El salón ilustrado es el espacio geométrico, el palacio neoclásico y el jardín versallesco, lugares en que la racionalidad toma cuerpo en columnatas y parterres, en perspectivas y fontanas, y donde la decoración capitula ante el poder de la simetría. Por allí deambulan Descartes, Leibniz, Newton, Voltaire, Montesquieu, Bach, Mozart, Hume, Kant, Rousseau. En el siglo de las Luces todo lo geométrico es diáfano. La Enciclopedia aspira a que cada uno de sus vocablos contenga todos los demás a modo de panóptico, de acuerdo con la geometría newtoniana donde un teorema contiene a todos por derivación: “el filósofo camina en el rigor y en la luz, los demás entre las tinieblas, toma por verdadero lo verdadero, por falso lo falso, por dudoso lo dudoso, por verosímil lo verosímil. Cuando no tiene motivo propio para juzgar, permanece impasible. Así habla menos y mejor, pero juzga con más seguridad. Sus ideas son claras y distintas, de lo contrario suspende su juicio, lo pone entre paréntesis. El filósofo aclara las causas, a menudo incluso las previene, y se entrega a ellas con conocimiento”.
En la época de los coleccionistas de relojes, el reloj es orden, rigor, puntualidad, exactitud, verdad. No cabe definición más ventajosa que la de llamar a alguien reloj, sustantivo utilizado para designar a quien está lleno de humanidad, y nada humano le deja indiferente. A más razón más honradez. Del Dios-relojero deriva por partenogénesis el matemático, especialista en cuestiones divinas. Él evita los objetos que puedan causarle sentimientos inconvenientes al bienestar y a la razón. Microcosmos del macrocosmos, el filósofo/reloj es señor de la autarquía, pues si la gracia obliga al cristiano a actuar, la razón al filósofo, hombre honrado que sin superstición vence al arrebato. Si la razón es el bien, el mal es lo irracional; sólo lo bueno surge de lo racional por despliegue analítico. En lo racional está lo real.
Y, como no es un tímpano de hielo, ni un extraterrícola, el filósofo no está atormentado por la ambición, aunque desee tener las comodidades de la vida; además de lo estrictamente necesario, le es preciso algo honesto comedidamente superfluo. Son falsos filósofos quienes dan lugar al panegírico de la indolencia. La buena retórica es un deber de elegancia del alma, escribe Cicerón: “poco vale a las ciudades la sabiduría sin elocuencia, al paso que la elocuencia sin sabiduría las más veces daña y no aprovecha nunca. Si alguno, dejados los rectos y honestísimos estudios de la razón y de la moral, gasta todo su tiempo en los ejercicios retóricos, será un pésimo ciudadano, pero quien se arma con la elocuencia para defender los intereses de la patria en vez de menospreciarlos y combatirlos, es un varón utilísimo para los suyos y para la república y un verdadero ciudadano” (De inventione rhetoica). Por eso recomienda en el De officiis a su hijo Marco “estudiar el griego junto con la lengua latina, y la filosofía con el estilo propio de la jurisprudencia”. Quintiliano añade: “denme un niño a quien mueva la alabanza, la gloria le estimule, y que llore cuando es vencido; a éste la emulación le servirá de fomento, la reprensión le hará mella, el honor le servirá de espuela, y nunca temeremos que dé en la pereza. Si hay alguno tan ruin que no se corrija con la represión, éste también hará callo con los azotes. Pero no se necesitarán los azotes como castigo si el maestro les toma cuenta estrecha de sus tareas: si la elocuencia se aliara con los delitos y fuese enemiga de la verdad, mejor hubiera sido nacer mudos y carecer de toda razón que emplear en nuestra propia ruina los dones de la Providencia”.
Ya entre nosotros escribe Gregorio Marañón: “ciego será quien no vea que el ideal de la etapa futura de nuestra civilización será un retorno de los valores eternos y, por ser eternos, antiguos y modernos; a la del deber sobre el derecho; a la revalorización del dolor como energía creadora; al desdén por la excesiva fruición de los sentidos; al culto del alma sobre el cuerpo; en suma, por una u otra vía, a la vuelta hacia Dios. El médico se forma no sólo para ejercer su sabiduría, sino también para ejercerla con dignidad y pulcritud. Sin la línea moral bien precisa, el profesional mejor es siempre malo; sin la fuente moral, la eficacia técnica de la profesión se desgasta y acaba por anularse”. Con su cátedra a cuestas supo condolerse con aquellos jurdanos “cretinos de la Aldehuela que vienen a tallarse. Muchas mujeres con bocio. Ninguna sabe la edad que tiene. Muchos sordos. Ninguno sabe leer. Muchos se quejan de un dolor de estómago que les impide andar. Se caen al suelo. Es hambre. Un dolor adentro que está matando. Varios casos de albuminaria. Todo el mundo está enfermo: un horror. No hay tipos degenerativos, aunque sí pobres, míseros y avejentados. Hay mucho paludismo… yo sólo sé las horas de insomnio con que he comprado los favores de mi buena suerte”.
Las personas como don Gregorio son gloria de la humanidad y vergüenza de los ramplones: “es fácil y agradable rebelarse cuando la vida, llena de injusticias, nos ha colocado en la zona negra del desigual reparto. Pero, cuando se está en la cúspide de la zona clara y luminosa de los elegidos, el sentimiento del agravio al derecho se embota y se encuentran mil pretextos especiosos para transformarla en blanda conformidad”. No fue humanista a ratos ni selectivamente, fue humanista terenciano, como muchos de los médicos de cabecera de nuestra infancia que vieron en cada rostro de sus pacientes una presencia de lo sagrado: aparte de las actividades administrativas, políticas, militares o religiosas, el hombre de gusto, por simple gusto, había de sumergirse en la lectura y comentarios de los autores griegos y latinos. Era, pues, el cultivo de las humanidades no sólo un medio de educación juvenil, sino un fin para la actividad de las personas maduras.
Divino sentido del deber, también eso es humanismo: si haber vivido sólo para los deberes crea en el hombre un sentimiento de esclavo, el anhelo de no tener más que derechos nos convierte en demonios insensibles que sólo dirimimos las dificultades por la fuerza. Hago mío aquel socarrón juicio de Ramón y Cajal: “tengo por favor especial del cielo tener enemigos. Ellos son mis censores y evitan mis caídas; mientras los tenga, valdré algo; sólo me apena que Dios no me los dé de mejor calidad y con más talento. Pero malos y todo, a ellos debo lo que soy, y sería ingrato si no aprovechase esta ocasión para darles las gracias y suplicarles no cedieran en sus diatribas”.
Sólo los inhumanistas más bestiales han negado el valor de la persona porque no quieren o no saben tratarla como a sí mismos. Hasta que un hombre no actúa humanamente, ni siquiera hay teoría humanista, sólo proyecto de teoría. Cuando tengo que pasar el Rubicón y no doy el necesario paso adelante, echarle la culpa a mi fragilidad para justificar mi pasividad vegetalizada es vergonzoso. Contra quien habla por boca de pregonero, la lógica de la afirmación honesta dice: algo hay que hacer; si los demás no lo hacen, ¿por qué no lo hago yo?; y si no lo hago yo, ¿quién soy yo? También nuestro personalismo se encuentra lastrado por los laureles de su propio ismo. Corremos el riesgo de fosilización: ¿estamos esforzándonos lo suficiente para devolverles a la existencia real sacándoles del corralón de su encierro esencialista?, ¿solemos atribuirnos las acciones exitosas que procedieron de impulso sin reflexión?, ¿incluso cuando nos movió el motivo menos valioso, estamos inclinados a sentir que lo hicimos por el de más alto valor. Necesitamos un largo camino de confrontación autocrítica.