Queridos lectores, permítanme que les hable hoy de esa fecha que, en el calendario católico, se disfraza de luto pero termina siendo una fiesta pagana con velas y flores de plástico. El 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, no el de Todos los Santos, que es el 1 y está reservado a los que ya tienen halo y nicho VIP en el cielo. No: este es para los demás, los de a pie, los que se fueron sin hacer ruido y ahora vuelven, o eso creemos, a recordarnos que la vida es un préstamo con muchos intereses.
En España lo celebramos con esa mezcla de resignación ibérica y cachondeo macabro que nos caracteriza. Mientras en México se desata el jolgorio con calaveras de azúcar y tequila, aquí nos conformamos con un ramo de crisantemos mustios y una misa donde el cura tose más que predica. Pero bajo la capa de solemnidad late el mismo pulso ancestral. Los celtas ya lo sabían con su Samhain; los romanos, con sus Lemuralia. Nosotros, herederos de ambas tradiciones, hemos convertido el cementerio en un parque temático de la nostalgia.
Recuerdo la primera vez que pisé el camposanto de mi Valladolid natal, un cercado inmenso y castellano donde los nichos parecen bloques de pisos para difuntos. Era un 2 de noviembre ventoso, de esos que le meten a uno el frío en los huesos y le sacan los recuerdos a fuerza de tiritona. Mi abuela, que en paz descanse –nunca mejor dicho–, y mis padres me llevaban de la mano y me mostraban las lápidas o la lápida, donde yacía el abuelo, fallecido de un infarto de manera prematura. Historias que no caben en una esquela pero que explican mejor la vida que cualquier biografía oficial.
Porque eso es el Día de los Difuntos: un ajuste de cuentas con el pasado. No rezamos por ellos, rezamos por nosotros. Por el miedo a ser olvidados. Por la culpa de no haber visitado más. Por esa foto descolorida que guardamos en la cartera y que un día, inevitablemente, será la nuestra la que alguien mire con ojos vidriosos. En Hispanoamérica lo entienden mejor. Allí los muertos no se van del todo; se quedan a la mesa, piden su taco y su cerveza. Aquí los despachamos con un “que en paz descanse” y un cirio que se apaga antes de llegar al nicho. Pero fíjense: los cementerios españoles están llenos de flores frescas el 2 de noviembre y desiertos el resto del año. Es como si los difuntos tuvieran un solo día de visita guiada y luego volvieran a su silencio de mármol. La Iglesia emplazó esta fiesta justo después de Todos los Santos para recordarnos la jerarquía celestial. Primero los santos, luego todos los demás… Pero los fieles difuntos no se quejan. Ellos ya han pagado su billete de ida y saben que la eternidad es un trayecto largo donde no caben las reclamaciones.
Y, sin embargo, qué cosa más humana esto de hablarles a los muertos. Les contamos nuestras penas, les pedimos consejo, les prometemos visitas que nunca cumpliremos. “El año que viene vengo más, te lo juro”. Mentira piadosa que se repite generación tras generación. Porque al final, el Día de los Fieles Difuntos no es para ellos. Es para nosotros, los vivos, que necesitamos creer que hay alguien al otro lado escuchando nuestros problemas. Así que mañana, cuando vean a la vecina cargada de flores o al señor del bastón que se para frente a una lápida y se queda mudo media hora, sepan que están haciendo lo mismo que hacían los antiguos: mantener vivo el hilo que nos une a los que se fueron. Porque mientras alguien recuerde nuestro nombre, uno no está del todo muerto. Y si un día nadie lleva crisantemos a nuestra tumba, siempre quedará el viento, que sopla igual para santos y pecadores. Que descansen en paz… o no.