Es una alegría ver cómo la literatura escrita en España crece en autoras y en diversidad. Y cómo los premios se hacen eco de ello, aunque a la par veamos también cómo algunos de ellos se devalúan en remuneración e incluso en calidad. El último Premio Primavera de Novela se le ha concedido a Vanessa Montfort, una escritora que proviene del ámbito del periodismo y que se mueve con facilidad y donosura en diferentes géneros novelísticos.
Quizás su especialidad sea el teatro, donde se prodiga mucho, e incluso lo ha utilizado como ámbito temático; es el caso de La mujer sin nombre, la novela en que reivindica la autoría teatral de los textos que María Lejárraga consintió en que firmara por ella su marido Gregorio Martínez Sierra.
Si esos materiales son interesantes –siempre desde la perspectiva de la novelística– el que tenemos entre manos pertenece al género histórico, lo que parece un retorno a sus inicios. En realidad, ha venido publicando novela histórica de forma alterna, aunque la que la ha hecho famosa y la que, sin duda alguna, tiene más difusión de las suyas es Mujeres que compran flores, una divertida aunque un tanto esperpéntica reivindicación del poder de la mujer en la sociedad actual todavía tan sibilinamente patriarcal.
Todas estas indagaciones me llevan, por fin, a referirme a La Toffana, una novela histórica de intriga basada en la figura de esta mujer de la Roma del siglo XVII que, por su elaboración de remedios y “perfumes” (teniendo en cuenta que veneno y perfume “llevan en sánscrito la misma palabra”, dirá la Toffana en su propia defensa en el juicio que la conducirá, junto a su ayudante y a su hija, a la muerte en auto de fe).
“Ese es el peligro de que una mujer sepa idiomas y un inquisidor no” proclama también ante el tribunal del Santo Oficio. Porque de eso va esta novela que en realidad quiere ser la historia de la primera mujer asesina en serie. Novela de crímenes o de venganza de la mujer frente al patriarcado, frente al hombre como género e incluso frente a la iglesia, en una sociedad que ha tardado tanto en reconocer, siquiera, que la mujer pudiera tener alma.
Esta novela es reivindicativa, y por ello poco fidedigna, aunque para que no lo tengamos en cuenta, como comienzo lleva esa frase a manera de exergo autoría de Giordano Bruno –otro científico cuyo destino final fue la hoguera–: “Se non è vero, è ben trovato”. No sé bien qué pensar sobre la historicidad… desde esos “cuadernos perdidos de Galileo” en que pretendidamente describe la luna y sus fases como lo haría un romántico del siglo XX, incluyendo eso de los ritmos circadianos que, aunque su existencia era conocida en el siglo XVII donde se supone que nos situamos, no reciben nombre hasta 1960.
Y si la bronca por el reconocimiento del alma en la mujer merece todos los esfuerzos, me resulta excesivo su despliegue, y por lo mismo poco creíble, aún a pesar de recordatorios como la frase que entrecruzan los dos inquisidores: “Cierto es que el cuerpo de la mujer nace imperfecto, susurró”. “Nuestro objeto de investigación serán mujeres, y estas son sujetos placenteros y tentadores a la vez”.
Eso por parte de los perseguidores de la libertad y reconocimiento del alma de la mujer, mientras el elemento que permite encadenar la historia es el producto de la alquimia de las mujeres sabias, Giulia Toffana hija de Theofania a quien vengará, porque “soñaba imposibles… Se había atrevido a imaginar una ciudad donde se gozaba de libertad de culto. Soñaba con que una mujer no sufriera la violencia de un hombre…” La caza de brujas, en definitiva. Ese es el tema central, a partir de la obtención y posterior uso del acqua de Toffana, veneno que no deja rastro.
No obstante, es una novela curiosa y entretenida, siempre y cuando seamos capaces de pasar por alto unos inesperados cambios de voces difíciles de captar o errores como referirse a la hurticaria [sic] o a cosas hechas sin hache. No entiendo cómo fruslerías así se le escapan a una editorial como Espasa; al final, va a ser que las editoriales independientes trabajan con mayor primor.