El orden internacional posterior a la II Guerra Mundial se está resquebrajando semana a semana. La Casa Blanca publicó el pasado día 5 la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, que situaba como uno de sus objetivos«ayudar a Europa a corregir su trayectoria actual. Necesitaremos una Europa fuerte que nos ayude a competir con éxito y que trabaje en colaboración con nosotros para evitar que ningún adversario domine Europa».
Esta semana la inteligencia danesa -Fosvarets Efterretningstjeneste (FE)- ha publicado su evaluación anual de riesgos y amenazas «UDSYN 2025». En su informe, el servicio considera que «hay incertidumbre sobre el rol de EE.UU. como garante de la seguridad de Europa». Advierte además que «usa ahora su fortaleza económica y tecnológica como medio de poder» también frente a sus aliados. Cita la amenaza de la imposición de subidas arancelarias y las advertencias sobre el uso de la fuerza incluso sobre los propios aliados. En el trasfondo de estas consideraciones, es inevitable recordar las declaraciones que, en distintos contextos, ha realizado Donald Trump en relación con Groenlandia, que es una de las tres naciones constituyentes del Reino de Dinamarca.
En agosto de 2019 -durante su primer mandato- Donald Trump hizo referencia a la posibilidad de comprar la isla y, ante la negativa del gobierno danés a considerarlo siquiera, canceló una visita oficial. En diciembre de 2024 insistió en la importancia de Groenlandia para la seguridad de los Estados Unidos. En enero de este año volvió sobre el tema afirmando que«Estados Unidos necesita controlar Groenlandia para garantizar la seguridad internacional». En marzo se refirió al asunto en varias ocasiones y llegó a afirmar en el Congreso de los Estados Unidos que Estados Unidos la conseguiría«de una forma u otra». Nada de esto ha pasado desapercibido en Copenhague.
El asunto de Groenlandia es otra diferencia que ahonda la separación entre los Estados Unidos y sus aliados europeos, que tiene en las negociaciones en torno a Ucrania su máximo ejemplo. El aislacionismo estadounidense tiene como correlato las llamadas a la responsabilidad de los países europeos -y, especialmente, de los miembros de la Unión Europea- en lo que se refiere a su propia seguridad. Las conversaciones entre Moscú y Washington han prescindido casi por completo de los países europeos. No sería exagerado decir que el único presidente del viejo continente al que Donald Trump atiende es Viktor Orbán.
La gran beneficiaria de este distanciamiento entre Europa y los Estados Unidos es la Federación de Rusia, que puede obtener una victoria sobre la coalición que apoya a Ucrania y tener el terreno abierto para actuar en el continente sabiendo que los Estados Unidos no acudirán al rescate. Las antiguas garantías de seguridad que frustraron el Bloqueo de Berlín (1948-1949) y la crisis de agosto de 1961, no servirán esta vez porque los Estados Unidos quieren que Europa asuma, en primer término, la responsabilidad de su propia seguridad. Sin embargo, la cuestión de Groenlandia -que exista una«cuestión» ya es en sí mismo preocupante- es que la inseguridad proviene de quien es un aliado y un socio.
Es difícil anticipar cómo va a evolucionar esta pretensión del presidente de los Estados Unidos. Desde el punto de vista de la seguridad de Estados Unidos, Groenlandia es crucial porque su ubicación en el Alto Ártico la convierte en una plataforma insustituible de alerta temprana y vigilancia. En la base Pituffik están desplegados sistemas de alerta y defensa antimisiles, así como de control del espacio aéreo, destinadas a detectar y evaluar amenazas de misiles (incluidas trayectorias transárticas) con el mayor tiempo de aviso posible para la defensa del territorio estadounidense. Además, Groenlandia se asienta en el entorno de la región llamada GIUK (Groenlandia–Islandia–Reino Unido): un corredor marítimo estratégico para la vigilancia del Atlántico Norte, la protección de las líneas de comunicación transatlánticas y la detección del paso de submarinos hacia el Atlántico. Sin embargo, todas estos objetivos se consiguen ya y, en caso de que fuese preciso, debería ser fácil entenderse con un aliado como Dinamarca sin necesidad de pedirle que renuncie a una parte de su territorio.
Mientras tanto, en Moscú y en Pekín contemplan cómo el orden internacional surgido de las cenizas de la II Guerra Mundial se va resquebrajando a medida que Occidente se fractura.