El ciudadano español de cierta edad fue educado en Jerusalén, rectificado su discurso en la Atenas ilustrada, y de nuevo rectificado en la Miami posmoderna: “el papá moderno estaba estudiando un informe del partido (Atenas) acerca de los índices de paro. El sonido de Led Zeppellin hacía vibrar las paredes maestras del piso. Fue cuando su hija (Miami) salió de la leonera con el pelo grasiento y los dedos amarillos de nicotina, cruzó la sala, se dirigió a la biblioteca con la pretensión de llevar a sus compinches la Sinfonía número 40 de Mozart. El padre, de izquierdas, saltó del sillón impulsado por un muelle y lanzó un grito estentóreo: ¡Mozart no! ¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart! En esta ocasión aquel hombre tan fino y progresista le arreó una bofetada y se lió a golpes contra todos echando de casa a patadas a aquella panda de golfos. Y hasta hoy. Mi amigo es un hombre de izquierdas y liberado. Ausente la síntesis en la historia, la ciudad de Jerusalén (tesis) ha sido negada por la ciudad de Atenas, y ésta a su vez re/negada por Miami, fin de la historia. Mi tarea consiste en evitar que Narciso ponga sus sucias manos sobre Mozart. recuperando Atenas y Jerusalén en Florencia invitando a todos a rehacer el Renacimiento de ciudades armomiosas. Tomás Moro, Erasmo, y otros siguen llamando a nuestra puerta hacia un Nuevo Mundo lleno de exploradores como Américo Vespucio y de jurisconsultos capaces de diseñar constituciones ideales, pero no meramente idealizadas, para así mejor renacer de nuevo. Levantamos nuestra copa en favor de la candidatura de Florencia como ciudad olímpica.
Cuando ni las palabras de reproche ni el oficio del corrector fuesen suficientes y no se espere enmienda en alguno escándalo para los demás, es mejor retirarle que retenerle en ellas con poco provecho propio y daño de los demás. Si se presentare algún caso en que no bastase para remedio del escándalo la expulsión del centro, consúltelo con el Rector para que él vea qué otras medidas se pueden tomar. Aunque, en cuanto fuere posible, se ha de llevar el asunto con espíritu de mansedumbre, conservadas la paz y caridad con todos. O esto, o repetir con el Canto quinto de la Divina Comedia “no hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria” llorando con el moro Boabdil lo que no se supo retener.
A mitad del camino de la vida, a sus treinta y cinco años, un día de viernes santo del 1300, Dante es detenido por tres grandes pasiones, Lujuria, Soberbia y Avaricia, y se aparta del buen camino. Beatriz (la teología), a quien amó en su juventud, envía en su auxilio al genio de la poesía, Virgilio, que le conducirá desde el Infierno y el Purgatorio a la contemplación de las cosas celestiales; luego, Beatriz le servirá de guía por todos los círculos del Paraíso en veinticuatro horas. Para ello, Dante no sólo prescindió del latín, sino que además utilizó por vez primera ese lenguaje vulgar y coloquial que terminará siendo el italiano, o más exactamente, el dialecto toscano, denominando modestamente a su obra Comedia, y como tal se hubiera quedado -sin la añadidura de Divina- si no hubiese mediado Bocaccio, impresionado por la belleza y profundidad del escrito. La obra, de ritmo ternario, se divide en tres partes (Infierno, Purgatorio, Paraíso), cada una de las cuales a su vez en 33 cantos de nuevo versificados en tercetos o terzine, estrofa inventada por él en un conjunto circular o esférico. Y, aunque compararse con Dante sólo se le ocurriría a un redomado idiota, y mi obra no versifica porque no sabe, sólo podría homologarse con la obra del genio italiano en su desgraciado detenerse en las dos pasiones que apartan del buen camino, en su amor al román paladino, y en el deseo de salir del infierno y del purgatorio para dar testimonio del paraíso.
Tras quince años escribiendo le surgió a Mark Twain la idea de que no poseía el más mínimo talento de escritor, pero que a esas alturas no podía dejar de escribir porque ya era famoso. Con el mismo problema y sin su fama, me hallo yo cuando quiero ser testigo de lo que vive nuestra generación desde fuera hacia adentro -ni hacia la derecha ni hacia la izquierda ni hacia el centro, espacios exteriores tan concurridos-, y ello con las menores concesiones posibles. Desearía, pues, atender a san Agustín en aquello de no ir fuera de mí mismo sino seguir la brújula y el rumbo en la zona de lo profundo, porque en ella habita el hombre interior y así interiorizarme para trascender los juicios sobre el mundo en que vivo, pero sin juzgarlo, con el ánimo de entender ese complejo mundo mediante conceptos a fin de poder articular un razonamiento sobre él; en definitiva, para no perder el juicio; sólo si lo entendido me entristece, tras el correspondiente discernimiento tendré que manifestarlo, porque nunca he considerado de mi agrado la filosofía del buey mudo que traga con todo. Sólo tras meditado análisis, con un veredicto sereno y constructivo.
Ahora bien ¿por qué los juicios más favorables a la humanidad habrían de ser los más risueños, y no los más críticos en ciertas coyunturas? Suele situárseme entre el gremio de los pesimistas, no importa porque uno puede defenderse bien de los ataques infundados, pero contra los elogios está indefenso. Mi supuesto pesimismo resulta más reflexivo, combativo y tenaz en favor de un mundo mejor que el de los optimistas de catálogo, quienes aderezan su visión risueña del cosmos subiéndose al carro del poder, o lanzando flores sobre la basura para cuya remoción solicitan más criados, más policías, más cañones, y más Estado. A esos tales, en previsión de males posibles y por aquello de que más vale prevenir que curar, recuérdoles la cáustica definición de optimismo de Ambrose Bierce: “doctrina o creencia de que todo es hermoso, inclusive lo que es feo; todo es bueno, especialmente lo malo; y todo está bien dentro de lo que está mal. Es sostenida con la mayor tenacidad por los más acostumbrados a una suerte adversa. La forma más aceptable de exponerla es una mueca que simula una sonrisa. Siendo una fe ciega, no percibe la luz de la refutación”. Si esto se tiene en cuenta, quizá pueda evitarse la ley de Murphy según la cual “todo lo que puede ir mal irá mal, la mayoría de las cosas no cesan de empeorar, y si un optimista cree que vivimos en el mejor de los mundos posibles, el pesimista teme que sea verdad”. En fin, que no me gustaría parecerme al célebre pesimista del chiste pardo que, tras oír del optimista aquello de “a este paso vamos a comer mierda”, inquiere atribuladísimo: “¿pero tú crees que habrá mierda para todos”? Entre dos explicaciones, la más clara; entre dos formas expresivas, la más elemental; entre dos voces, la más breve. Me encantaría que fueran mis escritos textos edificantes para llevar a la gente a cotas más altas de esperanza, aunque no olvido que a veces, cuando los humanos tropezamos con la verdad, casi siempre nos levantamos y seguimos nuestro camino. Si la distancia más corta entre dos puntos está en construcción, el camino más corto tiene mala pinta. La última voluntad del poeta Heine consistió en dejar toda su fortuna a su mujer con la condición de que volviera a casarse, “así habrá al menos un hombre que lamentará mi muerte”; Jeremy Bentham legó toda su fortuna al Hospital de Londres para que su esqueleto presidiera las reuniones de la dirección del hospital: el esqueleto fue vestido con las ropas de Bentham y colocado sobre una silla de caoba dentro de una urna de cristal, desde donde presidió las reuniones de los directivos del hospital durante noventa y dos años; Rabelais dijo en su testamento: “no tengo nada, debo mucho, el resto lo dejo a los pobres·, y no mucho más generoso fue Shakespeare: “doy a mi esposa mi segunda mejor cama, con sus accesorios”. Mientras, en las voluntades penúltimas, el Lazarillo de Tormes toma una uva, el ciego (que será ciego, pero no tonto, ni permite que el lazarillo se ponga ciego manducando las escasas uvas) dos; el lazarillo tres, el ciego cuatro. Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio.