El Premio Planeta es el más codiciado -con una cuantía de un millón de euros- de los galardones literarios españoles. Y también el más polémico, sobre todo de un tiempo a esta parte. Esta polémica se ha recrudecido hasta el infinito con la última edición, que ha recaído en Vera, una historia de amor, de Juan del Val. Al autor y comunicador madrileño -participa en numerosas tertulias, entre otras la del programa televisivo El Hormiguero-, se le ha sometido a un inclemente linchamiento mediático, antes incluso de que su novela viera la luz. Y luego, una vez aparecida, se ha seguido el idéntico camino, cosechando, salvo alguna excepción, críticas adversas sobre Vera.
Por supuesto que son legítimas, pues todo cuanto se publica ha de someterse al libre dictamen de la crítica. Sin embargo, no estaría de más que la crítica -en este y en cualquier caso- fuera lo más ponderada posible, en beneficio de los lectores. Quizás críticas absolutamente descalificadoras, y a veces con argumentos que parecen haberse pensado a priori, de alguna manera se quitan la razón a sí mismas y tienen un efecto contrario. En buena medida, es lo que ha sucedido con este Premio Planeta 2025, que rápidamente no solo se encaramó a los primeros puestos en la lista de los libros más vendidos, sino que parece ser que en el tiempo que lleva en las librerías ha conseguido superar a otros Premios Planeta, incluso de autores mediáticos.
Y quizás, especialmente, sería beneficioso que se juzgue de acuerdo con el planteamiento y pretensiones del libro. En este aspecto, lo primero que ha de quedar claro es que Del Val -ni otros ganadores del Planeta- no es Thomas Mann, Marcel Proust, Valle-Inclán…, por citar a algunos nombres indiscutibles de la gran literatura. Vera, una historia de amor se encuadra básicamente en la literatura comercial -que de por sí no habría de ser absolutamente condenable - que desea, sobre todo, proporcionar una lectura fácil y entretenida, con una trama, unos personajes… que contribuyan a ello. Y busca el mayor número posible de público, lo que tampoco lleva aparejado necesariamente un desdoro. Ya sabemos que Cervantes leía hasta los papeles rotos que encontraba en la calle.
El título de la obra de Juan del Val se ajusta a lo que encierra: una historia de amor romántico -aderezada con erotismo de alto voltaje, sin caer en lo pornográfico-, protagonizada precisamente por Vera. Vera es una mujer de cuarenta y cinco años de la alta burguesía sevillana que ha llevado siempre una vida como Dios manda. No ha sido feliz, pues ya en su infancia y adolescencia, aunque contado con todo tipo de bienes materiales, sufre la herida de que tuvo que abandonar su incipiente vocación de pintora, ya que sus padres le decían constantemente que pintaba cosas raras.
Después se casó con un adinerado aristócrata, Borja Manuel, marqués de Villaecijilla, el único hombre al que “ha conocido!” en sentido bíblico. Un día se da cuenta de que su matrimonio es un fracaso y decide romperlo. Algo que el marqués no acepta de buen grado, sino todo lo contrario. No acepta conformarse e irá más allá del despecho.
Vera -nombre no elegido al azar- se va de la casa donde vivía con su esposo y busca piso en Sevilla. En la inmobiliaria le asignan un vendedor, Antonio Ortiz, que se encargará de mostrarle lujosas viviendas. En una de las visitas, se produce un arrebatador flechazo entre Vera y Antonio, diez años más joven que ella y procedente de una humilde clase social, y, en su juventud llegó a flirtear con la delincuencia. Antonio es muy guapo -un adjetivo del que se abusa- y tiene mucho éxito con las mujeres. Para Vera la relación con Antonio supone iniciar un proceso de descubrimiento de sí misma y se ilusiona porque le queda “una vida por vivir”, y se da cuenta de que “la libertad es perder el miedo a equivocarse”.
Paralelamente a la relación sentimental de Vera y Antonio se desarrolla la de Alba y Diego, hermanos, respectivamente, de cada uno de ellos, comenzada tras un encuentro casual. Vera y Alba son hermanas, pero la primera ha ejercido prácticamente de madre, pues la progenitora de ambas murió en el parto. Diego, que ha caído en la delincuencia de poca monta, es hermano de Antonio, pero solo de padre -quien abandonó a su mujer y a su hijo, dejándoles en la miseria-, y Antonio tiene hacia él un sentimiento de culpa por no haberle conducido al buen camino. La relación entre Alba y Diego a primera vista puede parecer forzada, como de relleno, pero nos parezca oportuno o no el recurso, se justifica porque Alba de alguna manera siente que es como la de Vera con Antonio: “Su hermana es ella. Igual que Antonio es Diego, mezcla las caras y las sensaciones, también el placer […]. La mente es ingobernable y caprichosa como una niña consentida y Alba se ha convertido en Vera sentada en ese sillón”.
La novela se estructura en dos partes y en capítulos consecutivos, generalmente breves, vamos conociendo a Vera y Antonio y se van alternando su historia de amor -naturalmente, con sus altibajos-, y la de Alba y Diego. Los capítulos son breves y sobre todo en la segunda parte presentan escenas simultáneas. Todo servido con un estilo directo y claro, que no persigue el refinamiento estilístico, pero no abdica de la eficacia, y diálogos en la misma línea. Y a los protagonistas les acompañan personajes secundarios, o no tanto, como Gabriela, Gabi, amiga del alma de Vera, que desempeña un papel importante y en quien, a nuestro juicio, el autor ha volcado un punto de ironía en su abultada trayectoria amorosa. Aunque la “filosofía” de Gabi no deja de ser cierta: “La vida -dirá- solo tiene explicación en las películas que ponen en la tele después de comer”.
Con un cierto eco, mutatis mutandis de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé -ya saben la historia entre la burguesa Teresa y Manolo, Pijoaparte-, Del Val entrelaza romanticismo, singular novela de aprendizaje -no solo Vera “aprende” y descubre aspectos insospechados de sí misma-, con su puntada de thriller, y de denuncia de la doblez y entresijos de la clase alta -¡ay esas “amigas” de Vera, mujeres de hombres similares al marqués-, como ya hiciera con las urbanizaciones de lujo en Delparaíso, o los ambientes televisivos en Bocabesada.