www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Un poema de Georg Trakl

domingo 26 de octubre de 2025, 19:00h

‘Sobre el estanque blanco/ han pasado los pájaros salvajes./ Al anochecer sopla de nuestras estrellas un viento helado./ Sobre nuestras tumbas/ se inclina la frente rota de la noche./ Bajo los robles nos mecemos en una barca de plata./ Resuenan siempre los blancos muros de la ciudad./ Bajo bóvedas de espinas/ oh hermano mío subimos, minuteros ciegos, hacia la media noche’.

El poema se titula Ocaso (Quinta versión) y lo dedica al escritor Karl Borromaeus Heinrich, como puede leerse en la página que lo recoge, dentro de su libro Sebastián en sueños.

No es fácil encontrar parecidos entre las imágenes del poema de Trakl y las que uno puede husmear mirando por la ventana. Husmeando, en cambio, en una red social, dando con un intercambio de mensajes entre dos usuarios, acudí a la defensa que hacía uno de ellos de Madrid como ciudad arbolada, frente a su contrincante verbal que intentaba desmentir y disuadirlo de tan marciana opinión. Salvando las comparaciones con otras ciudades o las zonas a las que el alucinado usuario se pudiera referir, que tampoco usaba como argumentos ni ejemplos, no hace falta ser un lince para no creerse la frase que no dejó de repetir, la de ‘que siempre se encontraba con edificios tapados por los árboles, allá donde mirase’. Uno, claro está, ha de mirar al cielo porque es donde se va la vista inevitablemente ante semejante exageración. Ya nos gustaría a muchos que se recuperase la densidad arbórea de décadas pasadas. No hace falta convertir las ciudades en selvas negras, aunque nada mal les vendría, todo sea dicho, pero para esos deleites ya se tiene el campo, actualmente casi igual de maltratado, con excepciones, que los sitios urbanos.

Saliendo del dime y direte que tuvo picados a esos dos perfiles, uno desearía que sus palabras fueran demostrables, que allí donde se dirigiese el dedo para señalar se levantara una fila de verdores que aquietaran y nos condujesen a ese estado impertinente para con el realismo, ese que nos aguza de manera relampagueante con cada giro lastimero de las hojas o que suena más amenazador cuando el viento se levanta. Inclinarnos sobre sus frentes rotas, pero son las nuestras las que lo hacen al marcarse las arrugas del asombro al que cuesta horrores buscar las palabras adecuadas para igualar la sensación tan común y a la vez fuera de sí, siempre y cuando uno sea tendente al carácter reservado de estas cosas que muchos dan por sentado y por minucias, que maliciosamente calificarían de tonterías, pero son delicadas y rondan en corros enmudecidos, por lo que hay que permanecer atento.

Resuenan y suben hacia la media noche, la que ocultan y ya anuncian entre sus ramas, ahora más desnudas por el otoño que las disemina. A uno no le importa adorar esas escenas fervientemente. Lo que dejan es una dureza peculiar, después una veracidad que parte el corazón en su sitio, limpiamente.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
0 comentarios