Javier Barraca no es un escritor ajeno a estas páginas periodísticas, que ha frecuentado, aunque más bien ha escrito pensamiento y opinión. En este caso, ha cogido la pluma para escribir una pequeña pieza literaria que por su originalidad merece la pena comentar. Su intencionada brevedad, en tiempos de prisas y urgencias, no obsta para poder calar en profundidad temáticas y escogidas formas.
El autor se siente apremiado por una marcada vocación, que se superpone a la de pensador y ensayista y, aunque plasmadas ambas a través de la palabra escrita, parece que triunfa la expresión estética y letraherida. Dotes no le faltan y tampoco sensibilidad y buen gusto. Se nota que le agrada crear y contar, lo que ejecuta con pluma ágil, verbo fácil y lenguaje plástico y bello en esta pequeña obrita de la editorial “Y”.
No obstante, en esta ocasión, el escritor experimenta y ensaya como buscando el camino de la forma justa para lo que quiere narrar. Encuentra la llave en el diálogo íntimo con un Tú, con el que va dialogando y al que le va exponiendo ese mosaico de teselas que es esta pieza. Lo componen vivencias, personajes, situaciones, conversaciones, y en esa trama surgen temas graves: el suicidio, la soledad, la ancianidad, la libertad, el mal.
Se nota de trasfondo la forma mentis filosófica de nuestro autor -que enuncia tales asuntos para a continuación hacer alguna muy breve apostilla-. No los aborda, tan solo los esboza, pero forman el armazón de las historias, encuentros y diálogos. Surgen como por casualidad pero en el fondo late el corazón pensante de Javier Barraca y cuestiones que se ve a las que ha dado muchas vueltas.
Por otra parte, se notan las costuras literarias lo que no es un demérito (porque las pone sobre la mesa) pues no oculta las cartas de la baraja sino que las muestra a las claras. Introduce personajes para a partir de ellos contarnos su trama personal a través de sus peripecias. Acude a escenas cotidianas para reflexionar sobre la vida misma: amistad, preocupaciones domésticas, aspiraciones profesionales, etc. Y sobre todo el diálogo de fondo que mantiene como hilo conductor.
Hay géneros literarios, como el epistolar, en el que la narración se sostiene en el intercambio (real o ficticio si solo incluye las cartas de un corresponsal) de dos vidas contadas. También hay narradores omniscientes y anónimos que sobrevuelan constantemente en el relato. Pero en este caso, y he ahí la original novedad, el interlocutor del diálogo que sostiene el mosaico con sus teselas es un Tú, con mayúsculas, al que se lo confía no sólo la intimidad, sino con el que se conversa como con un amigo.
La diferencia estriba en que este diálogo es desigual pues aún en plano de tú a Tú en la forma comunicativa, existe una diferencia: dirigirse al Otro desde el respeto, la insalvable falta de semejanza -en grandeza y dignidad- y la infinita distancia de la criatura con su Creador. La grandeza de esta obrita reside, a mi juicio, en desvelar la belleza y delicadeza de un diálogo íntimo de un hombre con su Hacedor: con todo lo que ello significa.
No es la primera vez que se escribe literatura así. Baste dirigir la mirada a Las Confesiones de San Agustín o más actualmente al Hermano Rafael Arnaiz o Etty Hillesum. Pero sabe a nuevo en una época en la que se ha llegado a decir ya nadie escribe de Dios. Síntoma claro de una ruptura nihilista en la que, de ser así, una gran parte de la gran literatura occidental no tendría cabida. De modo que gratifica y es de aplaudir que nuestro autor se atreva a recuperar a tan gran personaje literario y a conversar, en la intimidad, con tanto encanto con él.