www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

RESEÑA

Escuchar a la naturaleza para comprender la esencia humana: La inquietud de las flores, de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Javier Mateo Hidalgo
sábado 29 de noviembre de 2025, 09:41h
Actualizado el: 29/11/2025 09:46h
Escuchar a la naturaleza para comprender la esencia humana: La inquietud de las flores , de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós
Ampliar

Tal y como está concebida nuestra sociedad presente, quienes la habitan apenas disponen de un tiempo esencial para detenerse ante lo que les rodea. La mirada que debería volcarse al exterior para valorar lo que verdaderamente vale la pena se destina a lo inmediato y urgente. Percibir nuestro mundo es, de algún modo, poner los ojos en dos direcciones: la que nos conduce a la naturaleza de las cosas que hay fuera y aquella otra que nos invita a reflexionar sobre nuestra propia naturaleza interior. Quienes se dedican al noble arte de la poesía aceptan concederse esos momentos en los que meditar sobre la presencia de las distintas realidades —más grandes y más pequeñas, incluso aparentemente imperceptibles—, tratando de expresar lo que éstas le sugieren mediante palabras cuidadosamente escogidas. Conviene poseer la paciencia del pescador, que lanza su caña al agua y no le importa estar esperando el tiempo necesario hasta encontrar la perla buscada.

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (Mieres, 1947) es una de esas poetas a la que nos referimos. Ella es consciente de que el misterio de la existencia puede encontrarse en las cosas diminutas y a la vez grandiosas que conforman el mundo. Ocho poemarios constituyen su producción y avalan su sabiduría. El último, La inquietud de las flores (Mahalta) es una clara demostración de la filosofía mencionada. En su prólogo, José María Muñoz Quirós dice de la autora que “se pasea con los ojos abiertos, con la memoria de par en par, con los días vividos y la secuencia infinita de su labor poemática, ardua y renovada hasta transformarse en esencial”. Es así como lo observado por los ojos pasa por el tamiz de la mente generando percepción. Afloran los recuerdos y sentimientos con los que describir los elementos “objetivos” desde las vivencias.

La poeta no duda en introducir unas palabras previas de Emily Dickinson, que refieren a la vida como “el secreto más delicado”. Concluye la poeta estadounidense: “Mientras ella dure, nuestro deber es susurrar”. La poesía de Bernaldo de Quirós tiene en efecto la sensibilidad y el tacto con el que han de tratarse las cosas más hermosas. A ello se suma la capacidad de síntesis con la que construye los versos, dejando al lector encontrar desde su interpretación el sentido a cada poema. El primero o inaugural del libro, Se trata de la vida, condensa en pocas líneas lo que resulta en realidad grandioso: el inicio de todo cada día con el amanecer. Esa venida del día se anuncia con la Alborada, primer bloque del libro que señala el gusto de la poeta por el mundo de la música. El poema inicial de esta parte, Magnificat, nos remite a ese himno cristiano que reproduce las palabras de la virgen María dirigiéndose a Dios. Aquí surge el oficio de observar lo que el mundo nos ofrece cómo forma de rendir tributo a la belleza: “Cuando la mirada se detiene / y de la contemplación nace el asombro. // Cuando lo ínfimo es símbolo de grandeza inexplicable. // Cuando se ora ante una flor, / paisaje, roca, animal, célula, mitocondria. // Cuando en su polifonía descubres a Dios”. Lo trascendente se apodera de ese “canto” presente en las distintas cosas, mostrando su aura divina. Dicha refiere a la felicidad que produce “contemplar lo nacido”, ya sea “el Ser” o “el alba”. Querencia nos sugiere la esencia del haiku al presentarnos, “orillada al mar”, a una mujer suspirando “mientras recoge diminutas conchas”. De lo físico y aprehensible surge lo inmaterial e infinito: “Quiere llenar su bolsillo / de eternidad”. Imaginamos al hombre pintado de espaldas por Friedrich, observando la inmensidad del mundo en Desde la cumbre: “Ir más allá. / Alcanzar la cima, / temblar”. Todo parece detenerse en este lugar que es “ninguna parte” y donde, paradójicamente, se abraza el “todo”. Lo sublime se manifiesta al “sentir”. Nuevamente, Preludio nos traslada a la poética japonesa con su descripción de los elementos y la enigmática pregunta final: “El rostro de la mañana / hunde su mirada / en la impenetrable luz del silencio. // ¿Qué dios aquí?” A la sombra del mar compara a la poeta con una araña, habiendo ésta conseguido desposeer la mente de pensamientos, dejándose ser una con lo natural: “Hay un intenso olor a azahar. / El viento, de poniente”. La fuerza de una imagen escultórica se presenta en Oratorio, donde el mar se afana en generar surcos sobre el rostro de la arena, mientras el cielo se refleja en ellos con su rubor. Solo se escucha el silencio de la noche, que “reza” con la poeta desde sus pensamientos. Con Según los días, continúa la poeta mostrando su afinidad con la filosofía oriental: “Contar / los pliegues de la duna […]. // Contar / y no tener conciencia / de mí yo en mí”. A pesar de su título, Delirio nos lleva al sosiego nocturno y su halo mágico. Nuevamente la música impregna el paisaje en su asociación sinestésica desde Concierto número 3 de Rachmaninov. Conocemos con Esencia el origen de la sensibilidad de la autora por este arte: “Escucho a mi madre nonagenaria / interpretar al piano / La priere d’ une vierge”. Su “emoción contenida” es la de la poeta escuchándola y sintiendo cómo su progenitora, interpretando la pieza, retorna “a sus dieciséis años”: “Tan frágil ahora. / Tan fuerte”. Ella es la homenajeada en el siguiente poema, Madre. En él se la recuerda con cada imagen suya que “florece” en la memoria de la autora: “Un reloj sin manecillas / anuncia mi vuelo”. La hija busca la eternidad a su lado, preguntándole: “¿Cuál es tu mundo ahora?” Y de la imagen de la madre a la de la Maternidad: “No hay lugar para tanto amor en la palabra”. La poeta se piensa como madre, recordando la infancia de sus vástagos con Fotografía: “Contemplar la sonrisa desdentada / de mis hijos / y robarle un manojo de alegría / a la memoria”. Cesura funde la propia naturaleza con los sentimientos, una y otros cambiantes. Del mismo modo la vida se convierte en sonido de partitura con Superación; en ella, las notas van “borrándose” y es el aire, transmisor de lo sonoro, el único que conoce “los enigmas” del “canto” de la poeta. La “superación” también queda “garabateada” en el papel pautado. Anhelo representa el retorno de la autora a su lugar de origen, deseando ser “ceniza y humus” en esa tierra. El recuerdo de ese espacio geográfico y familiar habitado permanece en Nada perdió su nombre. Regresar mantiene al destinatario del poema, quedando esa infancia feliz representada por palabras simbólicas en un cuaderno de caligrafía. La niña que fue se balancea en Un columpio, buscando desde él y “en su afán” poder “alcanzar las nubes”. La misma poeta infante se imagina que dentro de su casa llueve y sus padres le siguen el juego queriendo volver a ser también pequeños en el siguiente poema que emula el poema tradicional en cinco versos (Canción en tres tankas). En Sonatina existe el afán por describir una escena bucólica —un niño lanzando guijarros a un arroyo— bajo la pequeña forma estructural propia del clasicismo musical elegida para el título. Con Pastoral se cierra este primer bloque, recorriendo el lector un paisaje que se antoja, a la vez que musical, pictórico.

Tras el amanecer o Alborada llega su contrario, el Crepúsculo. Hay en éste una señal o indicio de lo que vendrá con el nuevo día, como se nos describe en su primer poema (Pensamiento): “En el presagio del crepúsculo / se escribe el devenir / del mañana. // ¿Será por eso / que tantos seres reverencian al sol / y oran en el ocaso?” El crepúsculo también puede ser sinónimo de soledad, tristeza y silencio (Indiferencia y ¿Desde cuándo así?). Dependiendo de cómo uno se plantee su destino, no representará “la muerte, / sino” La vida de otra manera, como sucederá con la “hoja seca” y la “gota de rocío” de este poema. También “ocultar la verdad / es tejer silencios de incomprensión” (Lirios en abril). Una noticia, expresada con “palabras llenas de vacío”, puede producir sufrimiento en esta madre dolorosa tan simbólica que representa la pieza musical Stabat Mater. Del mismo modo a la música clásica pertenece en su origen el Impromptu, que se genera improvisadamente, como el ánimo de la poeta en este texto; ella “espera” en su vejez como el “adolescente / con una rosa en la mano / y el tímido celofán / que envuelve su amor primero”. Si una flor puede representar la pasión, también es capaz de evocar la lucha por la vida en Paréntesis. La voz de un instrumento concreto hace posible la manifestación de un sentimiento, como en Viola de amor. Transmutación ofrece la combinación de estados vitales opuestos: “Se quebró la rama cargada de frutos. / Llora. // En su algarabía / los gorriones no escuchan su llanto”. Contraposición similar es la de los niños jugando al fútbol ante el cortejo fúnebre de un cementerio en la también musical Contrapunto a dos voces. Un pájaro hiriendo “con palabras de sangre / los secretos de su canto” puede hacer que nos preguntemos si Duda el tiempo. Sigue tu camino anima a sacudirse “el barro del dolor” y pintar “de carmín / el pálido rostro” nocturno de quien tiene todo contra sí mismo. Lo níveo representa esa resistencia en el ánimo de una flor tan dura como el cardo en Bajo el manto de la nieve. Al otro lado del abandono muestra aquellas cosas que deberían ser cuidadas por el poeta o el labriego y que, sin embargo, aparecen abandonadas a su suerte. El “cuerpo” de “la memoria” de un viejo barco es “una isla hundida / ahogada de harapos”, por lo que esta embarcación “parece dejarse hundir”. Es la dignidad la que prevalece en los últimos instantes de la vida: “La rosa aún late. / Acuna la tierra su final. // Le pertenece” (Paradisum). Hay que pugnar siempre por la supervivencia, a pesar de la humana duda que genera la Existencia.

El tercer bloque, Celaje, alude a esa frontera entre lo anhelado o soñado y la realidad. Se inicia con la musical Romanza donde “trinos de violín” describen el “imaginado paraíso” en el amor. Éste es capaz de contar estrellas incluso en la niebla (Revelación). Plenitud demuestra que, aún en el “crepúsculo” se puede maquillar de “rosa” la vida. A través del sueño puede suceder la “súbita floración” en el “desierto” del “cuerpo” (No quiere saber), del mismo modo que la ilusión de “crear / paisajes de amor y entendimiento” puede quedar destruida en un momento en que un “rayo” abre “la tierra al silencio” (¿En qué momento?). Una lágrima es capaz de albergar significados de “tristeza” o “emoción” (Palabra del agua).

Cierra este libro su círculo coherente con Noche. La falta de empatía hacia el ser amado se muestra en De esa mujer, dime. La capacidad de herir está también en quien muestra sus “manos blancas” como “símbolo de rechazo / hacia todo tipo de violencia” mientras hace daño “con el silencio, / la palabra, / el abandono”. La figura femenina sufriente vuelve a surgir en Una mujer: “cuerpo desvalido / de una vida en llanto”. En este caso, a ella le consuela mirar “con ojos de sombra / la virginidad del mar”. En Damnificados, una araña “hila, devana y corta” en el hogar de quienes se exiliaron. Su lento y antiguo tejer equivale al tiempo de peregrinaje y resistencia de los huidos. Mujeres de negro homenajea a esas mujeres del color del luto, madres curtidas por la “viudedad” y la “hambruna de guerra” en quienes se podía conocer “el valor de la humildad”. El “fanatismo / que vive de dar muerte al inocente” se equipara a la crueldad que no hace distingos de la Mantis. Los “ojos abiertos de los árboles”, sus hojas que “pasan de largo” y los murciélagos observan el cuerpo de un hombre ovillado en un rincón de un parque por el que nada siente el humano, dada su “sangre helada”; más allá de la naturaleza, nadie más parece sentir “piedad” hacia este Refugiado. Así, la vida de Los olvidados “duerme para los demás / sepultada en sus conciencias”. En contraposición y a pesar de “la ruina de la soledad / —donde las rosas se marchitan— / hay seres capaces de crear vida / dentro del abandono”. De su Grandeza surge “un resquicio de luz” por “entre los altos muros del silencio”.

Culmina así un poemario tras el que se asocia, en un epílogo denominado Ofrendas, determinados poemas a personas que sirvieron de inspiración a la poeta para su trabajo. Entre los dedicatarios figuran desde familiares a amigos como Carmen Aguado, Antonio Daganzo o María Jesús Mingot. La inquietud de las flores despierta la conciencia del lector hacia cuanto le rodea y parece silencioso pero no lo es. La naturaleza es testigo de todo cuanto sucede y sobre esto “habla” a través de su esencia, simbolizando cada cuestión desde su primera persona del singular y del plural. En ella queda también plasmada la conciencia hacia lo que atañe al ser humano, con todo lo que le ilumina y ensombrece. Es un canto lírico asociado a una música siempre clásica y por ello inmortal, la cual también habla con su voz melodiosa de las cosas más trascendentes. Del mismo modo que nos recreamos escuchándola en aquellos sentimientos que nos engrandecen, debemos también sumergirnos en la poética de este hermoso libro, retornando siempre a lo mejor que hay en nosotros para poner toda nuestra fe en el futuro de nuestro mundo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
1 comentarios