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TRIBUNA

Einstein y Gödel dos amigos en un mundo sin tiempo

miércoles 26 de noviembre de 2025, 18:26h

Si con su célebre teoría de la relatividad, Einstein obligó a replantear la noción newtoniana de un espacio y un tiempo absolutos, el teorema de la incompletitud de Gödel fue la aportación más revolucionaria a la lógica desde Aristóteles.

En esta reflexión he querido acercarme al “Tiempo”, de la mano de dos insignes personajes de indiscutible reconocimiento en el mundo científico: Einstein y Gödel. El primero en el ámbito de las ciencias experimentales, la física, realismo puro y duro. El segundo en el de las ciencias del pensamiento totalmente abstracto, las matemáticas. Materia y pensamiento, empirismo e idealismo frente a frente. La historia de siempre para intentar dar como resultante una visión completa de la realidad, que surge de la interacción entre dos principios contrapuestos pero complementarios. Ambos personajes representan esa complementariedad entre opuestos.

Einstein que, en sus pensamientos como científico no toleraba jamás perder el sentido de realidad, era un enamorado de la música de Beethoven y Mozart. Le gustaba tocar el violín, pero también le gustaba la sólida comida alemana, se quedaba tan satisfecho con una buena salchicha como con un buen teorema y tras ellos saboreaba con deleite el humo de su omnipresente pipa.

Gödel era de aspecto escuálido, apenas sobrepasaba los 40 kg., escondiendo su frágil cuerpo tras un abrigo y una bufanda que jamás abandonaba (ni en verano), era miope, su mirada se polarizaba hacia su interior, buscaba dentro de sí la verdad en ese espacio libre de energías y fuerzas, era como si ya desde pequeño hubiese nacido preparado para vencer la fuerza de la gravedad, esa fuerza que tanto le preocupó a su amigo y así poder tomar como principio de toda realidad el concepto de verdad racional y no el de energía de la física.

La única pasión que compartían era la de un baile dialéctico a ritmo de tango unas veces y de vals en otras, en una pista de baile llamada Tiempo. Baile cuya coreografía tenía por escenario el campus del prestigioso Instituto de Estudios Avanzados de Princeton.

Los paseos de Albert Einstein y Kurt Gödel por Princeton son hoy como una parábola. Dos figuras solitarias, caminando despacio entre hojas caídas y senderos sin prisa, como si cada paso los acercara un poco más a un misterio que no se deja atrapar por las ecuaciones. Apenas hablaban en voz alta, era como un susurro entre dos almas que intuían que la razón y el experimento eran insuficientes para poder explicar la realidad. Esa intuición, junto a sus esfuerzos por rebatirla desde distintos ángulos, fue despejada en ambos al llegar al final de sus vidas.

Einstein había dedicado su vida a comprender el tiempo, a descubrir su flexibilidad, su dependencia del movimiento y de la gravedad. En su universo, el tiempo no fluye como un río uniforme: se curva, se estira, se enlaza con el espacio. Su teoría de la relatividad cambió para siempre nuestra mirada: ya no hay un tiempo absoluto, sino una trama dinámica en la que cada observador lleva su propio reloj.

Sin embargo, cuanto más lo comprendía, más se le escapaba. Einstein intuyó que, si el tiempo depende de la posición del observador, su fondo último debía ser atemporal. “Aquello que sostiene el cosmos no puede estar sometido a su vaivén”. De ahí su fe en la racionalidad del universo: la confianza en que, por encima del cambio, existe un orden eterno que da sentido al fluir. Pero su racionalidad también chocaba frontalmente contra la pérdida del sentido de realidad que la nueva ciencia cuántica le evidenciaba. Se pasó los treinta últimos años de su vida intentando refutar tal pérdida, y por si fuera poco su compañero de baile acabó por ningunear al Tiempo, quitándole el protagonismo de unidad fundamental de la realidad.

Gödel, en cambio, se asomó al tiempo desde la lógica. En su célebre solución a las ecuaciones de Einstein, mostró la posibilidad de un universo en el que el tiempo se curva sobre sí mismo, permitiendo volver al pasado. En ese modelo —matemáticamente impecable— el tiempo deja de ser línea y se vuelve círculo; el futuro y el pasado se tocan, y toda secuencia se desvanece. Para Gödel, aquello no era solo un juego teórico: era la prueba de que el tiempo, tal como lo experimentamos, es una ilusión. Lo que existe realmente es una totalidad simultánea: una eternidad en la que nada se pierde.

Esa amistad era su refugio en un mundo acelerado. Los colegas los miraban con cierta extrañeza: dos genios absortos en conversaciones a las que nadie se atrevía a escuchar. Pero ellos parecían vivir fuera del tiempo, suspendidos en esa tensión entre lo tangible concreto y lo abstracto del pensamiento intangible. En sus silencios, el tiempo se detenía. Quizá intuían que la amistad —esa comunión que no se mide en segundos— es la única experiencia humana que participa de ambos principios.

Einstein había dicho: “Lo más incomprensible del universo es que sea comprensible.” Gödel, con su teorema de la incompletitud, le respondió: “Y lo más admirable de la razón es que conozca su límite.”

El tiempo, para Einstein, era la textura del universo; para Gödel, la apariencia de una realidad más profunda. Pero para ambos, lo decisivo no era dominarlo, sino comprender su sentido. Porque todo conocimiento —sea físico o lógico— se enfrenta al mismo abismo: la finitud. Para Einstein, saber que el tiempo pasa es reconocer que no somos eternos. Para Gödel, intuir que el tiempo no existe es presagiar que lo eterno nos sostiene.

Por eso, en sus paseos por Princeton, en el fondo, no discutían teorías: caminaban por el borde de lo indecible. Einstein, el hombre del cosmos medible, y Gödel, el lógico de lo imposible, intuían una certeza silenciosa: que lo real no se deja poseer, solo habitar con asombro.

Hoy, cuando la ciencia acelera y la técnica promete vencer al tiempo, sus figuras se alzan como recordatorio de otra sabiduría. Nos enseñan que comprender no es acumular datos, sino reconocer el límite. Que la inteligencia sin humildad se extravía. Y que solo quien acepta el misterio puede vislumbrar la eternidad que se esconde en cada instante.

Quizá, al final, su amistad fue su verdadera teoría del tiempo: una pausa en medio del vértigo, una conversación sin reloj, un encuentro que sobrevivió a todo calendario. En un mundo que se mide por la prisa, ellos supieron detenerse. Y en ese detenerse descubrieron lo esencial: que el tiempo no se conquista, se trasciende.

Pese a todo esto: Einstein, cuando llegó al final de su vida , en marzo de 1955 a la edad de 66 años, se sentía algo avergonzado por haberse convertido en un icono de proporciones gigantescas y dijo, “me siento impulsado a pensar en mi persona como un estafador involuntario”, por eso en su más profunda intimidad no cesó su empeño por no quedar como tal estafador y el día anterior a su muerte pidió le trajesen su última versión de la “Gran Teoría de la Unificación” y procedió a hacer todavía algunos cálculos, pero su estado ya era tan débil que dijo: “ Es de mal gusto prolongar la vida artificialmente, yo ya he hecho mi parte, es hora de irse”. Einstein afrontó ese momento que realmente le daba la razón a su íntimo amigo Gödel, para entrar en un nuevo mundo sin tiempo. Lo asumió noblemente.

Gödel hacia el final de su vida, en 1978 a los 72 años, también alimentó la sensación y el temor de que su aportación también había sido sobreestimada. Sentían esa sensación común, de que al final de tanto buscar la verdad, por abajo el primero con un realismo deslumbrante y el segundo por arriba con un idealismo englobante de toda realidad, sus esfuerzos no alcanzasen la meta por ellos buscada.

La verdad es que no alcanzaron la meta, pero abrieron el horizonte de la realidad que siempre se esfuma entre las manos de quien pretende llegar a su intimidad......

Nota: algunos textos biográficos han sido extraídos de: El legado olvidado de Gödel y Einstein, de Palle Yourgrau en: Un Mundo sin Tiempo, editado por “TusQuets Editores”.

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