Normalmente cuando ves una película eres capaz de saber si te ha gustado o no de inmediato, en el mismo cine, antes de salir sorteando las cajas de palomitas y demás basura tirada por el suelo. Pero hay veces que no es así, que debes madurar lo visto, consolidarlo, digerirlo y al final de ese proceso aparece el verdadero sentimiento. Paul Thomas Anderson (Magnolia, Pozos de ambición, Boogie nights) tiene ese don de dejarnos cavilosos. Su anterior película, Licorice Pizza me pareció extraña, absurda e incongruente al salir del cine, y la semana siguiente me había enamorado locamente de ella. Con Una batalla tras otra el proceso ha sido el contrario. La llevaba esperando meses y salí del cine contento, porque había leído Vineland (novela en la que está basada la película) semanas atrás y me pareció infumable —como todas las de Thomas Pynchon—, y quizá por eso la película me gustó, porque es el libro acortado, explicado y digerido por este director que hace también de guionista. Además, incluye elementos fundamentales como la música, el humor, los planos de acción, la fotografía, así como varios actores y actrices que llenan la pantalla desde la primera toma. Salí enamorado, pero fue efímero y ahora intentaré explicarme.
PTA (Paul Thomas Anderson) es uno de los mejores directores actuales de cine. Sus obras son ambiciosas desde la perspectiva visual y desde los argumentos. Es un cineasta total que lo hace todo, y todo bien. Suele contar con grandes intérpretes y en este caso cumple con creces. Pero la historia original es un bodrio, una especie de laberinto que obliga al lector a descifrar elementos vacuos, personajes poco explicados que aparecen de repente rompiendo el hilo, decenas de subtramas confusas y situaciones absurdas y en las que nos faltan elementos para entender. Entiendo que hay gente a la que le gusta ese tipo de «gran» literatura que exige mucho más de lo que da, pero yo prefiero que ese ejercicio de cocinar y digerir el sapo lo haga PTA por mí, me conformo con el caldo que salió de esos huesos, que es mucho mejor.
La película, en dos actos y un epilogo, se servirá del humor para confundirnos, y sobre ello me extenderé después. Es un humor que también está presente en la novela, aunque en esta no se llega a entender. Aquí PTA le da un tono de comedia negra, tipo Cohen, gracias sobre todo a los dos excelentes actores principales, Leonardo Di Caprio y Sean Penn. El primero interpreta a Pat, un revolucionario muy amigo de la hierba (la que se fuma, no la de un campo de golf) que comete todo tipo de desmanes alocados y el segundo a su oponente, Lockjaw, un capitán del ejército tarado, racista y vicioso.
El primer acto sirve para presentarnos a un personaje destinado a entrar de lleno en el imaginario de la cultura pop, Perfidia (Teyana Taylor), pareja de Pat. Comienza la historia con un asalto a una cárcel de inmigrantes vigilada por el ejército. Perfidia lidera el asalto y se encuentra con Lockjaw, quien tras un desencuentro extraño se encapricha de ella. Los dos revolucionarios tienen una hija, Willa (Chase Infinity), pero Perfidia no está preparada para la maternidad y desaparece. Pronto acabará detenida por Lockjaw y delatará al resto del comando obligándoles a huir a diferentes escondites. Para no desvelar más partes de la trama comentaremos que quince años después, en lo que sería ya el segundo acto, Lockjaw les encuentra de nuevo en su escondite, Willa desaparece y Pat tiene que buscar ayuda para rescatarla del malvado coronel (Lockjaw ha ascendido). Quien ayuda a Pat a encontrarla es el Sensei Sergio (Benicio del Toro), en otra memorable actuación cómica. Del contenido del epílogo no diré nada, pero en su estética comienza con una de las mejores escenas de la película. Visual, metafórica, esplendida, y con una música suavemente incrustada que creo será icónica e incluso inolvidable.
Ni comedia ni drama
Algo que desconcierta es el hecho de no acabar de ser comedia ni drama. Toca elementos serios y dramáticos representativos del polvorín americano, como son la inmigración y sus consecuencias, el alza de grupos paramilitares y las oscuras organizaciones filo fascistas y supremacistas. Pero sus oponentes son revolucionarios zotes, a menudo drogados, payasos y con un retardo errático cronificado. Parecen sacados del Gran Lebowsky en un guiño cinéfilo. Mala revolución la que podrán hacer contra un fascismo implacable lleno de uniformes verdes. Para nivelar, los represores, encarnados en Lockjaw como icono son también ridículos, exagerados, grotescos en su maldad y el propio Sean Penn tiene que medir bien su vis cómica para que no le traicione, porque su papel no debería resultarnos simpático y a menudo los excesivamente torpes lo son.
Y quizá ahí está para mí lo que no funciona. Esa mezcla de humor y seriedad, de drama que deja de serlo cada vez que aparece Di Caprio fumando un porro o Penn cojeando por una carretera perdida con la cara deshecha por un disparo. Creo que esos cambios de tono constantes te distraen de la comedia y sobre todo te distraen del drama, que no llega a cuajar. La combinación de comedia y drama habitualmente me fascina, creo que es un extraordinario género en sí mismo y cuando está bien organizado y funciona, es sublime. Mi sensación es que aquí no resulta, quizá porque la obra original es demasiado confusa. Abusar del subtexto es muy cultureta, y Pynchon lo hace con desenfreno, pero el común de los mortales queremos historias comprensibles y las mezclas de humor, drama, política, inmigración, terrorismo, fascismo, fuerzas antagónicas, etc., nos pretenden llevar a un sitio a donde siento que no somos capaces de llegar. Y me duele decir esto de uno de mis directores favoritos.
En el lado bueno de la balanza está una realización impecable, con persecuciones apoteósicas, imágenes de acción propias del mejor cine de género, y escenas magistrales en diversos escenarios, como una que sucede al final de la película con unos coches persiguiéndose por el desierto en una carretera que sube y baja como una montaña rusa filmada por cámaras que van a ras de suelo y con coches que aparecen y desaparecen como si navegaran entre olas gigantes superpuestas. Muchas de las escenas de acción se rodaron cámara en mano, junto a los actores que corrían, y eso ofrece un enorme dinamismo, como espectador sientes que estás corriendo con ellos. A nivel visual, de pura realización, la película es casi perfecta.
Una gran BSO
La música es otro elemento extraordinario. Una de las mejores bandas sonoras que he escuchado en mucho tiempo, siempre está ahí siendo parte de la acción sin robar protagonismo a quien lo merece, poniendo en situación, acompañando a veces de manera frenética y a veces suave, en su sitio y en su medida, alternando ritmos militares con pianos alocados y ejecutando de manera casi perfecta las transiciones entre las diferentes partes y tonos, pasando de una a otra y usando la música como elemento para el cambio de tercio. No tiene tanto mérito. Si para hacer la banda sonora cuentas con Jonny Greenwood (de Radiohead), eso es lo natural. Y PTA decidió contar con él aquí y en anteriores trabajos.
Esta película, en su maniqueísmo, es un retrato de la América actual, polarizada, cargada de energía estática, de melancolía: desánimo tras protestas de ayer que hoy son estériles o luchas woke que han pasado a mejor vida. También refleja el cambio de época y el miedo a perder la capacidad de soñar. Del otro lado, esos malos no están solos. Son el reflejo de un tiempo equivocado y detrás hay medio país —el alejado de las costas— al que nadie quiere mirar a la cara. Una américa simplista abocada a un relato basado en buenos y malos.
Poca esperanza nos deja, porque lo que subyace es que las batallas siguen, una tras otra, nunca se resuelven del todo y las tendrá que librar la siguiente generación, que ya se está entrenando.