sistema educativo para imponer la ideología marxista-leninista. Se instauró la censura. El Estado fue asfixiando a la Iglesia católica. El cardenal Mindszenty (1892-1975), arzobispo de Esztergom y primado de Hungría, sufrió la detención y tortura previas a un juicio farsa en que lo condenaron a reclusión. El culto a la personalidad de Stalin y del líder comunista húngaro Mátyás Rákosi (1892-1971) se hicieron omnipresentes. La policía política (la temible AVH, siglas de Államvédelmi Hatóság o Autoridad de Protección del Estado) extendió a Hungría los métodos soviéticos empleados por el NKVD y la KGB: el espionaje, las delaciones, las torturas, los encarcelamientos, los campos de trabajo y los juicios farsa.
Contra todo eso se alzaron los húngaros hace 69 años. Todo Occidente y el resto del mundo contempló la gesta de aquel pueblo que, durante doce días, plantó cara al ejército más poderoso de Europa y lo puso en fuga. Las calles de Budapest, hoy llenas de turistas, se convirtieron en un campo de batalla en el que adolescentes -como los«muchachos de Pest»- incendiaban carros de combate codo a codo con universitarios, trabajadores y oficinistas. Salvo el gobierno español -que ofreció ayuda militar- los gobiernos occidentales se cruzaron de brazos ante aquella lucha. A los húngaros los dejaron solos.
El 4 de noviembre de aquel año la URSS invadió Hungría para restablecer un gobierno prosoviético y sofocar aquella revolución patriótica. Hacia las 8:00 de aquel día, Radio Budapest retransmitió un último mensaje pidiendo auxilio. Según el BBC Monitoring Service, las últimas palabras sonaron a las 8:07 y las pronunció el escritor Gyula Háy (1900-1975):«¡Ayuden a Hungría! ¡Ayuda!».
Hungría pidió ayuda y Europa, en general, guardó silencio. Esto debería recordarse más a menudo.
Aquel año, ante los ojos del mundo, los húngaros dieron una lección de dignidad y nobleza en defensa de la patria y de la libertad. Estos días de octubre y noviembre siguen siendo una página luminosa de la historia universal. Como recordaba Mária Schmidt, la gran historiadora húngara,cuando los húngaros libran luchas armadas son, en primer lugar, «luchas de liberación por la independencia nacional». En 1956, recordaba, los húngaros se alzaron contra la ocupación soviética, el acantonamiento del Ejército Rojo, el dominio extranjero y la humillación de la dignidad nacional.
Viktor Orbán recordaba el pasado 23 de octubre aquella lucha en su discurso oficial con motivo del aniversario de la Revolución:«Hace sesenta y nueve años, el pueblo húngaro se encontró en peligro mortal. Se enfrentó a una opresión sin precedentes. Habíamos soportado y sobrevivido a muchos golpes, decenas de miles de nosotros habíamos sido encadenados, regiones enteras del país habían sido devastadas, nos habían obligado a escondernos en zonas intransitables e inhabitables [...] . Pero lo que ocurrió entonces no tenía precedentes. Nos habían arrebatado la mayor parte de nuestro país y lo que quedaba sufría bajo la ocupación extranjera. Esa potencia extranjera quería apoderarse de nuestras almas, destruir nuestra conciencia nacional, mentir sobre nuestro pasado e imponernos sus ideales distorsionados. Por eso tuvimos que tomar las armas. Por eso tuvimos que rebelarnos. Y por eso debemos rebelarnos una y otra vez cuando los extranjeros quieren obligarnos a vivir de una manera que les complace».
He aquí una lección para todos los pueblos de Europa en este momento. El desapego -cuando no la franca oposición- que existe hoy hacia la Unión Europea viene, precisamente, porque se está tratando de imponer sobre los pueblos europeos políticas y medidas que rechazan y que los condenan a la pobreza y la fractura social. La decisión y el valor de aquellos húngaros que lucharon por la patria y la libertad en 1956 siguen siendo un modelo y una inspiración para nuestro tiempo.
Hoy esta columna les rinde homenaje.