Enhorabuena, Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970), es excelente Los nuevos. Absolutamente aconsejable, contundente, conmovedora, amena, un punto experimental, a veces cáustica, original, muy válida para ayudarnos a profundizar en la distancia generacional, con frecuencia insalvable, que separa a padres e hijos.
Si el autor, también músico, ya había dejado muestras de su extraordinaria calidad literaria con obras como Una noche con Sabrina Love, (1998) —por la que un jurado integrado por Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares y Guillermo Cabrera Infante le concedió el Premio Clarín de Novela—, o como El año del desierto, Salvatierra y La uruguaya (2016), algunas de ellas llevadas a la pantalla, casi una década después vuelve a desarmarnos con una obra que afianza su impecable trayectoria literaria.
Se trata de una novela de crecimiento o aprendizaje, un subgénero que se centra en el desarrollo psicológico y moral del personaje, profundizando en el proceso de maduración personal y la búsqueda de una identidad propia a través de las experiencias vitales que le toque afrontar. El paso a la edad adulta, esa transición, a veces dolorosa, repleta de conflictos, grandes conquistas y obstáculos, llena de primeras veces, que experimentamos al salir del nido familiar y enfrentarnos al mundo, es un periodo también de extrema vulnerabilidad e incertidumbre, ampliamente representada en obras cumbre de la literatura universal como Retrato del artista adolescente, Las penas del joven Werther, La montaña mágica o El guardián entre el centeno, entre otras.
La magnífica novela arranca en primera persona a través de la voz de Thiago Vinter. Está hablando con una terapeuta del centro psiquiátrico juvenil en el que lleva ingresado en Buenos Aires desde el pasado verano, cuando acabó por desbaratarse todo a su alrededor. Pronto va a ser su cumpleaños, 19, y lo celebrará allí aislado. “Cuando sos el loco, hacés un gran servicio a la comunidad. Todos se tranquilizan, porque el loco sos vos”. Le está costando mucho aprender a canalizar las nuevas emociones de la edad adulta, la vida no se lo está poniendo fácil. A este Thiago noble y sensible se le empieza a coger cariño desde la primera página.
El personaje combina rebeldía y ternura, sensibilidad y gamberrismo, buenas intenciones y pésimas decisiones. Hace que al lector se le dispare la necesidad urgente de intentar acortar la distancia que nos separa de la siguiente generación. Nos enseña una nueva perspectiva del choque entre padres e hijos. Es impresionante cómo el autor logra expresarse desde el punto de vista de los jóvenes, mostrándonos a unos adultos tremendamente torpes, egoístas o culposamente distantes, que presionan cuando no deben y no están cuando hacen falta.
Thiago tiene dos amigos, Bruno y Pilar. La segunda parte de la novela, escrita en tercera persona, se centra en las andanzas de Bruno en la helada Wisconsin, a miles de kilómetros de su hogar. Estudiar a la fuerza una carrera, despertar al sexo, empezar a trabajar, superar el desamor… todas nuevas sensaciones impactando con fuerza en existencias casi vírgenes, como la cinta de una grabadora indeleble que empieza a funcionar. Si ya Pedro Mairal nos había convencido de su extraordinaria calidad en la primera parte de la novela, las páginas dedicadas a Bruno alcanzan cotas de genialidad, con capítulos magistrales y gran profundidad emocional.
Para meterse en la piel de Pilar, Pil vicius, nos asombra Mairal con un recurso estilístico que resulta bastante experimental. Parece que es Thiago el que lleva el peso de la narración, expresándose en primera persona, pero intentando contar las experiencias de la chica. Por momentos la narración se transforma en diálogo, tal vez telepático, entre los dos amigos, pasándose el testigo de la trama en un juego genial de desplazamiento y ambigüedad: “Vos querés que cuente mi vida, pero te metés todo el tiempo.
Es que aparezco bastante en tu película.
¡Porque la contás vos! Si la contara yo, no aparecerías tanto, te aviso”.
Son como Adán y Eva recién expulsados del paraíso. Los nuevos reivindica la amistad como refugio y como motor de la felicidad. A los adultos nos recuerda quiénes fuimos y a los jóvenes les puede ayudar a calmar la ansiedad del crecer. Es muy recomendable para unos y otros.