Madrid en diciembre y la Navidad va descendiendo sobre la villa como la nevada lenta de recuerdos que nadie ha convocado, pero que están programados en el calendario. Las luces de la Gran Vía titilan con esa electricidad de feria provinciana que pretende remedar la estrella de Oriente, y uno, que ha contemplado tantas estrellas falsas en la vida —en los ojos de ciertas mujeres, en las promesas de los políticos, en los espejos de los cafés—, se detiene un instante ante el escaparate de una vieja joyería donde un Papá Noel de escayola sonríe con la misma mueca inquietante que un maniquí de los años cuarenta.
Yo, que he vagabundeado por tantas ciudades europeas —París cuando París era un sueño brillante, inflado y magnífico, Cracovia cuando Cracovia olía a teatro y a anticuario callejero, Berlín cuando Berlín aún se lamía las heridas con música de cabaret—, encuentro en esta Navidad española algo irreductiblemente íntimo, casi clandestino. Aquí no hay esa ostentación nórdica de abetos colosales en las plazas, ni esa fiebre comercial que devora las avenidas de Londres o Nueva York. Aquí la Navidad se refugia en las casas, se esconde en las cocinas donde hierve el besugo y se doran los turrones con esa parsimonia ancestral, en las conversaciones bajas junto al brasero que ya casi nadie enciende porque el progreso ha matado el fuego lento.
Los restaurantes, atestados de comensales que se quieren más en diciembre que en el resto del año, jalonan la calle de Alcalá e inundan el aire frío con su algarabía de mesas repletas de familias y la risa convencional de las obligaciones anuales. Observaba a un niño que desempaquetaba su regalo con manos temblorosas de impaciencia y pensé en mis Navidades remotas, cuando sabía que los Reyes Magos estaban al caer y que el mundo era un lugar habitable y justo. Ahora, un coñac añejo nos quema dulcemente la garganta al recordarlo, un libro olvidado en la estantería, una mujer que pasa y deja su perfume como una promesa que no piensa cumplir… Todo eso es la Navidad, que tiene algo de misa por el año que agoniza. Celebramos el nacimiento de Dios niño y estamos a la vez despidiendo doce meses más de ilusiones rotas, de amores que se enfriaron como el vino en la copa abandonada sobre la mesa.
El villancico, esa melodía tan simple y tan nuestra, se convierte en verdad disfrazada de broma festiva. “Pero mira cómo beben los peces en el río”, cantan, y uno piensa que los peces beben para olvidar, igual que nosotros bebemos para recordar. Sin embargo, hay en esta fiesta una ternura irreprimible, una dulzura que se filtra por las rendijas de la melancolía. En la calle, bajo la luz fría y amarillenta de las farolas, veo a los mendigos acurrucados en los portales, envueltos en periódicos que parecen sudarios modernos, y siento que también ellos tienen derecho a su parte del milagro navideño. Uno les desliza una moneda en la mano, no por esa caridad cristiana que tanto aburre a los escépticos, sino porque en Navidad hasta el más cínico advierte que el mundo podría ser, por una sola noche, un poco menos injusto, un poco menos cruel.
Yo, que he vivido deprisa, que he quemado etapas como quien quema cartas antiguas que ya no duelen, encuentro en la Navidad un momento de pausa obligada, casi de recogimiento. Me siento en el café del Espejo porque ya no podemos ir al Gijón —esos cafés que son ya museos de sí mismos, con sus espejos empañados y sus camareros de toda la vida—, pido mi ribera del Duero en copa fina, como siempre, y miro por la ventana cómo cae la niebla sobre Madrid. La ciudad parece un decorado viejo de teatro provinciano, y uno, un actor que ha olvidado su papel pero sigue pronunciando las réplicas por pura inercia. Recuerdo aquellas Navidades de los años ochenta, cuando la celebración tenía una cierta dignidad estoica y la emoción se disfrazaba de epifanía religiosa. Recuerdo el olor a castañas asadas en la Puerta del Sol, el organillo que tocaba “Noche de paz” con una tristeza que partía el alma, las mujeres con mantilla negra que salían de misa de gallo oliendo a incienso y a piel fría bajo el abrigo. Recuerdo los belenes pobres, hechos con corcho y musgo, donde el Niño Jesús parecía más desamparado que los niños de la calle.
Todo eso se ha ido, como se han ido las mujeres que uno amó con locura pasajera, como se han ido los amigos que uno creyó eternos, como se ha ido la juventud que uno malgastó con elegante prodigalidad. Y sin embargo, la Navidad vuelve cada año con su puntualidad de reloj suizo, para recordarnos que el tiempo pasa inexorablemente y que nosotros pasamos con él. Queda la luz temblorosa de un belén humilde, queda el sabor untuoso del turrón de Alicante, queda el recuerdo de los tíos que ya no están y cuyo ausencia se hace más palpable precisamente en estas fechas. Queda Madrid, envuelto en su niebla de siempre, esperando que pase otra Navidad más, como quien espera que pase la vida sin demasiadas estridencias. Feliz Navidad, lector. Que el año nuevo nos traiga lo que merecemos: no demasiado, para que no nos acostumbremos a la felicidad; no demasiado poco, para que no se desespere en la tristeza. Que nos traiga un buen libro, un vino decente, una vida más digna para todos los que la necesitan. Y que, al menos una vez en estas noches, sienta esa melancolía dulce y española que es el verdadero espíritu de la Navidad: la conciencia serena de que todo pasa, de que todo se acaba, pero que, mientras pasa, vale la pena vivirlo con una cierta conciencia artística, con una cierta distinción, con esa dignidad de perdedor ilustre que hemos tenido siempre los españoles de buena raza.