A la maestra Lupita Romero y a cuántos se nos adelantaron.
Apreciados lectores en ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico, en esta esperada cita semanal aludo a que llega inexorable la solemnidad de Todos los Santos y más, de los Fieles Difuntos, remarcándolas el calendario y presente de forma indisoluble en el santoral mexicano y con ello, arriba una festividad colorida y cargada de un profundo simbolismo, de exaltado sentimiento identitario y de luenga tradición. La muerte es el pretexto, el móvil y la esperanza de la vida eterna como refilón. La muerte como experiencia de vida. La Muerte, así, escrita en mayúscula, como el cese de la existencia terrena y su resignificación postrimera.
No se llega a estas fechas, 1 y 2 de noviembre, sin antes entregarse muchas personas a celebrar el Halloween en plan de retozo y de divertimiento, porque supone disfrazarse y pedir dulces, esparcirse jugándole al susto sin consecuencias y obtenidas aquellas golosinas las más de las veces, gracias a la generosidad de quienes se involucran siendo gustosamente cómplices.
Luego entonces, pasada la renombrada noche del 31 de octubre, caen esas jornadas del 1 y 2 de noviembre aludidas sin detenerme en su expresión más conocida: coloridos y solemnísimos altares, pan de muerto, calaveritas y la omnipresente Catrina, que se ha convertido en una suerte de icono que, a veces, se queda en vestimenta y maquillaje, pero acaso perdiendo algo de su origen y representación genuina. Me refiero más a ese traspaso, a ese final de la vida que supone ser, pese a que la fe trace senderos y apacigüe conciencias, recordándonos un misterio tanto en el final de la vida, como a lo que siga después. No faltan animadas representaciones del suceso, viveza de tonalidades, la creencia de que nuestros seres queridos retornarán a los altares a disfrutar de aquello que los componen y todo ello es parte consustancial de la tradición mexicana. Y en la intimidad, no olvide rezar una oración por aquellos. Si esta usted en Madrid acérquese a la Casa de México en España (c/Alberto Aguilera 20) y disfrute de su oferta atinente permitiéndole conocer un poco más de cuanto le narro.
Ahora se ha montado un espectacular tinglado con alusivas flores de cempasúchil en el Zócalo de la Ciudad de México, con sus referencias a los 700 años de la fundación mexica de esta urbe. En el Paseo de la Reforma hay un vistoso espectáculo luminoso que nos recuerda cada noche y mucho a la vivida manera de conmemorar a la Huesuda en la tradición mexicana, la que se nutre de los afiches de José Guadalupe Posada y hasta del colorido desplegado en Coco. Todo suma, todo aporta. El mensaje sigue siendo el mismo: reflexionémosla. Más que reírnos de la Parca o burlarnos de ella, como sostienen algunos despistados.
Acaso, existen dos clases de decesos. Aquellos que nos da tiempo de gestionar en nuestra mente, de asumir, retardar o atestiguar y los otros, los más duros, quizá, lo intempestivos, los inesperados, esos que, sí, sabemos que todos vamos para allá, pero no creímos que se produjeran ni mucho menos tan rápido, tan inesperadamente, tan de golpe y así, azorados, apesadumbrados, asombrados, nos dejan dislocados. Esos que no nos dieron tiempo a expresar un adiós o, sencillamente, a cerrar un ciclo con temple y gallardía, si cabe.
Los griegos representaron el instante fatal en Átropos, la Moira que, fatídica, cortaba el hilo de la vida. La inflexible que ejecutaba lo que su hermana Láquesos había determinado: su duración. Suponemos que el Destino, el dios más temido y hasta por Zeus, ya había prescrito. Como sea, su ejecución sigue tan vigente como que existimos y perecemos, finitos como lo somos. La eternidad compensa, pero en la fe. Y nuestra persistencia en trascender de alguna manera.
El recién premiado con el Princesa de Asturias de la concordia, el Museo Nacional de Antropología de México, inscribe sobre el dintel de una de sus memorables salas, estas palabras que recupera del libro sagrado de los mayas, el Chilam Balam: “toda luna, todo año,//todo día, todo viento,// camina y pasa también.// También toda sangre llega al lugar de su quietud”. Sabias palabras que describen con puntualidad de órdago el transitar por este mundo. También se recoge unos versos de los Cantos de Huejotzingo: “¿Solo así he de irme?//¿Cómo las flores que perecieron?//¿Nada quedará de mi nombre?//¡Al menos flores, al menos cantos!
Y es que resulta que la vida nos cuestiona, a final de cuentas. ¿Qué es la muerte y qué representa y qué a ella? Respuestas, hay varias, pruebas, las más de dudosas. A mí se asaltan las dudas, no lo negaré. Llevo 20 años debatiéndome si preferiría la incineración. Bueno, ¿y si luego allá me pidieran el empaque? ¿qué cuentas daré si lo cremasen? Y así, por mencionar un ejemplo.
Hoy estamos y mañana, quién sabe. He sabido de morir personas jóvenes y a gente mayor, incluso en mi presencia y es cierto que la muerte es una lección de vida y que se parece tanto al nacimiento por la muy sencilla razón de que ni en el nacimiento de alguien ni en su muerte, intervenimos. Dios, pongamos, marca el camino y en ambos procesos, verdaderos trances, somos simples espectadores a final de cuentas. El instante no depende de nosotros. En ninguno de los casos y eso acerca ambos momentos, los equipara, los mimetiza y sobrepone. Los extremos se juntan, preconizaron los clásicos. ¡Cuánta razón tenían!
Así que estas jornadas del día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos son siempre una preciosa oportunidad de recordarnos la imperiosa e ineludible necesidad de aprovechar la vida, de no perderla en nimiedades, de aquilatarla, de no invertirla en inicuos caminos y puertas falsas desaprovechándola, conscientes de que nunca es del todo llevadera ni traza caminos ciertos. Es una aventura, las más de las veces y reclama reciedumbre y voluntad, ambas tampoco sencillas de preservar.
Al final, algo propala esta tradición mexicana de hacer pintoresca a la muerte, de adornarla, de enaltecerla, pero en la esperanza de ser puente a la otra vida, y que se condensa en una frase puntual que invito a reflexionar: “La verdadera muerte es el olvido”. Va a ser la mar de cierta. ¿Usted ya ha reflexionado sobre el particular?