Lisa See es una escritora norteamericana de origen chino nacida en París que tras la publicación de varias novelas y algunos ensayos consiguió el éxito en 2005 con El abanico de seda (originalmente Snow Flower and the Secret Fan). Desde la primera en que narró la vida de su bisabuelo, patriarca del barrio chino de Los Ángeles, ha escrito siempre sobre la cultura china con un toque didáctico de quien sabe que escribe para lectores “occidentales” y que debe hacer comprender ese mundo.
Deliciosa y desde luego muy ilustrativa de su cultura me ha parecido El abanico de seda, pero también puedo entender la interpretación que hizo aquí un año atrás José Pazó Espinosa de El círculo de mujeres de la doctora Tan, una novela que sin embargo es posterior a la que hoy comentamos, aunque La joven del té sea aquí una primicia. Cosas del éxito de autores anglosajones y de los procesos de traducción. Porque mientras comentamos esta novedad, en los Estados Unidos se está leyendo su reciente Daughters of the Sun and Moon, publicada el pasado mes de octubre, y que aparece con fecha de publicación en castellano para el 2 de junio de 2026 (menuda precisión, a ver si se cumple).
La joven del té no es histórica como las últimas que ha escrito, desde esa historia de la medicina china que se remonta al siglo XV o la nueva que recae en periodo de guerra, y sin embargo lo parece, porque comienza situando la historia en la montaña abancalada de Yunnan, situada en el sur de China, dedicada a la producción del té rojo, aunque en el cercano año de 1988; como sucede lejos de nuestra “occidentalidad” y con otro devenir, creemos situarnos en un pasado remoto.
Nada más lejos. Es una historia, la que nos narra Lisa See, que llega hasta nuestros días y nos muestra un relato conocido, como es el proceso de adopción de niñas chinas por el que muchos matrimonios norteamericanos y en general occidentales han logrado su ansiado objetivo de ser padres, solo que desde el otro punto de vista, de quien pierde al hijo y los motivos que conducen a esa situación. El título se ha adaptado a nuestro entorno al traducirlo, para recortar el inicial La joven del té de Hummingbird Lane, que equivaldría a decir la joven del té de la calle del colibrí de Los Ángeles.
La joven que da título, y no revelo nada que no quisiera la autora que supiéramos, es por tanto americana. El final en el que confluye es el esperado –y deseado, claro– aunque no se produce exactamente como suponíamos, porque algo sí tiene esta obra de novela rosa y de entretenimiento de aeropuerto, aunque prima ese otro mucho que tiene de reivindicación de la identidad propia, de reconocimiento de la diversidad y de la tradición desde un punto de vista muy de agradecer en que la mujer que con el siglo XXI inicia un proceso de fortalecimiento de su propia idiosincrasia puede permitirse analizar su propio concepto de familia y desmenuzar el de maternidad.
Otra cultura, otra manera de ver el mundo que se entrelaza en el que vivimos, en que lo local puede ser lo global. «¿Te consideras china o estadounidense?» –le preguntan a una de nuestras dos protagonistas, a lo que responde: «Cien por cien estadounidense y cien por cien china. No soy mitad y mitad. Soy totalmente ambas cosas. Siempre llevaré mi identidad china plasmada en la cara, pero hoy en día, cuando me miro al espejo, no veo a alguien que encaja mal en su familia ni a alguien que no se siente lo bastante china. Sólo me veo a mí misma». Quizá esa interrelación de ambos mundos es lo que más me ha gustado de esta novela que se deja leer con tanto gusto.