Este fin de semana hemos conocido el caso de dos adolescentes de quince y dieciséis años que se suicidaron en un parque de la ciudad de Jaén. La policía no ha confirmado todavía ni las causas ni pormenores que se esconden tras esta tragedia; pero ha habido amigos que han apuntado una posible causa de todo esto: ese virus terrorífico, que se ha tornado en epidemia en nuestros tiempos, llamado bullying.
Me informaba de todo esto durante el fin de semana, leía y leía noticias tratando de saber más, y no podía creerlo. Cuando aún nos estábamos recuperando del dolor por la muerte de Sandra Peña, que se había quitado la vida también por culpa del acoso escolar, nos encontramos otra vez con lo mismo; solo que esta vez por partida doble. Una doble derrota derrota de nuestra sociedad.
Y pienso que ya es hora de hacer algo. No podemos andarnos con medias tintas ante un problema de tal gravedad. Esto ya no es un problema es una lacra vergonzosa con la que tenemos que acabar de una vez. Y siempre ha existido, desde luego; pero en los últimos años la letalidad del virus no ha hecho más que aumentar debido a las redes sociales. Ahora el bullying no se queda en el centro, en sus aulas, en sus pasillos y en el patio, ahora acompaña a la víctima hasta su casa, atraviesa el umbral de la puerta y la asedia sin piedad. Las redes sociales son magníficos puntos de encuentro con la información, el conocimiento y el entretenimiento, pero también con el mal, con el dolor.
Ningún país debería consentir que sus ciudadanos más jóvenes mueran de esta forma. Ni tampoco que entre sus aulas incuben, junto a decenas de datos sobre historia, matemáticas, lengua, literatura y física, el trauma. Porque esto es algo que les va a perseguir todas sus vidas, dificultándoles su camino. Después de sufrir algo como el bullying, aunque el problema logre finalmente atajarse, la vida para ellos no será la misma. La vida ya será una carrera de obstáculos mucho antes que para el resto.
Y es injusto que se someta a la víctima a la humillación de apartarlo de su centro, de sus profesores y de sus amigos por culpa de un puñado de salvajes. Puestos a elegir, hemos de situarnos del lado de la víctima y apartar a los indeseables, mandarlos si es necesario a otro centro como medida también educativa. Educar es también enseñar que las acciones tienen consecuencias. Y ser contundente con los acosadores, mostrarse implacables, manda un mensaje muy claro a estas personas: esto que hacéis es repugnante y si queréis ser parte de la sociedad y no acabar estigmatizados como la peor escoria, debéis dejar de actuar así. Que todo acabe en que el alumno acosado vaya a otro centro mientras que los acosadores se mantienen en el suyo, manda un mensaje bien distinto: “Os damos unas vacaciones. Lo único malo es que cuando volváis, tendréis que buscar una nueva presa”.
Mientras tanto, ese pobre adolescente después de sentir la humillación, después de que le inflijan una herida que nunca terminará de cerrarse, se sentirá condenado al destierro, a vagar hacia un nuevo instituto, a penetrar las puertas de un edificio gigantesco, del tamaño exacto de su incertidumbre; condenado a entrar, con la cabeza gacha, desconfiado, en una nueva aula rodeado de desconocidos y a mirarlos de soslayo, tratando de afinar el oído para captar el contenido de sus cuchicheos o intentar advertir alguna risa diabólica, con el temor de que esa sea la antesala de otro calvario. Un calvario diferente, porque esta vez lo sufrirá sin amigos, solo, y en tierra extraña. Entonces quizá empiece a sobrevolar, leve, incorpórea, invisible, como una espada de damocles, la que sentirá como la única salida. Ya va siendo hora de que ofrezcamos otra, de que evitemos el destierro y el sufrimiento. Paremos esta pandemia ya.