En las universidades renacentistas, junto a los estudiantes valientes, los amigos de armas, los enamorados, los poetas y los muy polidos y aseados, no faltaron pícaros, graciosos, decidores, hábiles en juegos de cartas, pendencieros, capigorristas, manteístas, pupilos, prebendados, porcionistas, camaristas y gentes de parecida calaña, según lo describieron El Buscón de Quevedo o el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán: “¡oh, dulce vida la de los estudiantes!, ¡aquel hacer de obispillos, aquel dar trato a los novatos, meterlos en rueda, darles garrote a las arcas, sacarles la patente o no dejarles libro seguro ni manteo sobre los hombros!, ¡aquel sobornar votos, aquel solicitarlos y adquirirlos, el empeñar de prendas, la espada debajo de la cama!”. Por lo que parece, allí estaban todos los zarandeados, incluidos los que “para ningún género de letras tenían ingenio ni habilidad”. Menuda casa de la Troya.
Por si tales picardías fueran pocas, y en lo tocante a las exigencias del estudio, para la colación de grado no faltaron algunas universidades silvestres donde, llevando el alumnado los cursos aprobados, es decir, la asistencia y matrícula, y los puntos como bodoques en turquesa, decían unánimes y conformes: accipiamuspecuniam, et mittamusasinum in patriamsuam, recibamos su dinero, y enviemos al asno a su patria.
Pero a estas fruslerías y trapacerías han seguido luego las artes venatorias de caza mayor en los días de hogaño: los doctorados y masters (también muchosmiércoles y viernes) comprados, los títulos falsos, los currículos fusilados, las cátedras vendidas, los katedráticos okupas baratos, los profesores procesados y el descrédito del ta barato dame dos, en definitiva, la inanidad absoluta de las universidades arruinadas en su capacidad de servicio a la ciencia y a la sociedad, todo eso forma parte de nuestros paisajes.
Si aquello era ya bastante malo de suyo, lo peor fue que a la Universidad le faltó el contacto con el pueblo, la percepción de las necesidades reales, de las necesidades que el correr de la historia va levantando, en lugar de lo cual se contentó a sí misma, y en su propio emperifollamiento se fueron ahogando sus anhelos mayoressegún correspondía al espíritu de casta. Y, finalmente, llegó el vicio más pernicioso tanto en individuos como en instituciones: el no vivir para la colectividad, sino el vivir de ella en cuanto se podía.
Sin la menor envoltura satírica podríamos decir también hoy algo parecido respecto de muchas universidades, y cada vez en mayor número. Pese al atrezzo y la misma propaganda, los mismos zoquetes se matriculan con un cinco pelao se menea el tinglao, la exigencia mínima de nota para el acceso, la abundancia de drogatas y porreros (las Facultades con olor a fábricas de azufre) formando el club de los selectos, echadores de cartas que se reúnen en los rincones más herrumbrosos de las Facultades, jóvenes y jóvenas cortados por un uniforme negro cucaracha, casi en calzoncillos astrosos, todos y todas muy radikales, permanentes confutadores y litigantes, sin el menor rigor profesional, sin conocimiento de idiomas, haciendo del desconocimiento su forma de conocimiento, de todo lo cual resulta que el ochenta por ciento de los tales está en paro, y los que han tenido mejor suerte curran en gasolineras, o transportando paquetes en bicicletas de El Glovo.
Sea como fuere, lo tenemos bien merecido, y cualquier subsidio social que se conceda a esos heautontimorúmenos es un irrisorio placebo para templar gaitas. Y, mientras tanto, al chupito de la mamandurria, vengan becas y títulos, y mueran los expurgatorios. ¿Qué esto es demasiado exagerar? Bueno, pues será demasiado exagerar, a estas alturasprefiero estar gordo antes que discutir. Tengamos, pues, la fiesta en paz, y vítores a los caudillos. Hagan paso, aplausos, moqueta roja, ministros y ministrasincreíbles luciendo numeritos de pasarela y lentejuelas, y dale que te pego. Por supuesto, nemine discrepante, sin nadie que lo discuta.
Los buenistas que me hablan de honrosas excepciones en este panorama llevan razón, porque evidentemente las hay, y al menos yo conozco y agradezco algunas de ellas. Sin embargo, para el fomento de las ciencias están hoy los nuevos “ministerios de igualdad” (¿de qué igualdad?), los “observatorios de género” (¿es el género humano al que se refieren?) y otras instituciones consentidoras.
Sólo los papases y las mamases de infantes amochiladosy amolados desde su más tierna infancia necesitan que las escuelas se encuentren abiertas las veinticuatro horas, no precisamentepor el mucho amor al saber, sino para que entretengan a sus hijos mientras ellos trabajan. Por este motivo, el Ministerio de Educación necesita alimentar a toda prisa sus calderas con la madera de Groucho Marx (marx o menox) a fin de que las universidades continúen fabricando títulos de baja categoría en servilletas de hule expedidos en plena decadencia epistemológica,y homologados por la santa madre Europa para de este modo reactivar la mamandurria burocrática. Y colorín que le den.
Desgraciadamente (¿o no?), lo mejor que puede pasarle al país es que no haya ningún real Ministerio de Educación, ¿para qué, si ya tenemos la Universidad de El Corte Inglés y el Corte Fiel a pleno rendimiento, con clases presenciales e informatizadas y personalizadas?Al Ministerio de Educación, que en mi opinión ha pasado a ser una sección de la Sociedad protectora de animales, no vayas a exigirle calidades, ya tienen catedráticos por escalafón y aguante cular sin oposiciones, examinadores no examinados y toda esa parafernalia, así que volvamos a lo de siempre: “digo, y aún para las otras ciencias, que había de haber orden de examinadores de los ingenios; que algunos van a estudiar, que no nacieron más para letras que los bueyes para volar. Y el que no seabueno para estudiar, que se vuelva a la tierra a arar, o a otro oficio en pro de la república”. Bien dicho: esta generación sobradamente preparada (¿preparada para qué?) merecería tras un serio examen de ingenios la calificación de suspenso global y cósmico, y luego enviarlos con pico y pala a hacer zanjas hasta Vladivostok. Como rehabilitación no sería nada malala redención complementaria por el arado.
Minusvalorado, vilipendiado y despreciado en semejante contexto el poder del docente, no faltan ciertos progenitores que -a modo deauténticos energúmenos-corren gorrazos, hacen escrache y hasta arrean alguna que otra tundaa los profesores menores reclamandopara sí un estatus no sólo de especialistas en tal o en cual sector docente, sino una jurisdicciónsuperior a la de los maestros de sus hijos, como si fueran expertos refinados de los cuerpos docentes. Semejantes energúmenosson muchos de los padres protectores, los conscriptos que funcionan ex catedra con todo lo que ha venido tolerando el Imperio y laureando con puñetas, altavoz y alfombra. Como Alifanfarón de la Trapobana, supoder va siempre envuelto en una densa nube de polvo.En este espíritu tardomoderno, más de uno verá con buenos ojos aquella afirmación de Lessing escribiendo a su madre un poco molesto en 1749: “comprendí que los libros harían de mí un sujeto culto, pero jamás un hombre”. Discrepo, y prefiero a Saint-Exupéry en suPilote de guerre: “si yo quiero salvar a un tipo de ser humano debo salvar también los principios que le fundan”.
Cuando Kruschev pronunció su famosa denuncia de la era estalinista, uno de los presentes en el Comité Central dijo; ‘¿dónde estabas tú, camarada Kruschev, cuando fueron asesinadas todas esas personas inocentes?’. Kruschev se detuvo, miró en tomo por toda la sala y dijo: ‘agradecería que quien lo ha dicho se ponga en pie’. La tensión se podía mascar en la sala, pero nadie se levantó. Entonces dijo Krutschev: ‘muy bien, ya tienes la respuesta, seas quien seas. Yo me encontraba exactamente en el mismo lugar en que tú estás ahora’. Aunque lo dijera aquel feo camarada, yo me apunto ese pedo.